Por: Diego A. Robles Hernández
El pasado 9 de abril fue un día especial para el gremio editorial colombiano. En la biblioteca del Gimnasio Moderno de Bogotá, se llevó a cabo el lanzamiento de Memorias cruzadas, un libro que, más que presentarse como una obra tradicional, se ofreció como un ejercicio íntimo y honesto de diálogo entre dos de las principales figuras del periodismo nacional: Enrique Santos Calderón y Daniel Samper Pizano.

El evento reunió a un público que reflejaba la esencia del libro, dejando ver una mezcla de historia y poder. Entre los asistentes se encontraban expresidentes de la República, familiares de los autores, periodistas con una trayectoria importante y demás voces influyentes de la opinión pública colombiana. La presencia de figuras como Juan Manuel Santos, Ernesto Samper Pizano, Julio Sánchez Cristo, Alberto Casas y Yolanda Ruiz, no solo le dio peso a la cita, sino que confirmó algo que el libro aporta desde adentro, que en Colombia, el periodismo no ha sido un simple observador alejado de la historia, sino que se ha forjado como uno de sus principales protagonistas.
Pero más allá de las personalidades y el protocolo, lo verdaderamente interesante del lanzamiento fue su desarrollo. No se trató de una ceremonia de alta etiqueta ni de un discurso estructurado. Fue, más bien, una conversación fluida, casi como si el público hubiese sido invitado a escuchar, a chismosear las charlas privadas que le dieron origen a este libro. De ahí radica su mayor valor; Memorias cruzadas no pretende imponer una verdad, sino reconstruirla a partir de la experiencia y la memoria.
En un país donde la historia suele contarse en versiones fragmentadas o polarizadas inclinadas al mejor postor, este tipo de relatos resulta necesario. Dos periodistas, con décadas de trayectoria, se citan para recordar, debatir y, en ocasiones, enfrentarse entre sus diferencias. No hay pretensión de objetividad absoluta, pero sí un compromiso evidente con la honestidad intelectual. Y eso, en tiempos de inmediatez y desinformación, se convierte en un acto de resistencia.
El lugar elegido para el lanzamiento no fue un cero a la izquierda. El Gimnasio Moderno, con su tradición académica y su vínculo directo con las élites intelectuales del país, significó un escenario simbólico, un espacio donde la educación, el pensamiento crítico y la historia se cruzan de la misma manera como ocurre en el libro. Allí, entre reflexiones, risas y aplausos, quedó claro que Memorias cruzadas no es una simple recopilación de recuerdos, es una invitación a recapacitar en el papel que juega el periodismo en la construcción de país.

Como estudiante universitario y futuro periodista, no puedo evitar preguntarme qué es lo que queda después de un evento como este. Que más allá de la admiración por la trayectoria de los autores, la historia o la curiosidad por las anécdotas, queda una inquietud; hoy en día ¿estamos dispuestos a escuchar al otro con la misma atención con la que estos personajes lo hicieron entre sí? ¿Podemos construir memoria sin caer en el limbo de la confrontación constante?
Tal vez esa sea la verdadera herencia del libro, no sus historias, ni sus nombres, ni su contexto histórico, más bien el desarrollo del diálogo. En un país que tantas veces ha hablado desde la imposición, Memorias cruzadas propone la simpleza y la facilidad de sentarnos a conversar.








