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(Reseña) El niño de la tula: memoria, guerra y vulnerabilidad

Por: Karen Suárez

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Es interesante, abrumador y profundamente confrontante detenerse a pensar en las múltiples guerras que hemos atravesado como humanidad, en la violencia que hemos llegado a naturalizar y en las historias que revelan esa inquietante relación entre la experiencia humana y la inclinación hacia la violencia.

El niño en la tula, publicado el 24 de febrero de 2025 y escrito por el autor colombiano Andrés Sanín, se sitúa precisamente en ese territorio narrativo. El libro presenta “el secreto mejor guardado del Batallón Colombia en la Guerra de Corea y, a partir de esta premisa, despliega una historia que entrelaza memoria, herida y silencio. En este escenario conocemos a Yunc, hijo del protagonista, que a través de sus propias heridas y de las que cargaba su padre permite entrever algo más amplio: las cicatrices de una humanidad marcada por un tránsito violento y desolador al que, paradójicamente, hemos terminado por llamar desarrollo.

Desde sus primeras páginas, el libro se aproxima a la vida de Carlos Arturo Gallón, conocido apenas por un breve instante de fama marcado por el sensacionalismo como el niño de la tula. Así se presenta la historia de un niño víctima de la Guerra de Corea que, arrastrado por sus circunstancias y por decisiones que escapaban por completo a su voluntad, terminaría siendo trasladado a Colombia por un grupo de soldados del Batallón Colombia.

Fotografía: El Espectador

Sin embargo, su historia terminaría diluyéndose en el olvido, dejando entrever la fugacidad de lo mediático, y el abandono estatal hacia aquellos combatientes que ofrecieron parte de su vida y su bienestar para representar a Colombia en una guerra que no les pertenecía. En ese escenario, los soldados funcionaban apenas como piezas dentro de un tablero geopolítico donde las decisiones se tomaban lejos de ellos y donde, como ocurre en la mayoría de las guerras, otros terminaban por declararse vencedores.

La narración se organiza en 41 apartados que alternan dos líneas temporales. Por un lado, se reconstruye el regreso a Corea del llamado niño de la tula, ya adulto y aún atravesado por heridas que nunca terminaron de sanar, acompañado por su hijo Yunc. Por otro lado, se relatan las vivencias de los soldados del Batallón Colombia desde el momento que encuentran al niño hasta la arriesgada decisión de trasladarlo oculto en una tula a través del océano Pacífico, a bordo del Marine Carp, el 9 de julio de 1953. Aunque el relato resalta el gesto de cuidado de los soldados, también deja entrever la ambigüedad de aquel traslado, que hoy puede leerse como una forma temprana de tráfico irregular de personas en medio del caos de la guerra.

El relato avanza hasta desembocar en un desenlace situado en la época contemporánea, en plena pandemia de COVID-19. Allí, Sanín propone un paralelo sugerente entre la travesía de Carlos Arturo, escondido dentro de una tula, y la experiencia del confinamiento vivida durante la pandemia, estableciendo un diálogo entre encierros de distinta naturaleza, pero atravesados por una misma sensación de vulnerabilidad y desamparo.

El libro avanza como una reconstrucción paciente de una historia fragmentada, reuniendo testimonios, documentos y memorias que permiten acercarse a un episodio poco conocido de la Guerra de Corea. Sin romantizar el conflicto, la obra muestra cómo, incluso en medio de la violencia, se configuran vínculos de cuidado y pertenencia dentro de los batallones, casi como una forma de familia. La historia se articula a partir del testimonio del cabo segundo Gallón, padre adoptivo del llamado niño de la tula, y de las experiencias de sus compañeros, como los soldados Rojas y Díaz. En este contexto, el relato sugiere que, incluso en escenarios donde podría operar lo que Hannah Arendt denominó la Banalidad del mal, la necesidad humana de comunidad termina por imponerse como una forma de sostén y protección colectivas.

La figura de Carlos Arturo Gallón se vuelve central. Arrebatado de su patria cuando niño, muchos años después de su llegada a Colombia, y tras una vida atravesada por el sufrimiento y por heridas que se fueron acumulando a las de la guerra, como el abandono de su esposa y de uno de sus hijos, finalmente logra reencontrarse con sus raíces. Esta historia se reconstruye a partir de un hecho ocurrido en la vida real, narrada tanto desde la memoria de Yunc como desde el trabajo investigativo de Sanín. El libro recupera el momento en que dos periodistas de la Korean Broadcasting System (KBS), el principal canal público de Corea del Sur, llegan para invitar a Carlos a regresar a su país de origen y lo acompañan en el proceso de reencontrarse con su familia, con su propia historia y con su vulnerabilidad.

Solo con el paso del tiempo Yunc comprende el sentido de la experiencia vivida junto a su padre. Tras la muerte de Carlos Arturo Gallón, en medio del confinamiento provocado por la pandemia, escenario con el que cierra el libro, reflexiona sobre la vulnerabilidad que su padre dejó entrever al reencontrarse con su pasado. Sanín lo expresa con claridad al escribir: “Pensamos que la valentía es irnos a los golpes por defender a quien amamos, que es dar la vida por un ideal… pero ahí, frente a la lápida de su papá, Yunc supo que la valentía consiste en quitarse la máscara, en mostrarse frágil y en expresar sin miedo todo eso que quisiéramos decir”. Sin embargo, ni Yunc ni Carlos Arturo fueron capaces de hacerlo a tiempo, dejando tras de sí una de las reflexiones más profundas del libro, las guerras no solo dejan cicatrices en los cuerpos, sino también en las palabras que nunca nos atrevimos a decir.

En ese sentido, El niño en la tula remite a la Guerra de Corea, y deja entrever las múltiples guerras que atraviesan las vidas de sus protagonistas: las de Yunc y su padre, las de los soldados que compartieron el frente y, en cierta medida, también las que aparecen en la reflexión personal de Andrés Sanín sobre su memoria y sus propias pérdidas. La obra sugiere que la violencia atraviesa, constituye y muchas veces destruye a los seres humanos, pero recuerda también que, en última instancia, la guerra es una decisión humana. Mirar al pasado, entonces, sólo cobra sentido si permite interrogar el presente, si la historia ha estado marcada por tantos conflictos, cabe preguntarse por qué sigue resultando tan difícil detenerse y decidir, hoy, no seguir alimentando las guerras que habitan tanto en el interior de las personas como en el mundo que comparten.

| Nota del editor *

Si usted tiene algo para decir sobre esta publicación, escriba un correo a: jorge.perez@uniminuto.edu

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