Por: Danna Lozano
“Yo decía que habíamos perdido la batalla, pero hoy, en retrospectiva, entiendo que esa batalla realmente no fue perdida, fue ganada porque fue luchada desde el amor”. Las palabras de Rafael Andrés Soles Caro resonaron en la pantalla del Teatro Bernardo Romero Lozano y quebraron el aire de la sala. Al recordar a su esposa, Lisette Hernández, quien falleció a causa de esta enfermedad, su testimonio en medio del homenaje conmemorativo celebrado en el Círculo Colombiano de Artistas transformó el dolor clínico en una lección imborrable de afecto, demostrando que los vínculos construidos frente a la adversidad trascienden cualquier diagnóstico.
Ese mismo pulso de memoria y resistencia se extendió por el vestíbulo del recinto, donde las paredes albergaban una cuidada exposición colectiva de artes en cuadros, óleos y acrílicos, los cuales dialogaban sin filtros sobre la anatomía, la vulnerabilidad y la fuerza femenina. Entre trazos abstractos y figuras corpóreas intervenidas con mariposas y símbolos de concientización, el espacio anticipaba que la velada renunciaba a los formalismos fríos.

La gestora cultural y organizadora del evento, María Eugenia Penagos, explicó que la chispa detrás de esta iniciativa anual nace de una convicción colectiva. “La necesidad de ayudarle a la gente, de que la comunidad entienda que este no es un problema tuyo ni mío, ni de Carolina, este es un problema de todos, porque en algún momento le puede suceder a alguien de tu familia… y tú podrías extender tu mano y ayudarle”, señaló Penagos.
Lejos de los discursos solemnes habituales en las campañas institucionales, la jornada apostó por despojar el tema de toda mordaza moral. “El cuerpo de una mujer es hermoso, y entender por lo que pasa una mujer cuando eso sucede tiene que quitarnos el tabú para decir: “Oye, hay que hacer detección temprana”, puntualizó la organizadora. Esa filosofía transversalizó cada número de la noche, articulando artes plásticas, microteatro y melodías en un mismo latido.

La agenda artística despegó con una pieza de microteatro protagonizada por la actriz Carolay Londoño, cuyas tablas escénicas conmovieron al auditorio al retratar la intimidad de los procesos corporales y emocionales frente al espejo. Seguidamente, la música llegó como un alivio necesario. El actor y artista James Vargas interpretó con solemnidad el clásico “Amor y control” de Rubén Blades, resignificando la letra para enaltecer el rol de los hogares que sostienen la batalla contra la enfermedad.
En esa misma línea de comunión sonora, el psicólogo y cantante Iván Moreno compartió una composición propia concebida originalmente como tributo íntimo a la esposa de su primo, fallecida por esta causa. “Yo tenía una canción que puntualmente se compuso para una persona que falleció de cáncer de seno, no libró bien esta batalla y es un homenaje a ella y a su familia, porque es como de una manera conmemorar, recordar y dejar ese legado de lo que ella fue en vida”, relató Moreno.

Desde su doble rol clínico y artístico, Moreno profundizó en el poder transformador de las melodías: “Esta canción busca celebrar la vida, busca decirle a las personas que quedan que hay que disfrutar cada momento, cada momento en el que estamos, cada segundo y disfrutarlo con alegría, agradecer cada día. Creo que en consulta me pasa lo mismo, utilizo mucho la música para hacer muchas veces catarsis con las personas… y siempre hay una canción perfecta para el momento”. La maestría del músico y productor Chato Rivas cerró los arreglos de una velada donde las cuerdas y los vientos sirvieron de bálsamo colectivo.
Desde el momento en que Flavia Dos Santos cruzó la entrada del teatro, la atmósfera se encendió. Su llegada fue una auténtica sensación: cámaras, teléfonos y lentes se giraron de inmediato hacia ella, capturando cada uno de sus pasos con la admiración reservada para quienes convierten su vida en un estandarte de libertad. Vestida con elegancia y una sonrisa inquebrantable, la reconocida sexóloga y comunicadora acaparó las miradas antes de subir al escenario.
El homenaje central del Círculo Colombiano de Artistas ya en la tarima cobró vida propia entre aplausos cerrados. Visiblemente emocionada y con la entrega que la caracteriza, Flavia compartió unas palabras profundas ante el público: “Yo solo quisiera decir que, sí, llevo 11 años en remisión de cáncer, no me considero guerrera, no me considero resiliente, no creo que he luchado. Yo creo que tenemos que hablar de paz con el cuerpo. El cáncer es una enfermedad, y cuando viene, la idea no es entrar en guerra con el propio cuerpo, sino buscar la paz con el cuerpo, con la vida y con todo lo que tenemos por hacer en esta”. Su reflexión conmovió al público, recordando que la verdadera victoria radica en la aceptación, el autocuidado y la autodeterminación. Para sellar este reconocimiento, el pintor principal de la muestra, Jois Rivers, le obsequió un vibrante retrato suyo en lienzo que capturó toda su esencia y fuerza.
Cuando la velada parecía haber consumido sus emociones más altas, una ovación rompió el protocolo: la presencia sorpresiva de la consagrada actriz María Cecilia Botero iluminó el escenario. Cercana, cálida y visiblemente conmovida,can Botero compartió con los asistentes, firmó autógrafos y dialogó sobre la urgencia de perderle el miedo a la enfermedad a través del amor propio y la revisión constante.

La ceremonia cerró recordando que la cruzada contra el cáncer de mama no se libra desde el miedo, sino desde la afirmación cotidiana de la existencia. Porque una mujer no es un diagnóstico médico ni una estadística sombría; es una historia en curso, una voz insustituible y una vida que, sostenida por el arte y el afecto, siempre encuentra la manera de continuar.








