Hay escritores que eligen sus temas. Mario Mendoza, en cambio, parece ser elegido por ellos. Bogotá, la violencia, los márgenes, los que sobreviven donde otros no podrían: esos territorios han sido su materia prima desde que publicó su primera novela en los años noventa. Tres décadas después, el autor bogotano regresa con una obra que su editorial presenta como “la novela que le hacía falta a América Latina”: La hora de los lobos, publicada por el Grupo Planeta.
La afirmación es ambiciosa. Pero quienes conocen el trabajo de Mendoza saben que él no suele escribir para el mercado. Escribe desde una urgencia que parece más cercana a la necesidad que al cálculo comercial. Y con más de veintitrés títulos a sus espaldas —entre ellos la premiada Satanás y títulos como Buda Blues, Lady Masacre y Leer es resistir— el autor tiene crédito suficiente para que la promesa sea tomada en serio.

Un personaje nacido de la violencia
El centro de la novela es Bruno Guerrero, un joven marginado que creció asediado por la muerte desde la infancia. En las artes marciales encuentra no solo un método de defensa sino una filosofía de vida: una disciplina que le da forma, identidad y dirección en un entorno donde las instituciones —la familia, el Estado, la escuela— ya han fallado.
Con esa formación como columna vertebral, y armado de una inteligencia afilada en la calle, Bruno se abre paso en el hampa de la capital colombiana. Su camino lo lleva a la cárcel, donde conoce a un hombre descrito como brillante y terrible a la vez, que se convierte en su maestro y protector. Juntos emprenden un recorrido por los bajos fondos del continente que Mendoza narra con la intensidad de quien conoce bien ese territorio.
Una guerra que no termina nunca
El concepto de combate atraviesa la novela de principio a fin, pero no como glorificación de la violencia sino como diagnóstico de una realidad. Mendoza construye una metáfora sostenida en la que la vida urbana latinoamericana es en sí misma un estado permanente de conflicto, del que nadie puede realmente abstraerse. Estar o no estar en combate, propone la voz narrativa, es en el fondo la misma cosa.
Esa lectura del mundo tiene consecuencias directas sobre la forma en que el protagonista se relaciona con la droga, el poder y la supervivencia. Mendoza no estetiza el narcotráfico ni construye figuras glamorosas del crimen. Por el contrario, retrata la droga como un mecanismo de dominación, una herramienta que destruye la voluntad y despoja a las personas de su dignidad. Es una mirada moral, pero no moralista: el autor entiende demasiado bien las condiciones que empujan a alguien hacia esos caminos.
Bruce Lee en Bogotá: Oriente encuentra el trópico
Uno de los elementos más llamativos de la novela es la dimensión filosófica e intercultural de su protagonista. Bruno Guerrero construye su identidad desde referentes que van más allá de las fronteras de su entorno inmediato: Malcolm X, el poeta cubano Nicolás Guillén y Bruce Lee conviven en su formación intelectual y vital.
Mendoza y su lugar en la literatura colombiana
Mario Mendoza (Bogotá, 1964) se licenció en Letras en la capital colombiana y se especializó en Literatura Hispanoamericana en la Fundación José Ortega y Gasset de Toledo, España. Su nombre alcanzó proyección internacional cuando Satanás (Seix Barral, 2002) ganó el Premio Biblioteca Breve, uno de los galardones literarios más importantes del mundo hispanohablante.

Desde entonces, su obra no ha dejado de crecer ni de sorprender. Ha explorado el terror urbano, lo sobrenatural, la reflexión sobre la lectura y la narrativa gráfica. En 2018 concluyó El mensajero de Agartha, una saga juvenil de diez títulos, y trabajó junto al ilustrador Keco Olano en cuatro proyectos de novela gráfica. Sus publicaciones más recientes antes de esta entrega incluyen Los Vagabundos de Dios (2024) y Vírgenes y toxicómanos (2025).
Con La hora de los lobos, Mendoza vuelve a su territorio más reconocible: el relato urbano que es a la vez visceral y filosófico, donde un personaje al límite se convierte en espejo de una sociedad entera.
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