Por: Aileen Carolina Ayala Segua

Hay historias que consiguen atravesar generaciones sin perder su capacidad de despertar asombro. El Mago de Oz es una de ellas. Su universo de caminos imposibles, personajes extraordinarios y búsquedas personales ha encontrado distintas formas de llegar al público, desde la literatura hasta el cine y el teatro. Ahora, ese imaginario se prepara para una nueva adaptación en Colombia, con una apuesta que busca ampliar los límites de la experiencia teatral y convertir al espectador en parte de un mundo fantástico.
La producción, escrita y dirigida por el español Pedro Cano, propone una lectura escénica del clásico que combina música, interpretación, efectos especiales y tecnología. Sin limitarse a llevar la historia al escenario, el proyecto plantea una transformación del espacio que acoge la obra: el Teatro Astor Plaza, en Bogotá, será tematizado para convertirse en la Tierra de Oz. De esta manera, la experiencia pretende comenzar antes de que se levante el telón, desde el momento en que los asistentes ingresen al recinto.
La propuesta parte de una idea que ha acompañado la evolución de los espectáculos en vivo: el teatro no tiene por qué ser únicamente un lugar al que se acude para observar una historia desde la distancia. También puede convertirse en un entorno capaz de involucrar los sentidos, despertar la curiosidad y generar una relación más cercana entre la ficción y quienes la recorren.

En ese contexto, la ambientación adquiere un papel fundamental. La intervención del teatro busca construir una identidad visual coherente con el universo narrativo de Oz, de modo que los espacios, la escenografía y los recursos tecnológicos contribuyan a crear una atmósfera fantástica. La intención es que el público no encuentre únicamente una representación de la historia, sino una experiencia que lo acompañe desde su llegada hasta el final de la función.
En el centro de la historia está Dorothy, una joven que, después de ser arrastrada por un tornado desde Kansas, llega a una tierra desconocida en la que la realidad parece obedecer otras reglas. Su deseo de regresar a casa la conduce por el Camino de Baldosas Amarillas, una travesía en la que conoce a personajes que también buscan algo que consideran indispensable para sus vidas.
El Espantapájaros anhela la inteligencia; el Hombre de Hojalata, un corazón; y el León, el valor para enfrentar sus temores. A medida que avanzan juntos hacia la Ciudad Esmeralda, sus encuentros y dificultades revelan una de las ideas más perdurables de la obra: aquello que buscamos fuera de nosotros mismos puede estar más cerca de lo que imaginamos.
Esta dimensión simbólica explica, en buena medida, por qué la historia continúa conectando con públicos de distintas edades. Detrás de sus escenarios fantásticos hay preguntas sobre la amistad, la confianza, la identidad y la capacidad de reconocer las propias fortalezas. La nueva adaptación busca conservar ese núcleo narrativo y llevarlo a un lenguaje escénico que dialogue con las posibilidades técnicas y artísticas del teatro contemporáneo.

La música, en este contexto, tiene una función que va más allá de acompañar la acción. En el teatro musical, las canciones pueden revelar emociones, profundizar en los personajes y marcar los momentos decisivos de una historia. La combinación de voces, interpretación y recursos visuales será uno de los componentes centrales de esta producción, que incorpora música y letras originales.
La producción cuenta con más de 40 artistas en escena y reúne intérpretes con experiencia en la música, la actuación y el entretenimiento colombiano. El elenco principal está encabezado por Camilo Cifuentes en el papel del Mago de Oz, Adriana Bottina como Dorothy, Juanse Laverde como el Espantapájaros y José Manuel Ospina como el León.
A ellos se suman Rossana Restrepo como Elyra, Valeria Duarte como Glinda, Sebastián Gutiérrez como el Hombre de Hojalata, Juan Sánchez en los papeles de Elian, Relojín y el tío Henry, y Marianne Schaller como Morwena.
La diversidad de perfiles artísticos representa uno de los puntos de interés del montaje. Una producción de estas características exige articular interpretación, canto, movimiento y presencia escénica dentro de un mismo universo narrativo. Cada personaje debe sostener su identidad dramática, pero también contribuir al ritmo de una historia en la que la aventura y la música avanzan de manera conjunta.

