Internacional
26 de marzo de 2026 – Cada 26 de marzo el mundo se tiñe de púrpura para conmemorar el Día Mundial de la Concientización sobre la Epilepsia, una fecha fundamental para visibilizar una condición cerebral crónica que afecta a millones de personas. Esta iniciativa, conocida globalmente como Purple Day, nació en 2008 gracias a Cassidy Megan, una niña canadiense de nueve años motivada por su propia lucha para que el mundo comprendiera qué es vivir con este trastorno neurológico y disipar los mitos que lo rodean el color púrpura o lavanda fue elegido por su asociación internacional con la epilepsia y porque simboliza la soledad y el aislamiento que a menudo enfrentan quienes conviven con esta patología.
Más allá de esta fecha, la comunidad internacional también se reúne el segundo lunes de febrero para el Día Internacional de la Epilepsia, que en sus campañas recientes bajo el lema “Mi viaje con la epilepsia” busca recolectar testimonios sobre las necesidades no cubiertas de los pacientes en ámbitos como la educación, el trabajo y la salud mental. Se estima que más de 50 millones de personas en todo el mundo padecen esta afección, lo que la convierte en una de las enfermedades neurológicas más frecuentes a nivel global.
En Argentina, donde la conmemoración de este 2026 coincide con los 25 años de la Ley Nacional 25.404, se iluminan monumentos de violeta para recordar que esta normativa garantiza derechos fundamentales y prohíbe la discriminación laboral o educativa. La epilepsia se define como una predisposición persistente del cerebro para generar crisis recurrentes, las cuales son el resultado de una descarga eléctrica excesiva y sincronizada de las neuronas estas crisis pueden manifestarse de diversas formas: desde convulsiones violentas y espasmos musculares hasta “desconexiones” breves de la conciencia o alteraciones visuales y auditivas. Es vital entender que las crisis pueden ser focales, si afectan una zona específica del cerebro, o generalizadas, si comprometen ambos hemisferios desde el inicio a pesar de los avances, la falta de conocimiento social sigue siendo un obstáculo mayor, alimentando el miedo y limitando la integración social de los pacientes. El impacto de la enfermedad se ve agravado por el estigma, que se divide en dos tipos: el percibido la auto desacreditación y sentimientos de inferioridad del paciente y el promovido la discriminación social real basada en prejuicios.
Para combatir esto, la educación sobre los primeros auxilios es esencial: ante una crisis, se debe mantener la calma, colocar a la persona de costado para facilitar la respiración, proteger su cabeza y nunca introducir objetos en su boca ni intentar sujetar sus movimientos mitos como el riesgo de “tragarse la lengua” son falsos y realizar maniobras incorrectas puede causar daños físicos graves.
En cuanto al tratamiento, las noticias son alentadoras ya que aproximadamente el 70% de los pacientes logran controlar sus crisis con la medicación adecuada, permitiéndoles llevar una vida normal. Para el 30% restante que no responde a fármacos convencionales, la ciencia explora horizontes prometedores como la terapia génica, que busca corregir el problema desde la raíz molecular introduciendo genes sanos en las células cerebrales estos avances, sumados a un entorno social comprensivo y al cumplimiento de leyes de protección, son la clave para que la epilepsia deje de ser una barrera y se convierta simplemente en una condición con la que se puede convivir con plenitud.








