Escucha nuestras emisoras: 🔊 AUDIO EN VIVO |

Escucha nuestras emisoras: 🔈 BOGOTÁ 1430 AM | 🔈 CUNDINAMARCA 1580 AM | 🔈 TOLIMA 870 AM | 🔈 BELLO | 🔈 SOLO MÚSICA

¿Vicio a la tecnología o un problema para la salud mental? 

La ansiedad digital se consolida como un problema silencioso de salud mental, especialmente entre jóvenes, marcada por la hiperconexión , la presión de las redes y la necesidad constante de validación, lo que plantea la urgencia de un uso más consciente y acompañado de la tecnología.

En una época que celebra la hiperconexión como sinónimo de modernidad, la ansiedad digital continúa siendo reducida a una situación sin relevancia, especialmente por generaciones mayores, a un simple “vicio al celular”. Sin embargo, aquello que muchos adultos consideran exageración es, en realidad, un malestar psicológico cada vez más documentado: la presión de responder, actualizarse, estar disponible y no quedarse atrás en un entorno donde las notificaciones dictan el ritmo del día y la dirección en la que debemos guiar nuestra vida.

Salud mental entre algoritmos y pantallas

- Patrocinado -

Ignorar este fenómeno es desconocer que hoy en día la salud mental también se pone en juego entre algoritmos, pantallas y métricas de interacción. La constante revisión de notificaciones, el scroll infinito y la necesidad de respuesta inmediata han creado una dependencia emocional alimentada por plataformas diseñadas para retener la atención de sus usuarios. No se trata solo de hábitos digitales; se trata de un sistema construido para estimularnos sin descanso en constante alerta y para mantenernos conectados incluso cuando nuestro bienestar demanda lo contrario.

La dependencia cotidiana del celular

Lo digital se volvió tan necesario que se filtró en cada espacio de nuestra vida. Hoy nos resulta difícil imaginar un día sin celular porque lo utilizamos para estudiar, trabajar, informarnos, desplazarnos y comunicarnos con los demás. Y aunque muchas de estas funciones facilitan la vida y las tareas diarias, también profundizan nuestra dependencia. “Apagar el teléfono ya no es solo desconectarse: es sentir que se nos escapa algo, que nos quedamos fuera de la conversación global de temas virales o que no cumplimos con la inmediatez que el entorno exige actualmente”.

La ausencia de notificaciones genera inquietud y sensación de vacío, reflejando la dependencia a la sobreestimulación digital. La falta de educación y límites en el uso de la tecnología ha derivado en efectos como baja concentración, problemas de autoestima, alteraciones del sueño y mayor comparación social entre jóvenes. Foto : Creada por IA.

La inquietud que deja el silencio digital

El silencio de notificaciones, lejos de ser un descanso y bienestar, genera inquietud. Nos hemos acostumbrado a la sobreestimulación constante, y cuando esta desaparece, se manifiesta una sensación de vacío, como si algo importante estuviera ocurriendo sin nosotros. Esto provoca que muchos jóvenes se sumerjan más en el mundo digital que en la realidad que los rodea a cada segundo, absorbiendo tendencias de moda y estilos de vida, comparándose con otros y viviendo bajo una atención fragmentada que repercute en la concentración y la estabilidad emocional.

Crecimiento digital sin límites y el miedo a quedarse atrás

Las generaciones que crecimos con la tecnología no recibimos advertencias ni manuales sobre sus riesgos y maneras de sobrellevarla de forma sana. Entramos a lo digital sin filtros, sin acompañamiento y sin límites claros. Esto nos ha expuesto a consecuencias que aún estamos aprendiendo a nombrar: disminución del rendimiento académico, irritabilidad, problemas de sueño, problemas de autoestima, dificultad para concentrarnos y una vulnerabilidad mayor a compararnos con vidas que, muchas veces, están cuidadosamente editadas.

Según National Geographic, el FOMO (Fear of Missing Out), o “miedo a perderse algo”, es una manifestación directa de esta ansiedad. Se trata de una necesidad constante de estar al tanto de lo que publican los demás, de no quedar por fuera, de compararnos con lo que hacen, logran o exhiben otros usuarios. Esta sensación afecta nuestra autoestima y genera la idea de que nunca estamos a la altura de lo que vemos. Las redes terminan dictando qué es un logro, qué es diversión y qué es éxito, creando estándares imposibles de alcanzar.

Un ejemplo cotidiano es el de los conciertos o festivales. Para muchos jóvenes, no poder asistir se traduce en sentimientos de frustración o tristeza alimentados por la avalancha de historias, publicaciones y transmisiones en vivo de quienes sí estuvieron allí. No es solo perderse un evento: es sentir que la experiencia del resto del mundo avanza sin nosotros, que no estamos participando de un momento colectivo importante que parece importante para todos.

A esto se suma la presión de las métricas: seguidores, visualizaciones, “likes” y comentarios que empezaron a funcionar como validadores sociales. Muchas personas sienten que deben “vender” una vida perfecta para ser aceptadas o, al menos, para no ser juzgadas. La construcción de identidad ha comenzado a depender de cifras y reacciones, generando un miedo constante a no ser suficiente frente a un público invisible que observa, compara y opina sin filtro alguno.

La ansiedad digital como alarma y llamado a la educación consciente

La ansiedad digital no es, como algunos insisten, una exageración juvenil o “vicio”. Es el resultado de un sistema hiperconectado que exige presencia permanente y que moldea nuestra forma de relacionarnos con nosotros mismos y con el mundo que nos rodea. Reconocerla no es debilidad: es el primer paso para poner límites y recuperar la atención que las plataformas compiten por arrebatarnos de nuestra realidad. Porque, en últimas, desconectarse también es un acto de cuidado.

Cómo asegura UNICEF se debería promover en los niños y adolescentes un acompañamiento y educación digital, en la cual se enseñe sobre los riesgos, derechos que regulen su uso y protejan estos entornos y la privacidad de los mismos, para  tener en cuenta al momento de utilizar dispositivos móviles. Con el fin de concientizar a las nuevas generaciones sobre un uso regulado y saludable, sin pasar los límites de riesgo que logren afectar su integridad.

Cerrar los ojos y darle la espalda a este tema es ceder ante una problemática que sigue creciendo en silencio en torno a la juventud, no es adecuado darle poca importancia de la que se merece un tema que está afectando nuestra salud mental diariamente, la manera en cómo nos relacionamos con las personas y nuestro estilo de vida. Hay que comenzar a identificar el impacto de lo digital en nuestras vidas y cómo hemos perdido el autocontrol para saberlas manejar sin repercutir en daños temporales o duraderos.

No hay que normalizar la manera en la cual la digitalización consume nuestras vidas, manteniendo permanentemente nuestra atención, determinando nuestro valor por el impacto que causamos en redes y así invadiendo nuestra tranquilidad por el hecho de estar pendiente de las notificaciones, que simplemente nos hacen estar cada vez más lejos de nuestro bienestar. Por eso, la ansiedad que provoca el mundo digital no se debe tomar como un juego sino como una alarma de lo que pasa actualmente con la hiperconexión. Es un tema que debe ser escuchado antes de que sea muy tarde y difícil de remediar.

| Nota del editor *

Si usted tiene algo para decir sobre esta publicación, escriba un correo a: jorge.perez@uniminuto.edu

Otros contenidos

Contenidos populares