Estamos en el siglo 21, aunque suene tan obvio, y hemos naturalizando una gran cantidad de cambios que se vuelven parte del paisaje y de la rutina diaria, que dejamos pasar sin considerar todas las dimensiones que se afectan en la vida social, económica, política y cultural en la que estamos inmersos y que esta vez se vive a nivel global.

En muy buena parte esa apropiación la hemos hecho a través de los medios de comunicación, y allí los cambios también se han presentado. Lo que habíamos considerado como medios independientes, cada uno en su especificidad y en su nicho de usuarios ha dejado de ser. La prensa escrita para los mayores, la televisión para los más jóvenes y la radio para todos, eso ha cambiado. La digitalización y la posibilidad de tener todo en uno, hizo que el concepto de independencia se disolviera ante lo evidente, en la plataforma todo cabe, todo funciona interrelacionado y es necesario valerse de todas la posibilidades que ofrece el Software y las herramientas de producción que ahora están a la mano de cualquiera.

AutopautaVamos a la FilBo 2019 con Rafael Pombo

Esta posibilidad inmensa de información y de contacto, no necesariamente de comunicación, ha difuminado las fronteras de la tecnología análoga de las frecuencias de AM y FM en la radio. Los viejos aparatos multibanda han sido remplazados por una APP en el celular, en la tableta o por una simple selección en el computador. Aún más, ya no solo se escucha, también se produce y se dejó de lado la exclusividad de tener un medio.

Desde esta perspectiva el investigador y periodista Carlos Eduardo Cortés*, nos acerca a esta realidad cuando afirma que “en campos como la comunicación social y las artes, la tecnicidad digital nos brinda una capacidad narrativa sin precedente, descrita con los anglicismos ‘multimedia’, ‘crossmedia’ y ‘transmedia’, para describir puntos en un espectro fluído, que se mezclan entre sí. Cada punto tiene ventajas narrativas únicas, que han escalado en volumen por fuera de los límites de las industrias mediáticas tradicionales y de las fronteras académicas de nuestros campos profesionales. Y cada punto nos brinda un flexible conjunto de herramientas para contar historias en el siglo XXI, dependiendo del formato y el canal mediático: mientras el formato se refiere a un lenguaje (escrito, imagen fija y en movimiento, audio, audiovisual e interactividad, entre otros), el canal es el lugar de reproducción del formato (impresos, radio, televisión, cine, conferencia, museo, consola de videojuegos, web, aplicación móvil, entre otros)”.

Desde esta consideración lo que se desarrolló en el siglo pasado se redimensiona, se flexibiliza y de manera especial establece nuevos niveles narrativos, de manera tal que la lucha de permanencia y audiencias se logra por el contenido y no por el deslumbramiento de una tecnología. El televisor ya no descresta a nadie, pero sí es un Smart Tv por la posibilidad de captar y reproducir infinidad de contenidos audiovisuales que están en la red. Así multimedia, crossmedia y transmedia se relaciona a los contenidos, al formato y al canal, donde la última es un mundo de narraciones e historias que se presentan en diversidad de formatos y variedad de canales.

Esta sobre abundancia genera necesariamente otras miradas tanto del que produce como del que consume contenidos, que ahora se hace desde los gustos, preferencias o momentos y ya no desde una programación preestablecida e inflexible que alguien elabora conforme a los gustos de un director o a los resultados de estudios de mercado y audiencias.

Cabe preguntarnos como ha transformado el profesional de las comunicaciones y del periodismo en el ejercicio de su labor, que aún con todos los cambios, sigue teniendo un componente insalvable, la ética, considerada en el compromiso permanente de la búsqueda de la verdad, en la medida que compara diversidad de fuentes sean físicas o digitales, y desde las cuales hace el análisis metódico de cada pieza, información o archivo que le permita ofrecer al usuario de las plataformas el contenido más seguro y fidedigno a una realidad sea cual fuere.

El académico Dr. Francisco Sierra Caballero**, nos presenta tres dimensiones en las cuales la comunicación digital se mueve hoy y lo que está significando para la profesión del comunicador y del periodista.

