En una jornada que hasta hace pocas semanas parecía improbable, los presidentes Gustavo Petro de Colombia y Donald Trump de Estados Unidos se reunieron durante cerca de dos horas en la Casa Blanca, en un encuentro que buscó recomponer una de las relaciones bilaterales más tensas de los últimos años y que terminó dejando señales inesperadas de distensión. Lo que inició como una cita marcada por la desconfianza, precedida por meses de ataques retóricos y decisiones diplomáticas adversas, concluyó con un apretón de manos y una frase que sorprendió a observadores internacionales: “Amo a Colombia”, pronunciada por el mandatario estadounidense al despedir a su homólogo.
El simbolismo político estuvo presente desde el inicio. A las 10:55 de la mañana, el vehículo del Servicio Secreto que transportaba a Petro ingresó al complejo presidencial, pero no por la entrada principal de la Casa Blanca sino por el Edificio de Oficinas Ejecutivas, omitiendo la tradicional guardia de honor. Para analistas, este detalle protocolario reflejó de manera silenciosa las fricciones acumuladas en meses recientes, entre ellas la revocatoria de la visa del presidente colombiano y la descertificación de Colombia en la lucha antidrogas por parte de Washington.

Dentro del Despacho Oval, el diálogo fue descrito por fuentes diplomáticas como “franco y directo”. Trump puso sobre la mesa su principal preocupación: el flujo de drogas hacia territorio estadounidense y la percepción de que los esfuerzos colombianos han sido insuficientes. Petro, por su parte, llegó con cifras e informes sobre su modelo de erradicación voluntaria de cultivos ilícitos, defendiendo una estrategia centrada en el desarrollo rural y la sustitución concertada. Horas antes del encuentro había insistido en que “es el campesino mismo el que decide liberarse”, una frase que resume su enfoque frente a una política antidrogas históricamente dominada por la erradicación forzada.
Aunque no se anunciaron acuerdos concretos ni se divulgaron métricas compartidas de éxito, el simple hecho de que ambas posiciones se expusieran cara a cara marcó un cambio respecto a meses en los que las diferencias se ventilaban principalmente a través de redes sociales y declaraciones públicas. El narcotráfico se mantuvo como eje central de la agenda, acompañado de conversaciones sobre cooperación regional y estabilidad hemisférica, sin que se emitiera un comunicado conjunto inmediato al finalizar la reunión.
El contexto regional añadió una capa adicional de tensión. La reciente captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses y el debate sobre la intervención militar en Venezuela seguían latentes en el ambiente político de Washington. Petro, crítico del uso de la fuerza en América Latina, buscó reafirmar la soberanía regional frente a un Trump fortalecido por sus recientes movimientos geopolíticos en el Caribe. En contraste con la dureza de los temas tratados, la reunión también incluyó gestos de diplomacia cultural: el presidente colombiano entregó un vestido artesanal elaborado por comunidades indígenas de Nariño y una canasta de productos campesinos, una estrategia de “diplomacia blanda” orientada a humanizar una relación que hasta hace poco parecía fracturada.

El cierre del encuentro fue, para muchos, el momento más revelador. Trump calificó la visita como un “gran honor” y adoptó un tono cordial que contrastó con sus declaraciones críticas de meses anteriores. La ausencia de una fotografía oficial amplia o de anuncios inmediatos dejó claro que las diferencias ideológicas persisten, pero el cambio de lenguaje sugiere la apertura de un canal de comunicación que podría resultar clave para la estabilidad bilateral. Más que acuerdos firmados, el principal resultado visible fue la disposición mutua a dialogar en un escenario donde la relación entre Colombia y Estados Unidos había estado marcada por la desconfianza y la confrontación.
Analistas coinciden en que el verdadero impacto del encuentro no se medirá en gestos ni frases, sino en las decisiones que se adopten en las semanas siguientes. Por ahora, la reunión deja la impresión de un posible deshielo diplomático, una tregua simbólica entre dos gobiernos con visiones opuestas pero conscientes de que la cooperación, especialmente en seguridad y desarrollo regional, sigue siendo un interés compartido que trasciende las diferencias políticas.








