Durante la última década el cine de terror, desde el subgénero del slacher cada vez toma más fuerza con un público masivo, gracias a lo cual se hace muy rentable, pues casi siempre cuenta con producciones modestas y con presupuestos reducidos que se notan en la pantalla, que no perjudican la intención de la película, pues sus tramas no van más lejos que intentar salir con vida de un lugar, concepto poco innovador.

La secuela de Ready or Not, o Boda Sangrienta (2019), como fue conocida en el mercado local, llega con la difícil tarea de expandir un universo que, en su primera entrega funcionaba como sátira sobre la aristocracia, el matrimonio y la violencia ritualizada con una historia que narraba la noche de la boda de Grace (Samara Weaving), que recibe la invitación por parte de la rica y excéntrica familia de su marido para participar en una tradición ancestral que se convierte en un juego letal de supervivencia.
Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett, fieles a su estilo, regresan a lo mismo, partiendo exactamente de donde terminó la primera, apostando de nuevo por un tono que mezcla el horror festivo y la comedia negra, pero esta vez con una ambición mayor en escala y discurso, con una crítica hacia las élites y sus supuestos rituales de sangre y violencia en aras del poder, frente a todas las series de polémicas actuales y especulaciones sobre las familias con más poder del planeta, dándole credibilidad a ciertas especulaciones.

La película retoma a Grace, ahora convertida en una figura casi mítica dentro del imaginario popular de esta organización y un bien preciado ritual, que la enfrenta a una nueva familia con rituales aún más grotescos. El guion juega con la idea de la “secuela inevitable”, ironizando sobre la repetición de fórmulas en Hollywood y sobre la imposibilidad de escapar de los ciclos de poder. Sin embargo, la sátira se vuelve más explícita, menos sugerente, que le resta parte del encanto de la primera entrega, que se siente como una película obligada por los algoritmos y las tendencias.
Bettinelli-Olpin y Gillett despliegan un arsenal visual más barroco, casi costumbrista, dentro de las mansiones laberínticas, banquetes sangrientos y un uso del color que oscila entre lo macabro que acentúa el rojo. La cámara se mueve con agilidad, pero a veces sacrifica la tensión en favor del espectáculo, aunque creativo, se siente más calculado, como si buscara superar la sorpresa inicial con acumulación.

Lo más interesante de Boda sangrienta 2 es su comentario sobre la herencia y la repetición. La película sugiere que las élites no sólo perpetúan sus rituales, sino que los refinan para adaptarse a nuevas generaciones; gracias a este enfoque se adhieren nuevos personajes a la historia como Faith (Kathryn Newton) la hermana de Grace, que abre la puerta para convertir la película en una franquicia, que funciona como metáfora de un capitalismo que se reinventa para seguir devorando cuerpos y voluntades. Sin embargo, la crítica social pierde filo cuando se convierte en un guiño demasiado obvio al espectador.
Boda sangrienta 2 es un ejercicio de exceso, con imágenes más explícitas, más sangriento, más ruidoso, y aunque entretiene y ofrece momentos divertidos, carece de frescura. Es una secuela consciente de sí misma, pero atrapada en el dilema de repetir lo que funcionó y, al mismo tiempo, intentar superarlo, lo que se convierte en un espectáculo disfrutable pero menos incisivo.

Esta película es un buen ejemplo para discutir cómo las secuelas negocian entre la lógica industrial y la coherencia narrativa, cuando segundas partes no parecen ser necesarias que ahora ponen todo sobre la mesa para hacer una tercera. Personalmente siento que el cine necesita autogestionarse en su calidad, y no seguir en la tendencia de solo vender boletos. Juzguen ustedes.








