Anny Natalia Piamba Bravo
Hace poco, mientras pensaba en el inicio de mi propia investigación, me quedé dándole vueltas a una idea que no es tan sencilla como parece. ¿Puede existir diálogo cuando el “otro” no es humano? Todo empezó al ver cómo algunos jóvenes no solo usan la IA para resolver dudas académicas, sino que también conversan con ella, le piden consejos e incluso se desahogan, y ahí fue donde empezó cierta incomodidad, porque ya no se trataba solo de una herramienta, sino de la forma en que estamos entendiendo el diálogo, la comunicación y la idea misma del otro.
Pero lo realmente interesante no es quedarme en esa inquietud, sino lo que pasa cuando la pongo al lado de las investigaciones de mis compañeros, porque entonces deja de ser una curiosidad individual y empieza a sentirse como un síntoma de algo más grande. Hay quienes miran el Oriente de Cali y no ven solo desorden, sino una lógica cultural que organiza la manera de moverse en la ciudad; hay quienes cuestionan por qué las mujeres han sido invisibilizadas de la historia de la ciencia; también quienes se detienen en cómo hoy se construyen los vínculos afectivos a través de redes sociales o en cómo algunas comunidades sienten que no son escuchadas por las instituciones.
En medio de todo eso hay algo que se repite y es la necesidad de entender lo que está pasando más allá de lo evidente, de lo que ya está dicho y de lo que parece normal ante los ojos de otros. Es como si estuviéramos leyendo entre líneas una realidad que ya venía escrita, pero que pocos se habían detenido a interpretar con cuidado. Así pues, en ese ejercicio que parece tan simple, se esconde algo mucho más profundo, porque no se trata solo de observar, sino de darle sentido a lo que otros pasan por alto y de poner en palabras eso que está ahí pero que no siempre se nombra.
Ahí es cuando empieza a tomar forma una idea más crítica, porque como estudiantes de comunicación no estamos investigando cualquier cosa, estamos investigando lo que nos atraviesa, lo que nos incomoda y lo que nos genera preguntas. Estamos mirando lo cotidiano, sí, pero no desde la superficialidad, sino desde la sospecha, desde la duda, desde esa sensación de que hay algo que no cuadra del todo en la forma en que vivimos y nos comunicamos.
Sin embargo, también hay que decirlo, no todo es tan sólido como parece. Es evidente que en lgunas propuestas de investigación predominan los enfoques interpretativos y sociocríticos, lo cual en rincipio suena muy bien, porque habla de una intención de cuestionar y de no quedarnos en lo evidente. Pero al mismo tiempo aparece la contradicción de que muchas veces decimos estar en estos paradigmas, pero seguimos formulando preguntas que se quedan en lo descriptivo o proponiendo metodologías que no alcanzan a sostener ese nivel crítico que decimos asumir. Algo así como si estuviéramos en una especie de transición, intentando pensar de manera más profunda, pero todavía con variables que no siempre responden a esa intención.
Es, entonces, cuando aparece una tensión muy propia de quien está formándose en esto de la investigación, porque, por un lado, hay una intención clara de comprender los fenómenos desde los significados, desde las experiencias y desde las relaciones de poder, pero, por el otro, muchas veces seguimos recurriendo a formas de investigar más seguras, más conocidas y más cercanas a lo descriptivo que a lo realmente crítico. Claro está que eso no necesariamente es un error, también puede leerse como parte del proceso, como ese momento en el que uno empieza a cuestionar lo aprendido, pero todavía no termina de soltarse del todo.
Por otro lado, también es interesante ver que algunas preguntas no han dejado atrás los grandes problemas del campo de la comunicación. Es decir, el poder sigue ahí, la desigualdad también, la invisibilización, la ciudadanía, solo que ahora aparecen atravesados por nuevas realidades. Ya no hablamos únicamente de medios tradicionales, ahora hablamos de plataformas, de algoritmos, de inteligencia artificial, de relaciones mediadas digitalmente y de zonas específicas donde todo ello toma formas propias.
Esto nos obliga a pensar si como investigadores estamos logrando ir más allá de la descripción de esos cambios o si, en el fondo, seguimos girando alrededor de los mismos problemas sin profundizar lo suficiente, ya que no es lo mismo decir que todo es más complejo que asumir el reto de entender esa complejidad. ¿Estamos realmente cuestionando las estructuras que producen esas desigualdades o solo las estamos narrando de otra manera? ¿Estamos interpretando el presente o simplemente adaptando teorías para que encajen en él?