Ahora bien, tener el medio no garantiza la audiencia y ni siquiera los recursos financieros para sostenerse en un mundo digital muy competido. Las herramientas en la realidad no son tan complejas en su uso, en su consecución y en la programación de un sitio. Basta tener un hosting, un dominio, un PC con software de edición de audio o video, otro para el manejo de la parrilla de emisión, algunos micrófonos, un buen banco de música y listo. Esto en la realidad es una fantasía tecnológica, que en la mayoría de los casos se quedan en experiencias frustrantes e ilusiones perdidas. Además hay que considerar que la libertad de la red de distribución tiene sus complejidades.

Preguntamos al profesor Cortes, considerando los cambios del escenario de los medios digitales, en la realidad ¿si se puede hablar de una verdadera democratización de los medios, o por el contrario el estar allí no garantiza audiencias, recursos financieros y sobrevivencia de los medios?

Cortés lo responde utilizando una cita de Couldry & Rodríguez (2018) «la dependencia cada vez mayor que tienen los individuos de una infraestructura virtual que medie la vida cotidiana acrecienta la importancia de las compañías que proveen dicha infraestructura. Esta circunstancia ha transformado la gobernanza de las infraestructuras mediáticas, de formal a informal, y la importancia de instituciones y prácticas de gobernanza transnacional mediante las cuales son las empresas, y no los Estados, las que ejercen una influencia predominante incluso mediante la operación de algoritmos, com implicaciones ambiguas para el poder corporativo y los derechos individuales, la esfera pública y el progreso social [ante la] aparición de una economía de la información en red y la globalización de los flujos de información mediada».

Pero yo no hago pronósticos, porque las bolas de cristal suelen ser muy erráticas. Más bien es el momento de hacernos algunas preguntas clave: en noviembre de 2018 la Directora General de la UNESCO, Audrey Azoulay, presidió la sesión inaugural del Foro para la Gobernanza de Internet con un llamado a garantizar una «Internet de la confianza», junto con el presidente de Francia, Emmanuel Macron, y el Secretario General de las Naciones Unidas, António Guterres. La UNESCO defiende un enfoque abierto, transparente e integrador de la gobernanza de Internet, que garantice el acceso universal y el respeto de los derechos humanos y los principios éticos, incluidos la libertad de expresión en línea, y el respeto de la vida privada, así como la diversidad cultural y lingüística, y promueve una reflexión internacional sobre la ética de las tecnologías nuevas y emergentes, la brecha digital, la igualdad de género, el impacto de la inteligencia artificial y las tecnologías de vanguardia, así como cuestiones relativas a la ciberseguridad, la lucha contra las expresiones de odio y el extremismo violento (Unesco, 2018).

Al decir de Lombana (2018), «casi tres décadas después de la invención de la World Wide Web (www) y con más de la mitad de la población mundial conectada a internet; políticos, organizaciones de la sociedad civil, tecnólogos, académicos y activistas discuten cómo mantener las democracias modernas y la justicia en un entorno digital lleno de desinformación, concentración de mercados, violaciones de datos, discursos de odio, ataques cibernéticos y otros males sociales. […] muchas de las promesas de la revolución digital han resultado en la práctica opuestas a las buenas intenciones y los ideales optimistas que las caracterizaron. ¿Son esos resultados la consecuencia inesperada de cómo Internet y otras tecnologías digitales se han implementado en todo el mundo? ¿Es este momento crítico en el tiempo solo una fase momentánea de un proceso de largo plazo?».

Nuestra labor como comunicadores es investigar de lleno estas nuevas realidades, con humildad y disposición para entender que la mayoría de nuestros conceptos y categorías ya no alcanzan a abarcar, ni mucho menos a explicar nuestro presente. Por eso, cierro esta larga respuesta con una reflexión final sobre el esfuerzo inmediato que nos cabe hacer: la llamada «transformación digital» nos convoca a todos si la entendemos como «ser más adaptables al cambio en sí mismo. Se trata del uso de las tecnologías digitales y las formas de trabajo que ha generado la era de la información para comprender el cambio que se está produciendo en una organización. Y se trata de ser capaces de reaccionar de manera mucho más dinámica y rápida de lo que las organizaciones lo han hecho antes» (Rust 2018).

A esto Francisco Sierra agrega.

