Cuando mi director me pidió que apoyará el especial periodístico para la conmemoración del Día Mundial de la Radio (13 de febrero), pensé de inmediato que dicho especial debía abrir hoy, 9 de febrero Día del Periodista, hablando de lo que hacemos: periodismo.

Propuse abrir el especial con un artículo que desarrollara la siguiente hipótesis: ‘Desde que llegó Iván Duque al poder, muchos periodistas tenemos la sensación de que hay un ambiente menos favorable para ejercer el periodismo’.

AutopautaVamos a la FilBo 2019 con Rafael Pombo

No les daré vueltas, la hipótesis no es comprobable. Es más, los resultados del experimento que construí a partir de entrevistas, podrían demostrar lo contrario. Desde el discurso de posesión de Duque el 7 de agosto, “él ha invocado estándares favorables a la libertad de expresión, y de momento, no se ha referido públicamente de manera adversa a la prensa”. Si lo anterior lo dice este servidor, puede ser una afirmación matizada por la lectura que hago sobre el hombre de la Casa de Nariño, pero esa afirmación la hizo Pedro Vaca, director de la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP) quien, hace unas horas, mencionó en su informe anual que, si bien al presidente la va bien con los medios, no habla bien de él, el silencio que ha “guardado frente a restricciones a la libertad de expresión por parte de funcionarios que integran su gobierno y partido”.

Y ese ambiente que se genera con el silencio presidencial, lo percibe muy bien Fabiola León, corresponsal de Reporteros Sin Fronteras. Para ella, el ambiente en Colombia no es favorable para hacer periodismo, no sólo para el proceder de los medios de comunicación sino para muchas cosas en el país. “Hay un ambiente producido por los incumplimientos del Acuerdo de La Habana, también un ambiente de terrorismo a partir de la bomba en la escuela de Policía, líderes sociales asesinados, la polémica con los asuntos de censura en los medios de RTVC y Los Puros Criollos-Bieri (…) ajustes administrativos en RCN y Caracol Televisión, la Ley MinTic con los artículos que afectan a medios comunitarios y populares. Esas son las razones para decir que en Colombia no hay ambiente favorable para ejercer la libertad de prensa”, señala León.

Y luego de escuchar a Fabiola entiendo que, en efecto, hay muchas cosas alrededor que enrarecen el ambiente en el país. Por ejemplo, entro en desconcierto cuando leo que la vicepresidenta Marta Lucía Ramírez, salió en defensa de Juan Pablo Bieri (persona sobre la que no tengo nada más que decir) tras el destape de la grabación en la que se aprecia su manera de gerenciar los medios públicos, y llego a lo más profundo del abismo cuando me entero que por Twitter le reclama a los periodistas porque le decimos presidente a Nicolás Maduro.

Le cuento mi dilema a Jonathan Bock, coordinador del Centro de Estudios de la FLIP, y me dice que “de ninguna manera se puede atribuir el ambiente que vive Colombia a un gobierno específico”, más cuando la mayor parte del 2018 fue de Juan Manuel Santos. “Es importante hasta este momento, no establecer una línea directa entre agresiones y un gobierno a la cabeza”, comenta. Y tiene razón, lo que hoy se aprecia y se siente en el país, es una tendencia que deja en evidencia una serie de riesgos que hace años viene advirtiendo la FLIP.

Entonces, a esta altura del artículo ya queda claro que mi hipótesis no tiene sustento. Pero hay algo en mi intuición que las números me confirman. El 2018, el año de la materialización de los acuerdos que aún no cumplen, el año en el que se agudizó el conflicto en el Catatumbo entre el ELN y Los Pelusos y del que no volvimos hablar desde que Venezuela es pantalla diaria, el mismo año en el que Hidroituango se fue para el suelo y J Balvin batió el récord de ser el cantante más escuchado del mundo en Spotify y del que dijeron “que está reescribiendo las reglas de lo que significa ser una superestrella latina en una época de celulares”, fue el año en el que se recrudeció la violencia contra la prensa.  

Hablando de batir récords, en 2018 se registraron 477 ataques contra la prensa, incluidos los tres asesinatos contra el equipo de prensa del diario ecuatoriano El Comercio, un hecho que no olvidará Ecuador porque el secuestro y asesinato a manos de alias ‘Guacho’, enlutó por primera vez (y para siempre) a un país que no sabía lo que era masacrar la libertad de prensa. Por supuesto que la muerte de periodistas es la peor de las formas de censura, pero vivir bajo amenaza es como morir en vida. Y aquí va otra cifra récord. Hoy hay más de 200 periodistas amenazados en el país.

Equipo periodístico del diario ecuatoriano El Comercio, asesinado por el frente disidente de las FARC, Óliver Sinisterra

Los cañones del atardecer

El periodista tres veces ganador del Pulitzer, Rick Atkinson, decía en su libro ‘Los cañones del atardecer’ que “la inclemencia del tiempo otoñal concedió a Alemania un cierto respiro, como también lo hicieron los programas intensivos dedicados a generar humo, el camuflaje, la dispersión de objetivos y las reparaciones”. No cabe duda que el silencio de los fusiles de algunos grupos armados trajo esperanza a los territorios, ese mal mayor que desapareció del escenario, nos permitió ver los horrores de una guerra mezquina que ocultaba realidades más ruines.

