Por Carlos Andrés Vidal Martínez
El pasado 26 de marzo, en el espacio académico del programa de Comunicación Social de UNIMINUTO en Cali, denominado Gajes del Oficio, se realizó un converesatorio con estudiantes universitarios para despedir simbólicamente al nfluyente filósofo y sociólogo alemán Jürgen Habermas, recientemente fallecido, no solo como pensador, sino como el representante de una era que parece desvanecerse. El diálogo entre los filósofos David Valencia y Mauricio Hernández dejó una certeza inquietante: mientras Habermas moría físicamente, el proyecto de la “Acción Comunicativa”, que propone el lenguaje y la comunicación orientada al entendimiento mutuo como el fundamento del orden social, enfrentaba su propia crisis en el campo de batalla digital.
Link del video: https://youtu.be/px-ag0W4phc?si=pLDm8t7BObLUxF62
La intervención de Valencia fue una autopsia necesaria. Recordó que Habermas rescató la modernidad confiando en que el lenguaje era el camino hacia el entendimiento mutuo. Sin embargo, su optimismo parece haber chocado con una “contradicción performativa” al final de su vida. Habermas, qien defendió la voz de los afectados, terminó validando silencios dolorosos en el escenario geopolítico actual, demostrando que su ética del discurso, basada en la inclusión universal, a veces se detiene ante las fronteras del poder hegemónico.
Por su parte, Hernández aterrizó esta crisis en la cotidianidad digital. Si Habermas soñaba con cafés y plazas públicas donde el mejor argumento vencía, la realidad de hoy son las “cavernas digitales”. Ya no buscamos consensos, sino la reverberación de nuestra propia voz en cámaras de eco. En este escenario la Inteligencia Artificial y los algoritmos no son solo herramientas; son los nuevos agentes de una “colonización del mundo de la vida” que transforma hasta nuestra forma de pensar en un producto de mercado.
Como comunicadores y educadores en UNIMINUTO, la pregunta de los estudiantes asistentes a este encuentro fue punzante: ¿Qué nos queda frente a la oscuridad de las métricas y los bots? Aquí es cuando el pensamiento del catedrático colombiano Adolfo León Gómez cobra una vigencia renovada. Gómez advertía con severidad sobre el peligro de convertir la educación en un “adiestramiento” o un simple “decreto hecho maestría”. Su crítica a los programas académicos que solo buscan la eficiencia técnica nos obliga a replantear nuestra labor: no estamos para formar operarios de software, sino sujetos capaces de justificar racionalmente sus posiciones frente a un auditorio.
La ética profesional hoy no consiste en competir con la velocidad de la IA, sino en recuperar la perplejidad y el rigor lingüístico que Gómez defendía. Si la inteligencia es hoy una red distribuida y colectiva, nuestro reto es disolver los “pseudoproblemas” de la comunicación digital y devolverle al lenguaje su capacidad de construir mundos compartidos.
Al final, la “Acción Comunicativa” sobrevive no en los grandes tratados, sino en el encuentro real: en el aula que se niega a ser un flujo de datos y en la palabra que, como quería Gómez, se usa para revisar nuestras propias convicciones a la luz de la razón. Quizás el siglo XXI no le duró mucho a Habermas, pero la necesidad de un diálogo honesto, sin coacción y fundamentado en el rigor del pensamiento, es hoy nuestro último y más urgente acto de resistencia.








