Por: Lina Marcela Arana, Francisco Domínguez, Fernando Ruiz, Diego Fernando Ospina y Carlos Andrés Vidal.
El pasado 24 de abril de 2026, en el Auditorio del Centro Universitario Cali de UNIMINUTO, se llevó a cabo el encuentro académico “Democracia, Coexistencia y Paz: Diálogos y desafíos para la reconciliación en Colombia”, organizado por el grupo de investigación GISE. Este espacio, que contó con la participación de los expertos José Benito Garzón y Yesid Idrobo, sirvió como una caja de resonancia para abordar, tanto de forma presencial como sincrónica, la urgente relevancia de los procesos electorales y la participación ciudadana en un país que sigue sangrando.
El diálogo central propuso una reflexión profunda sobre la resolución de conflictos cotidianos y los retos que enfrentan los actuales candidatos y candidatas en la construcción de un camino sólido hacia la reconciliación nacional. Como bien se discutió durante la jornada, Colombia vive una paradoja: mientras la democracia coexiste formalmente con la violencia estructural, las elecciones se han convertido en escenarios de disputa territorial y polarización, lejos del encuentro constructivo que el país necesita.
Uno de los puntos más álgidos del debate fue la pregunta sobre si el acuerdo de paz ha fortalecido la participación. La respuesta, analizada a la luz de los datos compartidos, no es sencilla. Si bien el acuerdo generó mecanismos inéditos como las Circunscripciones Transitorias Especiales (CITES), permitiendo que voces históricamente excluidas entraran al debate político, la implementación ha sido una deuda pendiente. La realidad es que, a diez años del acuerdo, seguimos viendo cómo los liderazgos sociales son asesinados sistemáticamente: 187 en 2025, según cifras de Indepaz citadas en el conversatorio. Esto no es casualidad; responde a una cultura política que confunde al adversario con el enemigo, y que justifica la eliminación física de quien piensa diferente o defiende el territorio.
El ejercicio de confianza con los asistentes reveló algo preocupante: la mayoría no confía en el sistema electoral, erosionado por inconsistencias y la falta de garantías en territorios olvidados. Como bien señalaron los ponentes, en Colombia no estamos hablando de lo mismo cuando decimos “paz”, “justicia” o “democracia”. Para las élites, la paz es el silencio de los fusiles; para las comunidades del Catatumbo, del Pacífico o de Siloé, la paz es tener agua potable, educación, salud y justicia espacial. Esta brecha de significados explica por qué, después de 40 años hablando de paz, seguimos atrapados en el mismo ciclo.
El debate sobre los medios de comunicación fue revelador. Por un lado, están los grandes medios que dedican horas a atacar al gobierno e inclinar la balanza hacia ciertos candidatos. Por otro, emergen experiencias de comunicación comunitaria y alternativa (como La Oreja Roja, Vorágine o La Silla Vacía) que apuestan por una comunicación “desarmada y desarmante”, en palabras del Padre Diego Ospina. El proyecto Júpiter, mencionado en el conversatorio, destapa una verdad incómoda: no se trata solo de manipulación mediática, sino de un programa de “formación” que busca generar emociones, no pensamiento crítico. Es la vieja táctica de instruir en lugar de educar, de decirle a la gente que su pobreza es culpa de su holgazanería, no de la concentración de la riqueza.
Quizás la reflexión más provocadora fue sobre el papel de la universidad. ¿Formamos profesionales para el mercado o ciudadanos críticos? ¿Incomodamos o nos acomodamos? Como bien dijo José Benito Garzón, la universidad no puede enseñar algo que no es: no puede formar en pensamiento crítico si ella misma no lo ejerce. Las experiencias compartidas por Claudia Menza, del resguardo Silvia de la Carrera de Miranda, muestran que la construcción de paz real ocurre en los territorios, con niños y jóvenes que desde los 5 años están aprendiendo a ser críticos y a tomar decisiones colectivas. Esa es la paz cotidiana, territorial, que no sale en los discursos de campaña pero que sostiene la vida en medio del horror.
Este encuentro organizado por el grupo GISE dejó claro que Colombia necesita algo más que elecciones cada cuatro años. Necesita una revolución cultural que deje de ver al otro como enemigo. Necesita una democracia que no sea solo formal, sino que garantice derechos. Necesita una paz que no sea solo la ausencia de guerra, sino la presencia de justicia. Mientras no entendamos eso, seguiremos dando vueltas en el mismo círculo. La pregunta es: ¿tenemos la valentía de salir de él?








