Por: María Alejandra Cañon Bastidas
En los últimos años, las redes sociales han pasado de ser simples espacios de interacción digital a convertirse en escenarios centrales de la vida cotidiana. En estos medios se construyen identidades, se crean relaciones y se validan emociones a través de un “me gusta” o un comentario. Sin embargo, detrás de la inmediatez y la aparente conexión, surgen preguntas urgentes: ¿qué efectos tienen estas plataformas en nuestra salud mental?, ¿cómo influyen en la autoestima, la ansiedad o la forma en que nos relacionamos con los demás?
Hablan los expertos, los expertos opinan
Lina Correa, psicóloga de la clínica Eirén, indica que la salud mental se ha visto muy afectada después de la pandemia que se vivió en el 2020 y que las redes sociales influyen de una manera importante en el ámbito de la salud mental, puesto que son la principal fuente de acceso a la información, sin embargo, aclaró que las redes sociales también son una fuente de entretenimiento, por lo que sugiere limitar el uso de dichas plataformas.
Carolina Ospina, magíster en comunicación digital, señala que la pandemia tuvo un profundo impacto en los jóvenes quienes comenzaron a aislarse y, como consecuencia, se volvieron más vulnerables a los comentarios negativos en redes sociales. En este contexto, enfatiza la importancia de contar con herramientas adecuadas para afrontar estas situaciones de manera consciente y saludable.

Julia Villegas, magíster en marketing digital, destaca la importancia de promover un uso responsable de las redes sociales. Subraya la necesidad de regular el tiempo que los jóvenes pasan en medios digitales, para equilibrarlo con las relaciones presenciales, que suelen ser más sólidas y significativas que las que se construyen exclusivamente en entornos virtuales. Desde su experiencia en el aula, señala: “A los estudiantes les cuesta mucho socializar en clase. Se evidencian dificultades en habilidades como la empatía, la cooperación y la colaboración, que son muy difíciles de desarrollar a través de plataformas como WhatsApp o Teams. Por eso, es fundamental fomentar encuentros presenciales y que comprendan que no es saludable estar conectados todo el tiempo”.
“Para los padres de familia que tengan hijos adolescentes o niños, es necesario promover actividades fuera de casa, promover la socialización en espacio abierto, promover actividades recreativas, lúdicas, tiempo de calidad en familia lejos de una pantalla”. Señala la psicóloga Correa. Además, destaca la importancia de la interacción presencial: “Cuanto más tiempo pasamos frente a una pantalla, más nos desconectamos de la cotidianidad y del mundo real”.
Lo que callan las mamás
Flor Méndez, madre soltera y trabajadora independiente, relata que sus hijas Sara y Sofía, de 13 y 15 años respectivamente, permanecen en entornos digitales alrededor de 3 a 5 horas, aunque parte de ese tiempo lo dedican a tareas, la mayoría lo pasan viendo contenido en redes. Reconoce que, aunque no domina del todo el mundo digital, ha escuchado que sus hijas usan principalmente Instagram y TikTok.
Sobre los cambios en el comportamiento, afirma que sí ha notado transformaciones:
“Ellas quieren parecerse a las personas que siguen, adoptan actitudes como si ya fueran grandes, como si todo fuera normal. No diría que son cambios negativos, pero sí se nota que quieren imitar estilos de vestir, maquillaje, formas de hablar”.
También relata que conversa con sus hijas sobre los riesgos que implica estar en redes sociales: “Siempre les hablo de los peligros, tanto cuando vamos al colegio como cuando estamos en casa. Les digo que tengan cuidado con quién hablan y qué temas tocan. Uno se entera por las noticias de todo lo que pasa, y eso sí se los inculco bastante” señala Flor.
“Construir una identidad en redes sociales se ha convertido en uno de los desafíos más complejos para los adolescentes. En este proceso, surgen preguntas profundas como:
¿Quién soy? ¿Cómo puedo encajar en esta sociedad? ¿Qué debo hacer o cómo debo verme para sentir que pertenezco? Estas inquietudes, amplificadas por la exposición constante y la presión digital, pueden generar estados de ansiedad, tristeza o confusión. En algunos casos, incluso derivan en conductas de autolesión o riesgos para su integridad emocional y física”, señala la psicóloga Correa.