Uno de los elementos que distingue esta propuesta es la intención de integrar tecnología visual y efectos especiales a la narración. Según la información de la producción, el espectáculo incorporará un sistema de cine inmersivo en tiempo real aplicado al teatro musical, junto con recursos audiovisuales diseñados para ampliar las posibilidades de la puesta en escena.
La apuesta plantea una pregunta interesante para las artes escénicas: ¿cómo utilizar las herramientas tecnológicas sin desplazar el trabajo de los intérpretes ni la fuerza de la historia? El desafío está en conseguir que los efectos no sean únicamente un despliegue visual, sino que dialoguen con la actuación, la música y los cambios de atmósfera que exige el relato.
En el caso de El Mago de Oz, los escenarios fantásticos y el tránsito de Dorothy por territorios desconocidos ofrecen un terreno propicio para explorar esa relación. La tecnología puede ayudar a construir lugares imposibles y reforzar la sensación de aventura, mientras que el vestuario, la iluminación y la presencia de los artistas mantienen el vínculo directo con el espectador.

Las imágenes promocionales de los personajes ya permiten reconocer una identidad visual marcada por los tonos verdes, los detalles dorados, los accesorios mecánicos y una caracterización que mezcla fantasía y teatralidad. Es una estética que invita a pensar en Oz no solo como un lugar imaginario, sino como un universo con códigos visuales propios.
Sin embargo, el verdadero alcance de la propuesta se conocerá cuando el público pueda recorrer ese espacio y observar cómo se articulan sus diferentes componentes durante una función completa.
La intervención temática del Teatro Astor Plaza constituye otra de las apuestas centrales del proyecto. Ubicado en la calle 67 n.º 11-58, en Bogotá, el recinto será acondicionado para que la ambientación forme parte de la experiencia desde el ingreso de los asistentes.
La intención de transformar el espacio supone ampliar la relación tradicional entre escenario y platea. En lugar de concentrar toda la experiencia en lo que ocurre frente al público, la producción propone extender la identidad del espectáculo a otros espacios del teatro. De esta manera, la arquitectura y la ambientación se convierten también en recursos narrativos.
Este enfoque responde a una tendencia del entretenimiento en vivo que busca generar experiencias más envolventes, en las que el espectador no solo asiste a una función, sino que encuentra un entorno construido alrededor de la historia. En una obra como esta, dirigida a públicos familiares, el recorrido puede convertirse en una oportunidad para que distintas generaciones compartan el descubrimiento de un mundo fantástico.

La propuesta, no obstante, tendrá que demostrar que esa experiencia inmersiva encuentra equilibrio con los elementos esenciales del teatro musical: la interpretación en vivo, la calidad vocal, la construcción de los personajes y la capacidad de sostener emocionalmente una historia conocida por millones de personas.
La permanencia de El Mago de Oz en la cultura popular no depende únicamente de sus paisajes imaginarios o de sus personajes reconocibles. Su fuerza está en la manera en que convierte una aventura extraordinaria en una reflexión sobre necesidades profundamente humanas: encontrar un lugar al cual pertenecer, descubrir las propias capacidades y aprender a caminar junto a otros, incluso cuando el destino es incierto.
La nueva producción colombiana recoge ese legado y propone revisitarlo mediante una combinación de música, tecnología, escenografía y actuación. Su principal desafío será hacer que esos recursos trabajen al servicio de la historia y que el despliegue visual no opaque aquello que ha permitido que el relato permanezca vigente: la emoción de acompañar a Dorothy en su búsqueda.
Más que reproducir un mundo conocido, el teatro tiene la posibilidad de hacerlo presente, darle nuevas dimensiones y permitir que cada espectador encuentre en él una experiencia distinta. Esa es la promesa que acompaña esta adaptación: abrir las puertas de Oz para que una historia familiar vuelva a sorprender.

Porque, al final, el viaje por el Camino de Baldosas Amarillas no trata solamente de llegar a un lugar extraordinario. También habla de lo que descubrimos en el camino y de cómo cambia nuestra manera de ver el mundo después de recorrerlo.








