Por: Juliet Cicua
No saber qué está pasando, pero aun así ser incapaz de despegar los ojos de la pantalla o levantarse de la silla. Ese es el efecto que consigue Hope: Primer impacto, la película de Na Hong-jin que, tras su exitoso paso por el Festival de Cannes, llega finalmente a las salas colombianas. Una cinta que apuesta por el desconcierto, la acción desmedida y una combinación de géneros que mantiene al espectador preguntándose qué está viendo y, sobre todo, qué va a pasar después.
Hope: Primer impacto nos lleva a una pequeña población portuaria de Corea del Sur, cerca de la frontera con Corea del Norte. Allí, unos cazadores encuentran una vaca que ha sido atacada y presenta unas marcas extrañas. Ante la sospecha de que se trate de un animal salvaje, el sheriff de la localidad les ordena internarse en el bosque para investigar, mientras él regresa al pueblo. Sin embargo, es precisamente cuando los cazadores llegan al lugar donde comienza la verdadera acción y la historia empieza a tomar un rumbo completamente inesperado.

Una de las grandes virtudes de Hope: Primer impacto es que no se encasilla en un solo género. Es una película de acción, suspenso, western y ciencia ficción, con elementos de comedia negra y una dimensión épica que aparece en determinados momentos. Todos estos géneros se van alternando y superponiendo según las necesidades dramáticas del relato, creando una amalgama que, aunque por momentos resulta fascinante, también puede sentirse irregular.
Uno de los grandes aciertos de Na Hong-jin es que, a los pocos minutos de comenzar la película, nos sumerge de cabeza en la acción. Una persecución cargada de suspenso nos pone en la misma posición que sus protagonistas: no sabemos a qué nos estamos enfrentando y apenas podemos seguir una estela de destrucción, sangre, gritos, disparos y fuego. La amenaza está ahí, pero no terminamos de comprender su naturaleza. El director administra la información con cuidado y nos obliga a descubrir el peligro a través de las reacciones de unos personajes que están tan desconcertados como nosotros.
Es una decisión narrativa que funciona muy bien durante esta primera parte, porque el suspenso no depende únicamente de la aparición del monstruo, sino de la incertidumbre que genera su presencia. Cuando finalmente empezamos a comprender a qué se enfrentan los personajes, el tono cambia y descubrimos que quienes deben responder a esta amenaza son personas comunes, llenas de miedo, torpes y, en ocasiones, poco preparadas para afrontar una situación de semejante magnitud.

Esta primera parte del relato tiene un acierto brillante: su ritmo trepidante, que parece no bajar nunca y obliga al espectador a permanecer atento a la pantalla. Queremos ver al monstruo, entender qué está sucediendo y descubrir cómo van a sobrevivir los personajes. Pero también terminamos identificándonos con su cobardía, su humor negro y esa torpeza que genera situaciones de comedia involuntaria, tan característica de ciertas propuestas del cine surcoreano.
La acción es espectacular y, a medida que avanza la película, los personajes empiezan a transformarse en figuras más cercanas a los héroes convencionales del cine de acción. Aparecen enfrentamientos directos con las criaturas, escenas en cámara lenta y momentos que buscan elevar la espectacularidad de cada secuencia. Aunque estas escenas no dejan de ser efectivas, también empiezan a modificar el tono de la película y a desplazar parte de la incertidumbre que hacía tan atractivo su planteamiento inicial.
Después de esta descarga de adrenalina en pantalla, la película desciende un poco la velocidad para desarrollar su segundo acto y empezar a explicar qué está pasando. La población acaba de ser atacada y sus habitantes intentan comprender los acontecimientos, mientras los cazadores que siguen internados en el bosque descubren cosas cada vez más extrañas y violentas. Tanto ellos como los espectadores comienzan a reunir las piezas de una historia que todavía tiene muchas preguntas por resolver.

Es aquí donde el relato se desplaza con mayor claridad hacia la ciencia ficción. La amenaza deja de ser simplemente un monstruo desconocido y empieza a adquirir una naturaleza más concreta, lo que amplía las posibilidades de la historia, pero también cambia la manera en que nos relacionamos con ella. El humor, entretanto, se vuelve cada vez más absurdo y escatológico, mientras la película parece buscar desesperadamente una figura heroica con la que el público pueda empatizar y cuya supervivencia se convierta en una preocupación genuina.
Esta transformación no es necesariamente negativa. De hecho, parte del encanto de Hope: Primer impacto está en su capacidad para sorprender y cambiar de dirección cuando creemos haber entendido sus reglas. El problema es que, en algunos momentos, la acumulación de géneros y situaciones termina restándole fuerza a la historia. La película quiere ser una comedia absurda, un espectáculo de acción, una historia de supervivencia y una propuesta de ciencia ficción, pero no siempre consigue que todas estas dimensiones funcionen con la misma eficacia.
Hay, además, un elemento supremamente interesante en la película que merece especial atención: su contexto geográfico y político. Desde el primer momento se nos recuerda que esta población está ubicada cerca de la frontera con Corea del Norte. Los carteles que advierten sobre espías, infiltrados y extranjeros, junto con el constante estado de alerta, construyen un ambiente de desconfianza que parece anticipar la invasión que está por llegar.

