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Memorias de Resiliencia – segunda parte

Por: Ana Maria Restrepo Cristancho

Mientras que Jesús comenzaba su inmersión escolar, Oscar siguió pasando hojas de vida en otras entidades como la Alcaldía de Bogotá, en su dirección de movilidad, pero tampoco sirvió de nada. Y es que la edad le jugaba en contra también: pasaba los sesenta años, para ese entonces, y pasar de esa edad en este país es equivalente a ser una persona obsoleta, por más conocimientos que poseas.

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Conflictos hogareños

Los inconvenientes seguían apareciendo sin mesura. Tuvieron que abandonar la habitación en la que estaban hospedados por conflictos de convivencia con el arrendatario. Inconvenientes que terminaron en insultos y casi en empujones. Después de esto, Zully Mateus, una amiga de Oscar, le consiguió un apartamento solo para ellos, en el barrio San Cristóbal norte, sin necesidad de un fiador con finca raíz ni nada de esas exigencias que ahora solicitan hasta en cualquier “hueco”.

En esta nueva vivienda pudieron disfrutar un poco más de su independencia, aunque Oscar y Jesús siguieron durmiendo en el mismo cuarto, en la misma cama, para conservar calor corporal, ya que el apartamento estaba completamente vacío y el frío congelaba hasta cualquiera que fuera resistente a él.

Poco a poco y con mucho esfuerzo, pudieron ir consiguiendo un par de cosas para hacer el ambiente un poco más ameno; también recibieron un par de obsequios de amigos, como un televisor viejo y pequeño que les servía para entretenerse en sus horas de quietud.

Si bien no tenían los lujos que disfrutaban en Venezuela, antes de que todo se fuera cuesta abajo como una bola de nieve, estaban agradecidos por lo poco que tenían: una cama donde dormir, agua caliente, comida y salud. Vivieron en este lugar por aproximadamente dos años.

Una luz dentro de las penumbras

La vida no sería tan llevadera si todo fuese perfecto. Las dificultades son requeridas para darle ese toque de sabor, ese sentido. Pero no todo en esta historia ha sido malo. Jesús se destacó notablemente durante su última época escolar, casi que se podía decir que era todo un genio. Siempre se había caracterizado por su inteligencia y su viveza, por lo que era de esperarse que su resultado en la prueba del ICFES fuera uno de los mejores en todo Bogotá, convirtiéndose en el mejor bachiller de su colegio.

Días después de la muestra de los resultados, representantes de la Alcaldía de Bogotá llegaron hasta su casa y le otorgaron una beca completa en la universidad y la carrera que quisiese escoger. Fue merecedor de un reconocimiento a su esfuerzo y dedicación; además, le regalaron varios libros, una tableta electrónica y dinero, que nunca sobra y siempre falta. Jesús, después de hacer una introspección sobre lo que quería para su futuro y el de su padre, decidió estudiar Ingeniería Química en la Universidad de Los Andes.

Claro que este triunfo lo celebraron con sus amigos más cercanos, una familia con la que compartían su pasión por la música, disfrutando de tertulias llenas de canto y guitarra –porque es que Jesús también comenzó a sacar los dotes de su padre, y se enamoró de la guitarra clásica– y con los que habían contado desde su llegada al país. Este éxito, sin duda alguna, trajo mucha felicidad para una vida llena de tantas situaciones de extrema complejidad.

La lucha sigue

Lamentablemente Oscar perdió su trabajo en la Iberoamericana, porque entró una nueva directora e hizo un gran recorte de personal. Los problemas económicos se hicieron más presentes al punto de verse obligados a mudarse de nuevo, ya el dinero no les alcanzaba para costearse un apartamento entero, por lo que se fueron a vivir a una habitación en el Centro de Bogotá, cerca de la Universidad de Los Andes. Lo que le permite a Jesús ahorrarse los pasajes del transporte urbano para ir a sus clases universitarias, día tras día.

Actualmente Jesús, quien inició esta historia siendo tan solo un niño, y hoy, todo un hombre hecho y derecho, se esfuerza muchísimo y da todo de sí mismo para sacar las mejores notas en su carrera –cosa que está logrando– y sueña convertirse en un gran profesional para ayudar en lo que más pueda a su papá.

Oscar, en medio de su exasperación, incertidumbre, desconsuelo e insistente preocupación, sigue desempleado y en busca de una persona que se conduela de su situación y le brinde una oportunidad que lo ayude a salir adelante. Con rabia y desilusión ante el país que lo vio nacer pide que alguien vea su valor y le sirva de apoyo para salir de esta cruda realidad en la que están sumergidos.

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