El magnífico caos: crónica del día dos de Rock al Parque

El parque estaba listo para temblar otra vez. Eran apenas las tres de la tarde cuando crucé la entrada y algo se sentía distinto: la multitud ya era inmensa, como si toda Bogotá hubiera decidido llegar temprano para no perderse ni un segundo. El aire olía a ilusión, a ganas de música, a encuentro. Se escuchaba el murmullo de cientos de voces, risas que se mezclaban con el sonido de los equipos que se acomodaban en las tarimas. La gente caminaba con mochilas, sombreros, camisetas de bandas que llevaban en el corazón, y los ojos brillaban con la certeza de que algo grande estaba por suceder.

Por: Nicolás S. integrante del semillero Soundterra. Aliado de Dateate

Foto: Nicolás S. / Datéate

La jornada arrancó con música nuestra. Nawal abrió el escenario BBC con una propuesta cálida, cercana, que encendió los ánimos desde el primer acorde. Fue un abrazo sonoro, un arranque que dejó claro que ese sería un día especial, aunque todavía no sabíamos cuánto.

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Poco después de las cuatro de la tarde, el panorama cambió por completo. Los caminos entre escenarios, los puestos de comida, los rincones del parque: todo se llenó de gente. Miles de personas, todas con el mismo deseo, conviviendo en un espacio que empezó a sentirse pequeño, pero lleno de vida.

La espera que valió la pena El escenario Plaza se convirtió en el corazón de todos. Iseo y Dodosound subieron con media hora de retraso, pero lo llenaron de sonidos suaves, casi un respiro colectivo, una calma tensa y hermosa antes de que llegara lo que tantos esperaban.

Los retrasos se acumularon y la espera se hizo larga, pero nadie se fue. Cada minuto de aguardo se sentía compartido, y la paciencia colectiva parecía crecer al ritmo de las luces que se encendían y apagaban sobre el escenario.

Foto: Nicolás S. / Datéate

Cuando las primeras notas llenaron el aire y bandas como Los Bunkers tomaron la tarima, cada minuto de espera cobró sentido. Luego vino Serú Girán, y cuando arrancó Seminare, el parque entero cantó. Fue un homenaje sentido, y en ese instante no hubo distancias: miles de voces al unísono, lágrimas en los ojos de muchos, celulares encendidos como estrellas que iluminaban la noche.

Cuando el lugar se quedó chico Al terminar las presentaciones más esperadas, la presión de tanta gente se hizo evidente. La multitud buscó espacio y cruzó zonas que debían permanecer despejadas: el área de prensa, los alrededores del escenario, pasillos que de pronto dejaron de existir. Nadie parecía tener malas intenciones; simplemente no cabíamos.

Avanzar unos metros costaba minutos. La lluvia terminó de complicar todo: el suelo se convirtió en un espejo de lodo y agua, cada paso era un esfuerzo, y la corriente humana avanzaba despacio, hombro con hombro. Ir de un escenario a otro tomaba media hora o más. Y, aun así, casi nadie se quejaba.

Luz y calma bajo la lluvia En el escenario Bio by Vans, el ambiente tomó otro tono. Skampida, Gondwana y Quique Neira trajeron mensajes de libertad, de unión, de amor y paz que, en medio de tanta incertidumbre en el mundo, sonaron como algo necesario, urgente y verdadero. La música envolvía a la gente, y por ratos el agobio se transformaba en alegría.

Es justo decirlo: casi todas las presentaciones se retrasaron entre treinta y cuarenta minutos. No fue culpa de los artistas, sino de la dificultad de mover tanta infraestructura y tanta gente. El desfase creció con las horas y se sintió en el cuerpo de cada persona que se quedó ahí, esperando con fe.

Un cierre para recordar Y entonces, en medio de todo ese desorden hermoso, llegó Mon Laferte. La chilena no solo interpretó sus canciones con toda la fuerza que la caracteriza; se acercó, habló, agradeció, trató al público como a amigos reunidos en una sala más pequeña. Fue un cierre digno, humano, libre, a la altura de lo que este festival representa.

Después de la música La salida fue la prueba final. Una multitud inmensa quiso irse al mismo tiempo, por los mismos caminos, y la logística no dio abasto. Hubo empujones, pausas largas, momentos en los que no se avanzaba ni un metro. La lluvia no paraba y el cansancio pesaba, pero poco a poco, entre disculpas y ayuda mutua, todos fuimos encontrando el camino a casa.

Pasé buena parte de la jornada sintiéndome apretado, mojado, cansado. Pero también acompañado. Rodeado de música inmensa y de miles de personas que vinieron con el mismo propósito: vivir. Quizás eso es Rock al Parque: un caos que agota, que desborda, que no siempre tiene todo bajo control, pero que nos recuerda que juntos somos más fuertes. Y sí, volveremos el próximo año.

| Nota del editor *

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