Por el contrario, Natalia Bastidas, administradora de empresas y madre soltera de Valentina de 14 años, e Isabela de 13 años, comparte que en su hogar el uso de redes sociales está restringido, ya que considera que sus hijas aún no tienen las edades adecuadas para interactuar en estos espacios digitales. Sin embargo, reconoce que Valentina busca constantemente formas de mantenerse conectada, lo que ha generado ciertos cambios en su comportamiento: “Se ha vuelto un poco grosera y también la noto más ansiosa”, comenta.
Santiago, un adolescente que cursa décimo grado, reconoce que el uso del celular ha afectado su rendimiento académico. “Entre clases, hay momentos en que ya es aburrido estar en el salón, así que veo videos, entro a Instagram, le escribo a alguien”, comenta. Aunque admite que el dispositivo le sirve para entretenerse, también señala que se ha convertido en una distracción constante durante las clases.
Así pues, es recomendable que se fomente desde el colegio y desde las entidades gubernamentales la educación emocional, donde se resalte la importancia de la salud mental, se promueva un uso responsable de las redes sociales, se fomenten campañas de visibilización para que las personas se sientan acompañadas y no dependan de un diagnóstico brindado por una plataforma digital, concluye Lina.
Las cifras lo demuestran
Según datos del Ministerio de Salud, el 44,7 % de los niños colombianos presentan indicios de afectaciones en su salud mental, mientras que el Sistema Unificado de Convivencia Escolar reporta que el 23 % de los estudiantes han sido víctimas de acoso en sus instituciones educativas.
La Universidad de los Andes y Tigo realizó un estudio en 2023 que arrojó que los adolescentes colombianos pasan en promedio 2,2 horas al día socializando en internet y otras 2,7 horas en actividades de ocio en línea.
La relación entre adolescentes y tecnología también plantea un desafío para los padres, que muchas veces carecen de las herramientas necesarias para comprender y regular el uso de internet en sus hogares.
El estudio de Tigo y la Universidad de los Andes respalda esta afirmación, al revelar que el 30 % de los adolescentes encuestados intentaron sin éxito reducir su tiempo en internet, mientras que el 40 % reportó conflictos familiares relacionados con el uso excesivo de dispositivos.
Redes sociales: espejo, presión y vulnerabilidad
Alejandro Rodríguez y David Polania, creadores de contenido, relatan que, en la última década, las redes sociales se han convertido en un espacio con una influencia comparable —e incluso superior— a la de los medios tradicionales. Para muchos adolescentes, estas plataformas no solo funcionan como entretenimiento, sino como un espejo en el que construyen su identidad. La comparación constante con otros usuarios, las tendencias de belleza irreales y la necesidad de aceptación inmediata han creado un ambiente que afecta directamente su salud mental. Lo que antes se veía como fenómenos lejanos, principalmente en Estados Unidos, hoy se replica de manera acelerada entre los jóvenes colombianos.
Aunque las redes sociales permiten informar, conectar y dar visibilidad a temas como la salud mental, también se han convertido en un espacio donde proliferan la desinformación, la presión estética y la violencia digital. Los creadores de contenido entrevistados reconocen esta dualidad y coinciden en que el uso de estas plataformas requiere responsabilidad. Para ellos, publicar no es solo entretener; implica entender el impacto que un video o una frase puede tener en miles de usuarios que luchan con inseguridades o problemas emocionales.
Según un estudio de la Universidad Javeriana titulado: “Empatía, redes sociales e indicadores de salud mental durante las crisis sociales en Colombia” uno de los hallazgos más llamativos del estudio tiene que ver con la empatía. Aunque suele considerarse una cualidad protectora, en contextos de crisis puede convertirse en un factor de vulnerabilidad. Personas con mayor sensibilidad emocional —aquellas que sienten con facilidad el dolor o la angustia ajena— presentaron niveles más altos de ansiedad cuando pasaban mucho tiempo en redes sociales. La sobreexposición a historias trágicas, denuncias ciudadanas y contenido de impacto emocional amplificó su propio malestar. La empatía, en estos casos, no amortiguó el golpe: lo intensificó.

