Por: Marcela Gómez
El monólogo interpretado por Diana Ángel es una obra profundamente desgarradora que recorre la vida de Ester, una mujer atravesada por múltiples violencias que, lejos de ser aisladas, se entrelazan y se potencian a lo largo de su existencia.
Desde su infancia en el campo, la vida de Ester queda marcada por el conflicto armado obligada a huir junto a su madre hacia la ciudad, dejando atrás el único lugar donde alguna vez sintió pertenencia. A partir de ahí, su vida se convierte en un tránsito constante, en una búsqueda inacabada de estabilidad en medio de entornos hostiles.
En la ciudad, las dificultades económicas y afectivas no dan tregua y en medio de todo ello Ester decide asumir una identidad muy ajena a ella para poder tener un trabajo estable y económicamente digno, dicha identidad le permite estar segura y deja de ser una elección simbólica y se transforma en una estrategia de supervivencia con mejores condiciones económicas y cierto reconocimiento en un entorno profundamente masculinizado.
Sin embargo, este logro implica también una renuncia a su feminidad y su posibilidad de habitar el mundo desde lo femenino. La obra evidencia con contundencia cómo, en determinados contextos, ser hombre no solo es una ventaja, sino una condición casi necesaria para existir con dignidad.
En un punto de la obra Ester no solo es desplazada sino que también pasa a ser migrante, enfrentando nuevas formas de precariedad en un empleo con condiciones exigentes, viviendo en un espacio reducido y sin comodidades, constantemente deshumanizada por su supervisor, quien la reduce a una categoría homogénea de “migrante”, borrando su historia y su identidad.
La violencia escala de forma brutal cuando termina violándola, incluso bajo su apariencia masculina. Este hecho marca un punto de quiebre en la obra: el cuerpo de Ester, que había sido su refugio y su disfraz, vuelve a ser territorio de violencia y la lleva a enfrentarse nuevamente con su identidad como mujer, esa que había tenido que ocultar para sobrevivir. Todo en la vida de Ester parece efímero: el amor, el hogar, las oportunidades, incluso los vínculos más inesperados, llevando a Ester a una constante búsqueda de su lugar en el mundo.
La obra, sostenida por una interpretación poderosa y profundamente humana de Diana Ángel, no solo narra una historia individual, sino que expone de manera cruda las violencias estructurales que atraviesan a muchas mujeres: el conflicto armado, el desplazamiento forzado, la desigualdad de género, la precarización laboral y la violencia sexual. Pero, sobre todo, plantea una reflexión incómoda y necesaria: ¿qué significa ser mujer en un mundo que constantemente limita, vulnera y condiciona esa existencia?
Ester encarna la lucha de muchas mujeres que, además de serlo, cargan con otras marcas como la pobreza, el desplazamiento y la migración. Su historia revela cómo estas capas de desigualdad no se suman, sino que se multiplican, dejándola en una posición de constante desventaja. En ese sentido, la decisión de habitar otro cuerpo, otra vida y otra identidad no es solo una estrategia individual, sino una denuncia: en sociedades machistas y profundamente desiguales, ser mujer implica partir siempre desde un lugar más frágil, más expuesto, más vulnerable.
Este monólogo no ofrece respuestas fáciles ni finales reconfortantes. Lo que deja es una sensación persistente de incomodidad y reflexión, recordándonos que, para muchas mujeres, Gato por Liebres, vivir implica resistir, transformarse y, en ocasiones, desaparecer en otros cuerpos para poder seguir adelante.