Hay algo que empieza a hacerse visible al leer las propuestas de investigación, como si poco a poco fueran revelando un mismo hilo, y es que muchas no se quedan únicamente en describir fenómenos, sino que buscan ir un poco más allá, conectando la comunicación con la acción, con la transformación y con esa posibilidad real de generar cambios en contextos concretos.
Es justamente allí cuando cobra sentido lo que se plantea en El diálogo de saberes en comunicación: reconfiguraciones de la formación y de la investigación, cuando se afirma que “cuando se hace explícito que la comunicación que estamos privilegiando es aquella que lleva a la acción, que potencia la transformación y que apunta al empoderamiento de las comunidades de las periferias, parece claro que la pregunta tiene una vocación política explícita” (Acosta & Garcés, 2016, p. 2), porque ya no se trata solo de comprender la comunicación, sino de asumirla como una práctica que incide, que transforma y que inevitablemente se posiciona frente a la realidad.
Sin embargo, también es necesario mirarlo con cuidado, porque no basta con decir que una investigación tiene intención transformadora para que realmente lo sea. Hay propuestas que se ubican en lo sociocrítico, que hablan de poder, de exclusión o de ciudadanía, pero que todavía no terminan de traducir esa postura en decisiones metodológicas o en formas concretas de vincularse con las comunidades que estudian. Entonces aparece una pregunta incómoda, ¿hasta qué punto estamos asumiendo esa “vocación política” de la comunicación y hasta qué punto solo la estamos nombrando? Porque una cosa es reconocer que la comunicación puede transformar y otra muy distinta es investigar de manera que realmente aporte a esa transformación.
Ahora bien, vivimos en un contexto donde más del 65 % de la población mundial usa internet y donde gran parte de la vida social pasa por entornos digitales (Kemp, 2025), donde en Colombia más del 70 % de los jóvenes reconoce que las redes sociales influyen en su forma de relacionarse (CRC, 2025), y donde la desconfianza hacia las instituciones sigue siendo alta, al punto de que una minoría siente que realmente es escuchada. Entonces, claro, estas investigaciones terminan moviéndose entre lo digital, lo social y lo emocional, porque ese es el mundo que habitamos.
Pero en medio de todo esto emerge una incomodidad más profunda de lo que parece y es si ealmente estamos construyendo conocimiento desde nuestras propias realidades o si seguimos dependiendo, casi de forma automática, de teorías que vienen de otros contextos, como si todavía necesitáramos validar lo que pensamos a partir de miradas externas. Porque sí, citamos autores, usamos conceptos, hablamos de paradigmas, pero todavía se siente que estamos buscando una voz propia, que estamos aprendiendo a confiar en lo que vemos aquí, en lo que pasa en nuestras ciudades y en nuestras experiencias cotidianas como punto de partida válido para pensar la comunicación.
Al final, lo que dejan ver muchas de estas investigaciones no es solo una lista de temas, sino una forma de posicionarnos frente al mundo donde no solo estamos aprendiendo a investigar, sino que también estamos aprendiendo a mirar distinto, a cuestionar lo que parece obvio, a escuchar lo que muchas veces no se escucha y, por supuesto, a incomodarnos con lo que antes pasaba desapercibido.
Tal vez ahí está lo más valioso, que lo que estamos investigando no solo habla de objetos de estudio, habla de nosotros, de aquello que nos inquieta, nos duele, nos mueve, nos inspira, de lo que no terminamos de entender y, en muchos casos, de lo que quisiéramos transformar. Porque en el fondo, investigar en comunicación también es eso, una forma de tomar posición frente a la realidad, aunque a veces no lo digamos de manera explícita.
Finalmente, la pregunta inicial vuelve, pero ya no sobre una inteligencia artificial, sino sobre todo lo que estamos reflexionando: ¿con quién estamos dialogando realmente cuando investigamos? ¿Con teorías que repetimos casi sin darnos cuenta, con datos que organizamos para sentir que entendemos o con esas realidades vivas que están ahí, frente a nosotros, esperando ser escuchadas? Tal vez ahí está el verdadero reto, más que buscar certezas, se trata de ponerse las gafas correctas, o mejor aún, de cambiar de lentes, de aprender a mirar distinto, a leer lo que antes pasaba desapercibido y a no conformarse con la primera versión de la realidad.