El estudio también reveló diferencias importantes entre grupos sociales. Usuarios con menor nivel educativo mostraron indicadores más bajos de salud mental cuando enfrentaban un uso intensivo de redes sociales durante las crisis. Esto sugiere que no todas las personas cuentan con las mismas herramientas para interpretar, filtrar o procesar la información que encuentran en línea. En un entorno digital saturado de emociones fuertes, noticias contradictorias y mensajes alarmantes, algunos grupos quedan más expuestos al desgaste psicológico.
¿Cómo asimilar los malos comentarios en redes sociales? El desafío de enfrentar los comentarios negativos en línea
A diario, los creadores de contenido reciben comentarios hirientes sobre su cuerpo, su personalidad o aspectos íntimos de su vida. Aunque reconocen que jamás debería normalizarse este tipo de agresión, admiten que se ha convertido en parte del ecosistema digital. Con el tiempo han aprendido a protegerse emocionalmente: filtran mensajes, bloquean cuentas anónimas y procuran no permitir que un comentario ofensivo determine su estado de ánimo. Sin embargo, coinciden en que ninguna persona está preparada para recibir odio masivo sin consecuencias.
Afirman que atravesar una “funa” La funa es cuando una persona es señalada o “expuesta” públicamente en redes sociales por algo que hizo y que otros consideran incorrecto o dañino, implica reconocer fallas, aclarar los hechos y mantener la calma para evitar que la situación escale. Según David y Alejandro, la clave está en aceptar la responsabilidad cuando corresponde y comunicar con transparencia, evitando alimentar la narrativa del conflicto. Aun así, admiten que estas experiencias dejan huellas emocionales difíciles de borrar.
Aunque no son educadores, los creadores reconocen que su presencia en redes influye en miles de jóvenes. Por eso consideran clave mostrar autenticidad, diversidad y vidas reales, sin filtros que perpetúen estándares inalcanzables. A través de contenido más honesto, buscan contrarrestar la ansiedad y ayudar a los jóvenes a entender que es válido ser diferente, equivocarse o sentirse perdido. Mostrar las imperfecciones, aseguran, puede ser más poderoso que cualquier discurso motivacional.
Recomendaciones
En medio de un ecosistema digital que avanza más rápido que la capacidad emocional de los jóvenes para comprenderlo, tanto los expertos como los creadores de contenido coinciden en que la solución no pasa por satanizar las redes, sino por aprender a habitarlas de forma más consciente. El estudio de la Universidad Javeriana advierte
que, frente al incremento de ansiedad y desgaste emocional asociado al uso intensivo de plataformas digitales, es urgente fortalecer la educación digital y emocional desde edades tempranas, especialmente en poblaciones vulnerables. Esto implica enseñar a los adolescentes a filtrar la información que consumen, reconocer cuándo un contenido les afecta y desarrollar estrategias de autocuidado que les permitan poner límites y regular su sensibilidad en un entorno donde las crisis, los conflictos y la violencia simbólica circulan en tiempo real.

Los creadores de contenido respaldan esta idea desde su propia experiencia: insisten en que la salud mental de los jóvenes no depende solo de lo que ven en pantalla, sino de la red de apoyo que los rodea. Para ellos, la responsabilidad es compartida. Las familias deben abrir espacios de conversación sin juicio; las instituciones educativas necesitan integrar la alfabetización digital como parte de su formación; las plataformas están llamadas a ofrecer herramientas más efectivas para denunciar, bloquear o moderar interacciones dañinas; y la sociedad, en conjunto, debe dejar de normalizar la burla, la comparación cruel y el odio en línea. “Las redes no van a desaparecer — reconocen—, pero sí pueden convertirse en lugares más humanos si quienes las usan deciden hacerlo con respeto y conciencia”. En ese sentido, la recomendación final no es desconectarse, sino aprender a conectarse mejor: con criterio, con límites claros y, sobre todo, con una autoestima que no dependa del ruido digital.