Pero en el “tiempo otoñal” que leíamos esas otras Colombia, nuevas formas de violencia se configuraron en el territorio. La FLIP dice que los agresores y las formas de censura ahora son más diversas. Ya no es el ‘mantoncillo’ a sueldo pagado por un común dedicado a la ilegalidad, ahora son estructuras organizadas lego-ilegales que no les basta con la amenaza y el secuestro, “son funcionarios que obstruyen, estigmatizan y usan el aparato judicial para censurar; una fuerza pública que agrede y detiene ilegalmente, particulares que usan las redes sociales para acosar y amenazar; y un Estado que desprotege, no investiga y no garantiza justicia”, dice la FLIP. Así se resume la actualidad de la libertad de prensa en Colombia.

Están infundiendo el odio

Reporteros Sin Fronteras lo dice de una manera contundente en su informe 2018: “El odio al periodismo amenaza las democracias”. Advierten en ese documento que la hostilidad frente a los medios de comunicación es alentada por algunos dirigentes políticos que, una vez elegidos de forma democrática, ven a la prensa como un piedra molesta en el zapato y abiertamente comparten su repudio a la gente. Por ejemplo, “Donald Trump, adepto al media bashing, ha calificado a los reporteros de ‘enemigos del pueblo’, frase que empleaba Stalin”, cita en el informe ese ejemplo.

¿Por qué nos odian?, le pregunto a Fabiola León, y dice que me dará dos malas noticias para entender el tema. La primera es que “los trabajos serios de investigación, de eso que llamamos buen periodismo, se convierten en un fastidio para quienes perdieron el negocio en los carruseles, los Panamá Papers, los Odebrecht”. No cabe duda que, gracias a los olfatos desarrollados de editores en medios y reporteros en terreno, este país ha descubierto los embrollos delictivos más oscuros.

El problema es que los líderes políticos ponen de manifiesto su aversión a los medios y algunos colegas en los medios también se marcan con intereses partidistas. Entonces, el periodismo pierde a la ciudadanía, a la sociedad. Fabiola lo explica de la siguiente manera: “algunas posturas políticas de medios de comunicación hace que la gente no crea en medios de comunicación, por eso ya vemos que a los periodistas les alegan, les gritan groserías, los violentan. Ese tipo cosas hace parte del odio a la prensa”.

Al respecto Gloria Vallejo, presidenta del Círculo de Periodistas de Bogotá, me dice que, si bien el Círculo ha estado rodeado de personas influyentes que han ido y vuelto de la política a la prensa y viceversa, “si un gobierno está haciendo las cosas bien, lo vamos a apoyar, porque es para un bien de la nación, si un gobierno está haciendo mal las cosas, lo condenamos. Nosotros velamos la institucionalidad, pero sobretodo, la libertad de prensa y expresión garante de la democracia”. Pero de qué tipo de democracia hablamos si, en la plaza pública, los dirigentes se jactan de que sus administraciones son respetuosas y garantes de la libertad de prensa, pero con el silencio y omisión propician un ambiente de permisión e impunidad. Le pasó a Juan Manuel Santos, de hecho, su gobierno fue condenado en 2017 por los colectivos que defienden el periodismo. A Santos le llamaron el “Depredador de la Prensa”.

Portada del informe 2017 de la FLIP.

Quiénes son los depredadores en Colombia

Boris Miranda es corresponsal de la BBC en nuestro país y en diálogo con él, encontré una lectura del periodismo en Colombia que tiene la distancia geográfica (es boliviano) y corriente de pensamiento de una escuela de periodismo como la que viene de Londres. Boris me plantea una ambivalencia que confluye en nuestro país: “lo primero es que Colombia es un país con tradición de periodismo, lo que significa que las instituciones y las personas entienden lo que es el oficio periodístico y hay algunas instituciones que hacen un buen trabajo en cuanto la difusión de información. Esa es la cara positiva que uno no encuentra en otros países que tienen menor arraigo periodístico.
La otra cara de la moneda en Colombia es la violencia que viene asociada con la política y es un fenómeno menor a lo que era hace 20 o 30 años, pero existe. Entonces, no se puede hablar de libertad de prensa cuando caudillos locales y nacionales ejercen presión sobre los medios de comunicación”.

Los periodistas estamos en las mismas circunstancias que los líderes sociales. En últimas, nos une el mismo propósito: denunciar y buscar el bienestar común. Si en el pasado Santos fue el depredador de nuestro oficio, para el momento en que redacto este artículo, ninguno de mis entrevistados advierte un nuevo rostro. RSF me dice que “no es fácil poner un rostro completo o único”, pero el matrimonio de políticos con estructuras criminales es tan sagrado como el perdón. “Es difícil poner rostros cuando ni el mismo gobierno sabe quiénes son, por ejemplo, las Águilas Negras”.