Aún teniendo como base la plataforma en Internet, es necesario recordar que todo aquello que se publique, en cualquier modalidad incide de alguna manera en los conceptos de realidad de las personas y de su entorno. Basta mirar históricamente como se han usado para hacer propaganda de ideas que son capaces de justificar los más grandes genocidios, las más grandes barbaries contra el ecosistema y en general contra la vida misma. ¿Pero qué acontece en un mundo súper informado, altamente conectado y sin tiempo para saber a ciencia cierta qué es lo que sucede a su alrededor?


Al preguntar al profesor Carlos Eduardo Cortés sobre esa supuesta realidad que viaja por la enmarañada red, afirma que “hay de todo, como en botica. La web no es más que una ampliación tecnosocial de todo lo bueno, lo malo y lo feo de cualquier sociedad humana. Pero sus potenciales positivos y negativos son mucho más exacerbables. Hoy enfrentamos crisis planetarias ambientales, políticas, económicas y culturales que han puesto en tela de juicio la noción misma de democracia. «Hace años venimos hablando de la ‘brecha digital’ y reconocemos que no es solo técnica sino educacional y política. La Internet es susceptible de censura en muchos países y también está siendo usada como instrumento de vigilancia y control social. Pero, al mismo tiempo, ofrece nuevas posibilidades para mejorar la vida y lograr cambios sociales positivos» (Treude 2014, citado por Cortés 2014b).

En otras palabras, señala Capurro: «la democracia misma está cambiando bajo el impacto de los medios digitales interactivos como opuestos de manera paradigmática a la estructura jerárquica de uno a muchos, propia de los medios de masa. Pero ambos paradigmas están más y más entrelazados a medida que los medios masivos incluyen dispositivos interactivos y la Internet es modelada por monopolios como Google, Facebook, Twitter o Amazon. El derecho al acceso a Internet ha llegado a ser, de hecho, un derecho humano similar a la libertad de expresión y la libertad de prensa. […] El mundo ya no es solo legible, como sugiere la metáfora de Blumenberg, sino también escribible. En ambos casos, hoy es social y digitalmente ‘in-formado’ de manera interactiva. Queremos ser informados así como informar a otros mediante medios digitales. La metáfora fundacional de nuestro tiempo ya no es el libro, sino la interfaz digital» (Treude, 2014: s.p.).

Como lo analiza Lombana (2018), «en este momento es evidente que se han desarrollado y desplegado artefactos digitales para promover un tipo particular de economía que ha beneficiado a ciertos grupos de población y geografías. Hoy sabemos que la raza, el género, el idioma y las geografías son importantes en el ciberespacio. La revolución digital ha ampliado las desigualdades estructurales existentes, y las nuevas tecnologías emergentes tal vez acelerarán la exacerbación de las divisiones si no promovemos políticas e intervenciones de diseño que tengan en cuenta la diversidad, la pluralidad y las estructuras de poder y privilegio».

En consecuencia, se cuestiona Harari, «¿cómo funciona la democracia liberal en una era en la que los Gobiernos y las empresas pueden piratear a los seres humanos? ¿Dónde quedan afirmaciones como que “el votante sabe lo que conviene” y “el cliente siempre tiene razón”? ¿Cómo vivir cuando comprendemos que somos animales pirateables, que nuestro corazón puede ser un agente del Gobierno, que nuestra amígdala puede estar trabajando para Putin y la próxima idea que se nos ocurra perfectamente puede no ser consecuencia del libre albedrío sino de un algoritmo que nos conoce mejor que nosotros mismos? Estas son las preguntas más interesantes que debe afrontar la humanidad».

Por desgracia, no son preguntas que suela hacerse la mayoría de la gente. En lugar de investigar lo que nos aguarda más allá del espejismo del libre albedrío, la gente está retrocediendo en todo el mundo para refugiarse en ilusiones aún más remotas. En vez de enfrentarse al reto de la inteligencia artificial y la bioingeniería, la gente recurre a fantasías religiosas y nacionalistas que están todavía más alejadas que el liberalismo de las realidades científicas de nuestro tiempo. Lo que se nos ofrece, en lugar de nuevos modelos políticos, son restos reempaquetados del siglo XX o incluso de la Edad Media» (Harari 2019).

Por supuesto, no hay respuestas sencillas. Aunque las costumbres sociales, las estructuras legales y las prácticas empresariales que gobiernan la vida cotidiana en el mundo físico hayan evolucionado a lo largo de miles de años, y dicha evolución prosiga, hoy nos encontramos en plena transición de dichas realidades al ciberespacio como nuevo lugar de encuentro e interacción radicalmente diferente del mundo físico, en el cual las aplicaciones para redes digitales se combinan con una conectividad ubicua que libera las comunicaciones, las transacciones y otras interacciones, de sus limitaciones físicas”.

