No se sabe con exactitud desde cuándo el ser humano cuestiona su existencia, pero ha creado muchas líneas de pensamiento que intentan darle explicación a esta crucial pregunta, tomando como punto de partida una frase del escritor ruso Fiodor Dostoievski que dice: “El secreto de la existencia no consiste solamente en vivir, sino en saber para qué se vive”.
Desde la sensible y meticulosa mirada de un gran equipo de animación, dirigida por Maïlys Vallade y Liane -Cho Han, Amélie y los secretos de la lluvia, basada en la novela Metafísica de los tubos de Amélie Nothomb, presenta una belleza visual, simbólica y conceptual.

Desde el mundo de los sueños, tan ligado a la imaginación, Amélie es una niña que solo quiere ser testigo de un mundo que le acaban de presentar, al que se remite observar sin todavía ser parte activa, y mientras lo mira, este tiene tantos mensajes como miradas. El director de Arte de la cinta, Eddine Noël, presenta una mezcla multicultural entre Bélgica y Japón en tiempo de la posguerra, que envuelve a la película durante su primer acto en un velo melancólico y apreciativo, todo desde los ojos de una bebé.
Esta gran película presenta a Amélie, pequeña niña belga nacida en Japón. Gracias a su entrañable amiga Nishio -san, el mundo se convierte en un universo lleno de aventuras y descubrimientos. Al cumplir tres años un acontecimiento inesperado transforma su realidad. Para Amélie, todo está en juego a esa edad: la felicidad, la pérdida y la comprensión de que el mundo es mucho más grande de lo que imaginaba.
El largometraje animado, nominado al Premio Oscar, por momentos parece un cruce entre el realismo poético francés y el cine contemplativo asiático dentro de una propuesta estética que recuerda la sensibilidad y la atención por la belleza de lo simple, pero íntimamente impresionista con claroscuros del director francés Jean Renoir, como el valor simbólico sobre la lluvia, que no es un mero recurso escenográfico, sino un dispositivo narrativo que articula memoria, deseo, transformación y aprendizaje.

La lluvia, al suspender la acción y dilatar el ritmo, genera un espacio de contemplación que privilegia la experiencia sensorial sobre la linealidad narrativa sin sacrificar su fluidez; cada plano se convierte en una reflexión que despierta una percepción que necesita la película para penetrar en sus mensajes que se adentran en los ojos de Amélie que con el tiempo brillan más, una presentación más cercana de los mensajes desde la interpretación inmediata para situarse amablemente en un terreno donde lo efímero adquiere un valor filosófico.
La pequeña protagonista funciona como mediadora entre lo cotidiano y lo fantástico, pero esa visión no solo es imaginación, sino una invitación al espectador para cuestionar la relevancia de sus pensamientos, abrazando los recuerdos, y por qué no, un autodescubrimiento que vincula la idea de lo maravilloso y cotidiano en Alejo Carpentier: aquello que, sin romper las leyes de la realidad, introduce una dimensión de extrañamiento y revelación, regresando a la lluvia como eje narrativo y al agua como un elemento capaz de revelar lo oculto y de conectar lo personal con lo colectivo.
En su puesta en escena, la película es una animación francesa en 2D digital, caracterizada por un estilo visual artesanal, tipo acuarela y sin contornos, lo cual es importante, pues ningún personaje se retiene a sí mismo, ni entra en una normatividad rígida, bueno, solo en una ocasión que vale la pena descubrir en la sala.

Los tonos pastel enfocan la atmósfera y las emociones con la poética edición de Ludovic Versace y la bella música original de Mari Fukuh, que permiten que la fotografía fluya como el conocimiento, que al tiempo evocan la fragilidad de lo transitorio. Los reflejos en los charcos y las transparencias en los cristales construyen un universo visual donde la realidad parece siempre a punto de disolverse, lo que posibilita que este recurso dialogue con la estética impresionista.
Amélie y los secretos de la lluvia es una obra que le propone retos al espectador, que de aceptar, puede ir más allá de una narrativa convencional que abriga los sentidos, porque propone reabrir recuerdos y reformularse con las primeras luces de cada persona en este mundo, que se diluye, transforma y rivaliza constantemente, donde lo efímero se convierte en trascendente, porque la película como tal es un elemento efímero, cuya mayor virtud es la capacidad de transformar un fenómeno natural en metáfora existencial, recordándonos que en lo más frágil una gota, un gesto, un recuerdo puede habitar lo más poderoso. ¡Salud!








