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Buscando la verdad

Este documento es la revelación de los secretos que nunca debieron ser ocultos, es la libertad de la pena, el volver a paso cansado por los caminos que fueron abandono, es la verdad graficada, leída, contada, filmada, expuesta.

Autor: Juan Carlos Valencia C

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Caminar los años noventa como un niño fue divertido: jugar en la calle hasta que mamá gritara —ya no más, eche para adentro— y seguir jugando hasta que el grito fuera algo más tenebroso, con el tono de la furia y el reclamo a la desobediencia; terminar el juego y dejar a medias un partido al que se le entregaba toda la pasión, quedar pendientes para mañana la revancha, pero no sin antes definir el ganador con el gol; sin importar el resultado fuera veinte a uno, el último gol ganaba. Y entrar así, sudado, con las rodillas peladas, la respiración agitada a punto del colapso, la camiseta envuelta en agua, en ríos de agua salada; sudar no es una opción cuando eres niño, debes sudar, y el sudor debe bajar negro, por la frente, por el pecho, por la espalda, por las mejillas, pero siempre negro, sucio. La camiseta debe traer los rastros de que en algún momento se pasó como servilleta por el bigote, secando todo el rostro, porque las gotas de sudor en los ojos arden, arden como un diablo.

Soy hijo de un policía, y en el año 2000, como todos los años, teníamos pendiente un viaje a Cartagena de Indias. El trabajo de todo el año se resumía a ese premio; pero requería de cierta preparación. Mi padre debía dejarse crecer la barba (las fuerzas policiales como las militares, debían estar rasurados, a menos que, el rango fuera lo suficientemente alto (General)) y este no era el caso, mi padre apenas era un agente de policía y había solicitado sus vacaciones; así que estábamos listos para el viaje después de la afeitada y la programación de horarios, rutas, y el guion que se había escrito para nuestra actuación estelar, en caso tal, de que nos encontráramos una pesca milagrosa (así se le llamaban a los retenes ilegales realizados por las guerrillas ELN (Ejército de Liberación Nacional) FARC (Fuerzas Revolucionarias de Colombia) ô en su defecto las AUC (Auto Defensas Unidas de Colombia)).

Mi papel lo tenía claro. Era un joven con una discapacidad cerebral que apenas podía hablar; tenía poca movilidad y el médico sugirió el mar como terapia rehabilitadora. Era necesaria. Aunque debo confesar que siempre tuve miedo escénico, no quería y no debía cometer errores; eso podría significar mi reclutamiento y muy probablemente la muerte de mi padre por cumplir su oficio policial. Una caída en mis diálogos o movimientos hubiera sido prácticamente una condena a muerte. Mi hermana apenas alcanzaba los siete años y regularmente estaba dormida; sin embargo, también tenía su preparación, silencio absoluto a manos de mi madre, y uno que otro pellizco si fuera el caso. Mi madre escondía dentro de las puertas de un Renault nueve modelo 86 (nuestro carro) las credenciales que se nos otorgaban por ser parte de un activo de la Policía Nacional de Colombia; documentos que debíamos cargar por si acaso se necesitara algún servicio médico.

Estábamos listos. Nos esperaban alrededor de 18 horas de viaje desde “la perla del Otún – Pereira” al “Corralito de Piedra – Cartagena de Indias”. Recorreríamos varios departamentos dentro de los cuales estaban: Caldas, Antioquia, Córdoba, hasta llegar a Bolívar; específicamente, debíamos entrar a un municipio que nos generaba un gran terror. Allí actualmente se registraban las masacres más abrumadoras que podría un hombre, un ser humano imaginar. Se revestía gran crueldad a causa de la guerra que se vivía por la posesión de estos territorios. Se relataban sucesos de mutilación, juegos sádicos que tenían de por medio a jóvenes campesinos que nada tenían que ver en estos conflictos.

Alguna vez alcancé a escuchar a mi padre contarle a mi mamá sobre cómo en una cancha de microfútbol, arrodillaron unos muchachos para jugar con ellos lo que llamarían “La Ruleta Rusa”, juego que consistía en depositar una bala en el tambor o cilindro de un revolver y hacerlo girar (sin identificar donde quedó el proyectil) con los demás compartimentos vacíos, ponerlo en su cabeza (la del joven arrodillado) y tirar. Si al apretar el gatillo ningún cartucho se disparaba, tenían unos minutos más de vida. ¿Acaso no es lo suficientemente torturante? Parece sacado de una película de terror, extranjera y muy sangrienta. Pero no, es Colombia y es una realidad. Esto y algunas cosas más era lo que se escuchaba, entre rumores y noticias de “El Carmen de Bolívar” y sus veredas cercanas.

Este municipio del departamento de Bolívar, que se ubica en el sistema orográfico de los Montes de María, era el centro de atrocidades que retumban aún hoy, en este presente 2024 en la memoria de muchos colombianos. Nunca se deja de reclamar justicia, y precisamente eso es lo que trabajó año tras año la Comisión de la Verdad (Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición). 