Esta presencia no es un simple detalle del escenario. La película parece utilizar el temor histórico a una nueva invasión o a un conflicto con Corea del Norte como punto de partida para desarrollar una reflexión sobre el miedo colectivo y la manera en que identificamos a quienes consideramos una amenaza. Los habitantes viven pendientes de la posibilidad de que el enemigo llegue desde el otro lado de la frontera, pero los acontecimientos pronto demuestran que el peligro puede tener un origen muy distinto al que imaginaban.
La idea resulta especialmente interesante porque permite establecer una lectura que va más allá de la ciencia ficción: el miedo a los extranjeros, la paranoia frente a lo desconocido y la facilidad con la que una comunidad puede señalar a un supuesto enemigo antes de comprender lo que realmente está sucediendo. La amenaza está presente, pero no necesariamente corresponde a aquello que los personajes esperaban encontrar.
Lamentablemente, a medida que avanza la película y la acción comienza a ocupar cada vez más espacio, esta crítica pierde fuerza. Lo que inicialmente parecía una reflexión sugerente sobre el temor a la invasión y la construcción del enemigo termina diluyéndose entre las criaturas, las persecuciones y los enfrentamientos. Es una de esas ideas que la película plantea con inteligencia, pero que no termina de desarrollar hasta sus últimas consecuencias.

Y es aquí donde Hope: Primer impacto empieza a decaer un poco. Su gran fortaleza está en la acción, en esas secuencias espectaculares rodadas en exteriores que aportan una sensación de realismo y aumentan el impacto visual de cada enfrentamiento. La película consigue mantener la energía incluso cuando el relato se vuelve absurdo, y logra que el espectador se ría, se emocione y quiera saber qué está pasando en este universo donde cada nueva situación parece superar en extrañeza a la anterior.
La historia se desarrolla desde dos frentes: por un lado, los policías y sus acompañantes intentan responder a lo que ocurre en el pueblo; por el otro, los cazadores se enfrentan a una amenaza cada vez más desconcertante en el bosque. Cuando ambas líneas argumentales terminan encontrándose, se desata una auténtica locura que da lugar a algunas de las mejores secuencias de la película, especialmente aquellas persecuciones en las que los vehículos y los espacios se convierten en protagonistas del espectáculo.
Sin embargo, cabe preguntarse qué quedaría de Hope: Primer impacto si se eliminaran estas secuencias de acción, que son, sin duda, uno de sus mayores atractivos. Sin ellas, la película correría el riesgo de convertirse en una propuesta mucho menos estimulante, sostenida por una historia de ciencia ficción que no siempre desarrolla con suficiente profundidad sus propias ideas. La acción es tan efectiva que termina funcionando como el principal motor del relato y, en ocasiones, como el recurso que compensa sus debilidades narrativas.
Otro de los aspectos más cuestionables de Hope: Primer impacto es el diseño visual de sus criaturas. A pesar de la magnitud de la producción, los efectos visuales no siempre están a la altura de las secuencias de acción. Mientras que en las persecuciones y los enfrentamientos rápidos las criaturas consiguen verse feroces y amenazantes, en los planos más pausados empiezan a notarse las falencias de su representación digital.

En algunas escenas, especialmente cuando los personajes se enfrentan directamente a estos seres, los efectos pierden credibilidad y llegan a parecer renders de principios de los años 2000. La diferencia resulta evidente: las criaturas funcionan mucho mejor cuando el movimiento, el montaje y la intensidad de la acción ayudan a integrarlas en el espacio, pero pierden fuerza cuando la cámara permite observarlas con mayor detenimiento.
El problema no parece estar únicamente en el diseño de las criaturas, sino en la ejecución de los efectos visuales y en su integración con los escenarios y los personajes. Es una lástima, porque la película tiene secuencias en las que estos seres resultan verdaderamente intimidantes, pero también otras en las que su apariencia artificial rompe con la experiencia que la puesta en escena venía construyendo. Da la impresión de que la producción consiguió resultados más convincentes en las persecuciones y que los efectos digitales no mantuvieron ese mismo nivel de calidad.








