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Cómo borrar un club de fútbol en 24 horas

Por: Juan David Farías Guarnizo

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En Colombia, cambiarle el nombre o la sede a un club de fútbol se está volviendo tan común como cambiar de técnico después de una mala racha.

Lo que antes era un acontecimiento extraordinario, poco usual y casi traumático, hoy apenas alcanza para una noticia fugaz que, a la media hora está olvidada. En pocos meses, equipos que representaron durante décadas a una ciudad amanecen en otra, con otro escudo, otro uniforme y, sobre todo, con otra esencia: la del negocio por encima de la identidad. No es una simple etapa de modernización del fútbol en Colombia; estamos ante la transformación completa del deporte como actividad empresarial, una revolución en la que las hinchadas, su historia y el sentido de pertenencia se vuelven desechables.

El fútbol profesional colombiano ha sido, desde sus inicios, un escenario de tensiones entre regiones y economías locales. Sin embargo, nunca había sido tan fácil borrar el pasado de un club. La tendencia reciente con casos como Real Santander convertido en Real Soacha, que posteriormente cambió de nuevo a Real Cundinamarca, Cortuluá desapareciendo y dándole paso al Internacional FC de Palmira, Atlético Huila debatiendo mudanzas estratégicas, o incluso la permanente sospecha de fusiones encubiertas, no son casos aislados. Es la consecuencia directa de un modelo de gestión que concibe a los equipos como simple activo movilizable: si no funciona aquí, llévelo allá; si no vende con este nombre, cámbielo; si no emociona con su historia, invéntele otra.

Para justificar estos movimientos, los directivos apelan a los argumentos de siempre: mejores ingresos, nuevas oportunidades comerciales, mayor exposición, mejores relaciones con alcaldías. Suena maravilloso sobre el papel. Pero lo que casi nunca se menciona es el impacto emocional, social y cultural que tiene para los aficionados quedarse sin su equipo de la noche a la mañana. Porque un club no son solo once jugadores corriendo detrás de un balón y un escudo estampado en una camiseta; son también la memoria colectiva de miles de personas que crecieron con un sentimiento de pertenencia que no se puede reubicar en un camión de mudanzas.

Lo curioso es que en el discurso oficial se sigue hablando de “fútbol profesional colombiano” como si se tratara de un ecosistema sólido y planificado. Pero la realidad muestra otra cosa: un sistema frágil, donde la institucionalidad brilla por su ausencia y la tradición pesa menos que un acuerdo comercial de última hora. La División Mayor del Fútbol Colombiano (DIMAYOR) y la Federación Colombiana de Fútbol, que se suponen las garantes de una identidad futbolística compartida, parecen haber reducido su función a otorgar permisos, refrendar cambios y mirar para otro lado cuando las hinchadas protestan por diferentes razones. Pero cuando los aficionados reclaman, se les sanciona y se les acusa de no entender cómo funciona el modelo económico del fútbol. Como si defender la identidad fuese un capricho.

Lo crítico aquí no es que los clubes busquen sobrevivir, aunque es lógico que lo hagan, sino la facilidad con la que pueden desprenderse de aquello que los hace clubes y no franquicias: su arraigo territorial. Cuando un equipo decide mudarse a otra ciudad o cambiar de nombre por conveniencia económica, lo que se rompe no es solo el vínculo con los hinchas que los apoyan, sino esa misma representación. ¿A quién representa un equipo que puede cambiar de sede cada dos años? ¿Qué significa enamorarse de un equipo si en cualquier momento cambiará de ciudad y no es posible apoyarlos en el estadio? ¿Para qué sirve entonces la palabra “local”, si esa localía cambia constantemente?

Esta fragilidad institucional crea, además, un ambiente de absoluta desconfianza. Los aficionados ya no saben si ese club que siguen hoy seguirá existiendo mañana. Tampoco saben si su apoyo será recompensado o si terminará siendo utilizado como argumento de negociación para un traslado a otra parte del país. Y aunque la dirigencia hable de estabilidad económica, es claro que la inestabilidad emocional recae sobre la base más fiel del fútbol: los hinchas, que darían su vida por defender al equipo que, por dinero, se va a jugar a otro lado.

Lo más preocupante es el mensaje a las nuevas generaciones. Los jóvenes que comienzan a ver fútbol hoy están aprendiendo que un equipo es básicamente un logo que puede cambiar según convenga. Que la historia se puede reemplazar. Que las tradiciones se pueden editar como si fueran un archivo de computador. Que el hincha es apenas un consumidor más. Y si esta lógica continúa, en diez o quince años tendremos un fútbol totalmente escueto, habitado por clubes genéricos, sin identidad, sin memoria y sin sentido de pertenencia.

Quienes defienden estos cambios suelen decir que “en el mundo moderno el fútbol es un negocio”. Y está bien, lo es. Pero la frase es una trampa cuando se usa para justificar cualquier cosa. Que algo sea un negocio no significa que deba renunciar a sus valores e historia. No significa ver al hincha como el marranito que paga la boleta y ya, y mucho menos significa que la historia pueda desecharse sin consecuencias. Al contrario: precisamente porque el fútbol es un negocio, necesita cuidar aquello que lo hace único frente a otros mercados. Y ese elemento diferenciador, el más poderoso, es la identidad que lo hace resaltar.

Mientras tanto, los hinchas se organizan, protestan, escriben en redes sociales, piden explicaciones. Pero la mayoría de las veces, por no decir todas, sus reclamos son ignorados. No porque estén equivocados, sino porque en la estructura actual del fútbol en Colombia, el hincha no es un actor, sino una audiencia que paga una aplicación solo para ver la liga de su país, que compra camisetas costosas, que llena estadios a tope, pero que no tiene voz en decisiones que afectan directamente a los colores que por años ha defendido. Es irónico que los únicos que no ganan dinero con el fútbol son, precisamente, quienes más lo sostienen.

Lo que necesitamos no es impedir cualquier cambio, eso sería inútil, sino establecer límites claros, reglas estrictas y transparentes para todo el mundo: que cambiar de sede no sea tan sencillo como enviar una carta a la DIMAYOR, que cambiar de nombre no dependa solo del capricho de un patrocinador, que las ciudades y los hinchas puedan participar, que exista una política de protección a la identidad deportiva como en otros países, que los clubes entiendan que la tradición también es un activo invaluable.

Si seguimos por este camino, llegará el día cuando un niño le pregunte a sus padres por qué su equipo ahora se llama distinto, por qué ya no juega en su ciudad, por qué su camiseta de hace un año ya no sirve. Y ese día tendremos que explicarles que, en algún momento, permitimos que los clubes dejaran de ser clubes para convertirse en productos intercambiables, como las monas del álbum del mundial. Tendremos que admitir que permitimos que una problemática de identidad creciera hasta ser incontrolable, que el amor por una camiseta se volviera transacción de banco, que el fútbol se volviera franquicia.

Y tal vez entonces nos demos cuenta de que lo que estamos perdiendo no son nombres ni sedes: es la esencia misma del juego.

| Nota del editor *

Si usted tiene algo para decir sobre esta publicación, escriba un correo a: jorge.perez@uniminuto.edu

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