Por PRENSA LATIN

EL COMANDANTE

El 1 de marzo del 2000, Caracol televisión presenta la entrevista realizada al máximo comandante de las Autodefensas Unidas de Colombia, el paramilitar Carlos Castaño Gil; un antioqueño nacido en Amalfi, la misma tierra que vio nacer a la novelista, crítica literaria y poeta Piedad Bonnett. Pero a diferencia de esta, Castaño no escribió hermosas poesías, ni odas a la feminidad, como es el caso de Bonnett, en su poema titulado “Loca”, haciendo un tributo a la fortuna particular y extraña de ser mujer: “A esa mujer un nido le crece en la cabeza. Todos los días allí le nacen pájaros. Unos tienen tres ojos, otros viven del agua”; debo pedir excusas a la poeta por hacer una comparación tan seguramente molesta; pero no habría una mejor forma de contrastar la muerte y la decadencia, que con la belleza y la supremacía de la poesía.

En esta entrevista, “el Comandante” hace alarde de una nobleza y una calma inquietante, viste de subversivos a los campesinos y aboga una inocencia increíble, como quien levanta las manos a la rendición y en su cinto guarda el arma para al menor descuido disparar y dar muerte.

Posteriormente, en el año 2001, se hace público un libro titulado “Mi Confesión” escrito por el periodista Mauricio Aranguren, a quien Castaño contó su historia personal presentándose como una víctima más del propio conflicto, quedando huérfano y siendo arrastrado a la guerra por lo mismo.

Hablar de este personaje, es revivir la tragedia en los Montes de María, las pescas milagrosas, las dolencias de las madres, los recuerdos de los padres, el reclamo de justicia en medio de los tratados, en el declive de los diálogos de paz.

CASA EDITORIAL EL TIEMPO S.A. Autor Jaime García.

 LA VERDAD

¿Qué es la verdad? Según la RAE, “La verdad se refiere a la cualidad de una afirmación, proposición o declaración que corresponde con la realidad o los hechos. En otras palabras, algo es verdadero si se ajusta de manera precisa y exacta a lo que es objetivamente cierto en el mundo” seguramente para los pobladores Monte Marianos; la verdad es honra, dignidad, calma, es olvido y perdón. De esta manera, y de la mano de la comisionada Marta Ruiz y con la coordinación territorial del defensor de los derechos humanos Arturo Zea, se inició el camino al descubrimiento, en el marco del segundo festival de la reconciliación; un evento convocado por las comunidades montemarianas para darle un vistazo al camino recorrido y al futuro con ojos de paz y esperanza.

“A nuestros hijos no les podemos legar una historia de polarización, ni de mentiras, ni de verdades a medias“, dijo la comisionada en el lanzamiento del festival.

Así pues, la Comisión da inicio a una búsqueda incansable de todas las pruebas necesarias para encontrar aquello por lo que se lucha, por lo que se reclama, y nace este proyecto. La justificación de los hechos, la verdad.

De esta manera, recorre todos los caminos necesarios, como una búsqueda implacable del o de los culpables de la barbarie, de los actores activos que empuñaron las armas en contra de una población indefensa y sin culpa alguna, más que habitar los corredores de los que como delincuentes querían apropiarse los armados, para cometer sus fechorías como narcotraficantes, excusándose bajo la tela de una defensa a la que nunca acudieron.

Al leer el informe final de la Comisión de la Verdad, es casi inevitable no sentir angustia, acercarse al dolor de las víctimas, sentir el olor a tierra, a sangre; escuchar los gritos de las madres que se angustian por la ausencia de sus hijos, las balas que rebotan en las paredes a media levantar por las manos campesinas. Leer este informe es recorrer los pasos del victimario, cargar las bolsas del éxodo, es dejar atrás todo por lo que se luchó, es tirar al río no solo los cadáveres sin nombre o palear la tierra para enterrar un futuro decapitado.

Este documento es la revelación de los secretos que nunca debieron ser ocultos, es la libertad de la pena, el volver a paso cansado por los caminos que fueron abandono, es la verdad graficada, leída, contada, filmada, expuesta.

Pero también es esperanza, es una sonrisa pintada con luz de un nuevo día, es mirar al cielo con un respiro tranquilo, es echar un vistazo atrás sin miedo a que los monstruos te alcancen.

Al final de todo, es a lo que más tememos, a esa bestia del pasado; y para eso está hecha esta narración, para encender la luz y apaciguar el miedo. Al fin y al cabo, debemos entender que nunca estamos solos, que unidos no hay bárbaro tan grande, que caminar de la mano es una buena opción si el camino se torna oscuro, y, además, que la verdad siempre hará una patria libre.

| Nota del editor *

Si usted tiene algo para decir sobre esta publicación, escriba un correo a: jorge.perez@uniminuto.edu

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