Y es precisamente en ese constante avance que rompe todo tipo de barreras humanas, sociales, conceptuales y que nos hace ver el mundo de formas particulares y no generales, porque el parámetro hoy es la individualidad, aunque podemos experimentar y vivir en un mundo de cooperación a través de la red. Y es en esa individualidad superlativa en la que las personas se refugian en muchos casos para no enfrentar y hasta retar la realidad de la vida, y donde la infointoxicación permanente hace posible fenómenos sociales tan interesantes como es refugiarse en un aparato portátil y absolutamente enviciador: el celular.

Esa combinación de teléfono y computador hacen posible acceder a todo tipo de información y de formas de conexión de manera individual a una lista de otros teléfonos, en cualquier lugar y hora. Uno de los servicios de mayor uso es WhatsApp, plataforma de mensajería instantánea y rotación de contenidos, que ha facilitado la proliferación de mentiras bien contadas y casi nunca discutidas. Los políticos del mundo han encontrado en esta herramienta la posibilidad de desorientar y lograr decisiones difíciles casi siempre en contra de la voluntad popular, como el Brexit en Inglaterra, la elección de Trump o la pérdida del plebiscito por la paz o anticorrupción en nuestro país. Todo esto enmarcado en lo que se ha denominado la cultura red.


Quizá se pudiera considerar que todos estos cambios y maneras de vivir como una fatalidad, lo cierto es que las tecnologías implican otras maneras de comunicación e información que van relacionados a los poderes del mundo y su forma de concebir la vida, la existencia, lo que debería ser el desarrollo, la modernidad y del mismo ser humano en todas sus dimensiones. Lo que se mantiene son las rivalidades, la búsqueda del poder y las hegemonías, para ello los medios de comunicación son herramientas efectivas para lograr sus fines y por ello la necesidad estratégica de tenerlos y administrarlos.

Por ahora la jugada no termina, el acceso de otras voces y otras miradas hacen que la plataforma no pierda la ilusión de libre acceso, publicación y difusión. Son tiempos nuevos, un siglo que se antoja fascinante cuando lo que predomina es el conocimiento y la posibilidad de narrar desde diversas formas la vida que vamos construyendo cada día con una generación que llega a los 20 años de vida.

Sea como fuere el mundo sigue girando y abriendo oportunidades desde el saber pensar, crear e innovar. Siempre existirá la necesidad de la comunicación, de la humanización y del reconocimiento del otro que nos facilita reconocernos a nosotros mismos. Los cambios son inevitables, pero los podemos dimensionar y utilizar en función de la vida, la dignidad y búsqueda de la verdad, que implica el reto de escudriñar, reflexionar, investigar y contrastar los hechos y sus protagonistas, para que la información cumpla con su rol social y ético de mostrar al mundo las realidades, cualesquiera que ellas sean y permita a la sociedad reorientar, corregir, mejorar o exaltar una acción que nos ayude a un mejor vivir, en justicia, libertad y solidaridad.

*Carlos Eduardo Cortés. Comunicador social javeriano y magister en comunicación por la Universidad Metodista de São Paulo, Brasil. Consultor en comunicación digital, periodista, gestión del conocimiento, web social y consultor e-learning. Fue editor multimedia de Univision Digital en Miami; docente adjunto de comunicación del Miami Dade College; gerente de Radio Nederland Training Centre para América Latina (RNTC-LA); editor de la revista TV Technology América Latina y autor de la columna “Posconvergencia” (Washington D.C.), y colaborador del diario Página 12 de Buenos Aires. Actual Director del programa de Comunicación Social periodismo de la U. Javeriana de Bogotá.

**Francisco Sierra. Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid, posgraduado en, Ciencia y Tecnología por la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Master de Edición por la Universidad de Salamanca, soy Doctor en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid donde trabajé de investigador becario entre 1993 y 1997.  Experto en Sociología del Consumo e Investigación de Mercados, he realizado estudios de licenciatura y posgrado en Sociología y Ciencias de la Educación, siendo además Diplomado en Programación Informática.

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