Por: Daniela Mongua Valderrama
El fútbol colombiano ha convivido históricamente con un problema estructural: la corrupción, una práctica silenciosa que condiciona fichajes, resultados, ascensos, manejos administrativos y la carrera de jugadores y jugadoras. Por las mismas razones, condiciona el nivel y el rendimiento de los referentes más grandes del país, quienes suelen no ganar nada nunca.
Pero, paremos un momento. Para entender el presente hay que recordar un episodio que muchos prefieren barrer bajo la alfombra: la influencia del narcotráfico en el fútbol colombiano durante las décadas de 1980 y 1990.
¿Quiénes se acuerdan de los famosos ‘Dineros Calientes’? En pleno auge del Cartel de Medellín, Pablo Escobar convirtió al Atlético Nacional en vitrina de poder. Los testimonios de exjugadores e investigadores coinciden: Escobar pagaba premios, financiaba contrataciones y ejercía una presión que iba más allá del deporte.
Según una entrevista dada para Los dos Escobares (ESPN–Netflix), Luis Fernando “Chonto” Herrera relató que Escobar llamaba directamente a los jugadores. Y se sabe que el Cartel de Cali también usó el fútbol como territorio de influencia a través de equipos como el América de Cali, intervenido durante años por la Lista Clinton.
No se trató solo de dinero “para mejorar el fútbol”, como algunos romantizan. Fue más grave: se normalizó que intereses criminales definieran la política deportiva, moldeando una cultura donde todo se podía comprar: puntos, árbitros, jugadores, favores, títulos, e identidades. Así las cosas, la corrupción moderna del fútbol colombiano no nació de la nada; tuvo maestros peligrosamente eficientes, tristemente arraigados a la cosmovisión colombiana.
Felipe Taborda: una herida profunda en el menospreciado fútbol femenino
En 2012, la exfutbolista Isabella Echeverri acusó al entonces seleccionador Felipe Taborda de maltratos, humillaciones y manipulación emocional. Varios testimonios posteriores respaldaron estas denuncias
Y no solo eso, sino que Taborda pedía sobornos a cambio de convocatorias al Mundial Femenino Sub – 17 que se jugaría en ese año, exponiendo una realidad incómoda: las convocatorias en Colombia no responden siempre a criterios deportivos, sino a pugnas de poder, intereses económicos o decisiones personalistas que perjudican al fútbol y al jugador.
Por cierto, no podemos olvidar el caso de Yoreli Rincón, quien fue una de las pioneras referentes del fútbol profesional femenino en Colombia, pero fue vetada del combinado nacional tras denunciar a quien era el mayor accionista del Deportes Tolima (después de Faud Char) en ese año, Gabriel Camargo, por acoso y por su polémica declaración en la que dijo que el fútbol femenino era “caldo de cultivo de lesbianas”.
Caso Envigado y la “Oficina de Empresarios” (2011–2016)
Envigado F.C. fue incluido en la Lista Clinton por supuestos vínculos con estructuras criminales del Valle del Cauca que manejaban fichajes y porcentajes de jugadores. Aunque el equipo se defendió, el episodio reveló una problemática extendida: empresarios y terceros controlando derechos deportivos de jóvenes, negociando “en paquete” y manipulando transferencias.
Como lo reveló El Espectador en su momento, este era el eco moderno de los antiguos “patrones”, ahora camuflado en contratos y sociedades. Recordemos que Envigado le perteneció alguna vez a Gustavo Upegui, amigo del Cartel de Medellín.
La Dimayor y la FCF: el club privado sin control externo
Es imperativo resaltar que la Federación Colombiana de Fútbol y la Dimayor funcionan como un sistema cerrado, sin vigilancia real del Estado, sin auditorías públicas obligatorias y con decisiones que rara vez se explican a los hinchas.
El ejemplo más claro fue la multa de la Superintendencia de Industria y Comercio en 2020, cuando la FCF fue sancionada por la reventa irregular de boletería, donde dirigentes de altos cargos quedaron señalados.
Pese a ello, como suele pasar en Colombia, no hubo consecuencias deportivas, ni renuncias, ni cambios profundos. Y el país siguió como si nada.
El caso Cortuluá – Félix García (2017)
Por otra parte, no podemos ignorar que el arbitraje colombiano arrastra hace años denuncias por manejos internos, decisiones inconsistentes, sanciones opacas y designaciones sospechosas. Sí, incluido el VAR.
En 2017, según reveló Caracol Radio, la Fiscalía destapó el primer caso documentado de manipulación de resultados en el fútbol profesional colombiano. Las investigaciones señalaron un presunto acuerdo entre jugadores del Deportivo Pasto y miembros del Cortuluá —hoy Inter de Palmira— para arreglar un partido con fines de apuestas. Las autoridades advirtieron, además, que este no habría sido un hecho aislado, sino una práctica repetida en varias ocasiones.
¡Pero no todo está podrido!
Para ser justos, al fútbol colombiano también han llegado dirigentes serios, proyectos modernos y clubes que trabajan con rigor. Atlético Nacional, Independiente Medellín, Junior y Millonarios han intentado profesionalizar sus estructuras, implementar modelos de scouting, apostar por canteras y sostener procesos deportivos; y se han visto proyectos coherentes, transparentes, con visión empresarial y prospectiva. Sumado a ello, la Selección Colombia ha demostrado que, con una estructura técnica clara, planificación y profesionalismo, sí es posible competir al más alto nivel, llegando a fases donde ningún otro grupo de representantes había llevado al país.
Pero esos avances, aunque reales, siguen siendo islas en medio de un océano que todavía huele a pasado.
La corrupción es la gran sombra que impide que el fútbol colombiano crezca, se modernice y compita.
Pero la solución no depende únicamente de clubes o jugadores. El problema también está en la cultura futbolera del país, donde la mediocridad se ha normalizado y se reproduce desde las gradas. Buena parte de la afición ha adoptado una visión distorsionada: cuando un equipo juega bien y gana con mérito, la opinión pública no duda en señalarlo como “corrupto”, “favorecido” o “amigo de los árbitros”. ¿Hemos perdido la capacidad de distinguir entre la verdadera corrupción y el rendimiento legítimo? A veces pareciera que, desde la tribuna, nos dedicamos a arrastrarnos unos a otros para impedir que alguien avance.
Aun así, es evidente la falta vigilancia estatal real, transparencia obligatoria, control financiero, sanciones ejemplares y una cultura que entienda que el hincha no el dirigente es el verdadero dueño del fútbol, es quien lo sostiene, y quien merece ver los resultados.
Mientras no enfrentemos este problema, seguiremos celebrando triunfos irrelevantes y lamentando fracasos previsibles. El balón puede rodar, pero el verdadero partido se gana manteniendo el hogar limpio.