Otros lugares, donde moran devoradores de la prensa, son las entidades públicas que, con funcionarios de elección popular, “utilizan la pauta oficial para influir directamente en los contenidos de los medios de comunicación. “La discreción en la asignación, la injerencia en las líneas editoriales y el autobombo son algunos patrones en el uso de la pauta oficial”, menciona el último informe de la FLIP, y la radio como medio, es el más afectado.

Colombia, un país de vocación radial en riesgo

Son las 8 de la mañana y en algún lugar de Colombia acaba de terminar el noticiero de un periodista. Este reportero tiene la convicción de que la emisión de ese día ha sido exitosa. Nuevamente, las personas acompañaron una denuncia en la que un funcionario público es el protagonista. La denuncia fue presentada con pruebas documentales y testimonios telefónicos. Al funcionaron le llamaron para que respondiera de lo que se acusa, pero decidió guardar silencio y dejar que el tiempo corra para que haga lo propio: olvido. A la mañana siguiente, en otra emisión del informativo, el funcionario investigado llega a la emisora, y frente a los micrófonos acepta su error y presenta su renuncia. El periodista estrecha la mano del funcionario, se desean buenas cosas y cada uno toma distintos caminos.

Esa historia no es real y, quizás, rara vez ocurra en el país. Si no pasa con funcionarios del gobierno nacional, que son cuestionados desde distintas orillas y fuertes políticos y económicos; menos en las regiones y localidades. Colombia es un país radial, todos lo sabemos, por eso es el medio al que más atacan los depredadores.

Lo común para periodistas regionales es el fenómeno de autocensura, un veto completo o a medias de temas susceptibles de escándalo y escarnio. La pauta publicitaria estatal y empresarial de las regiones, sigue siendo la forma de manipulación de caciques y cacicas que entendieron que violentar la prensa no es únicamente amenazar y asesinar periodistas, también es y hasta mucho más efectivo, debilitar los medios de comunicación hasta su desaparición para restringir la información. Y el corresponsal de la BBC confirma mi sospecha, a él también lo llaman algunos influenciadores para “sugerir” su agenda pero él es hábil y sabe escabullirse.

Los medios locales se están extinguiendo

Cuando el miedo es dueño de la verdad, el silencio paga por ver. De los 994 municipios que el Centro de Estudios de la FLIP ha mapeado para obtener una cartografía nacional sobre la libertad de prensa, 578 están en silencio. El conflicto armado, ese cáncer agresivo que acompaña a Colombia desde hace 60 años, puso las reglas de juego. En silencio, poco a poco, se fueron apagando las luces, las cámaras y micrófonos de reporteros que renunciaron a este honorable oficio por las condiciones sociales, económicas y laborales en que trabajaban ellos y sus medios.

El completo estudio, llamado Cartografías de la Información, proyectó en un mapa codificado por colores el estado de producción y acceso de información en las regiones. Los departamentos en color rojo, no tienen informativos locales; los de color naranja, consideran que la información es insuficiente debido al número de habitantes; y los que están en verde, tienen suficientes medios dedicados a la producción de información local.

Fuente: FLIP

Las alertas de la FLIP no son nuevas, solo confirman las denuncias que se han hecho desde hace 40 años. Por ejemplo, una investigación terminada en 2018 por tres docentes de Comunicación y Periodismo de UNIMINUTO, confirma las diferencias que existen en el desarrollo periodístico que se ejerce en Bogotá, la Costa Caribe, Santanderes, Valle del Cauca, Eje Cafetero.

En esa indagación, que hicieron recorriendo el país y documentando reportes desde los años 70, confirmaron que los periodistas regionales reciben más amenazas y censura, al tratar temas locales que impactan la nación (paramilitarismo, corrupción, minería), “esa clase de investigaciones vuelven al periodista más vulnerable”, señala el documento. Y Hugo Mario Cárdenas, periodista de El País de Cali, esboza una de las razones por las que este fenómeno ocurre: “Bogotá ve a la región como lo que le sobra a Colombia”, quizás no se equivoca.

Luego de presentarles este panorama, me rehúso a concluir si en Colombia hay ambiente en favor o no del ejercicio periodístico, juzguen ustedes. Pero sin temor a equivocarme confirmo que el tiempo no juega en favor de nuestro oficio. Hay una carrera a contrarreloj que están ganando los que quieren ocultar la verdad. Y mientras miles de periodistas estamos concentrados en las ciudades capitales con oferta laboral limitada, dándonos codos para ganarle al colega un puesto en oficina, los medios locales y el periodismo en las regiones se extinguen y creo que allá hay más oportunidad de ejercer, de cumplir, de trabajar, de hacer un proyecto de vida, en esos lugares tan lejanos, polvorientos, húmedos, secos y calientes, que también se llaman Colombia.

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