Por: Shalon Zalamanca
Hay dolores que no podemos diagnosticar con un examen. Se quedan ocultos entre los pensamientos, mientras alteran poco a poco nuestros días y encuentran la forma de adherirse al cuerpo sin dejar una marca visible. Frente a ellos, la medicina pocas veces da una respuesta inmediata. Quizá por eso Desfibrilador, de Gilraen Eärfalas, decide trasladar el duelo a un hospital y convertir la recuperación en el centro de una experiencia poética donde los monitores cardíacos, las suturas, los diagnósticos y los tratamientos hablan tanto del cuerpo como de lo que ocurre más adentro.
Publicada originalmente en 2018 y reeditada en 2025 con más de veinte poemas nuevos por Editorial Planeta, la obra construye una historia a través de nueve días de hospitalización. Esa estructura, aparentemente sencilla, termina convertida en una de sus decisiones más acertadas. Cada día se registra un estado distinto de la paciente y la lectura se convierte en un recorrido donde la esperanza nunca aparece de golpe, sino que avanza con la misma lentitud con la que lo hacen las heridas.
Aunque se trate de un poemario, la lectura produce la sensación de acompañar una historia. Los poemas no funcionan como piezas separadas, sino como fragmentos de una misma experiencia que evoluciona con la protagonista. Los primeros días están marcados por la desesperación y el deseo de aferrarse a aquello que se perdió, más adelante, el duelo empieza a dejar espacio para la reflexión y, finalmente, pasa a una esperanza discreta que no desconoce el dolor.

La paciente no avanza de manera lineal: retrocede, duda, se derrumba y vuelve a intentarlo. Como ocurriría en cualquier proceso de recuperación, hay momentos en los que la herida parece ocuparlo todo y otros en los que, casi sin advertirlo, comienza a perder parte de su poder. Ese vaivén convierte al libro en una historia sobre el tiempo que existe antes de sentirse bien, ese tiempo incierto en el que todavía duele, pero ya empieza a verse la posibilidad de un fututo distinto.
Uno de los mayores aciertos del libro es transformar el lenguaje clínico en lenguaje emocional. La formación médica de Gilraen Eärfalas atraviesa cada página y convierte los procedimientos hospitalarios en metáforas de la vida afectiva. La medicina no aparece solo como escenario; se convierte en la gramática de la experiencia que atraviesa la paciente. Las suturas intentan cerrar pérdidas, los monitores registran ausencias y los diagnósticos buscan nombrar aquello que ni siquiera consigue comprender. Gracias a esa decisión, el hospital deja de ser apenas un espacio físico para convertirse en el paisaje interior donde ocurre la verdadera recuperación, mientras el lector es testigo de cada momento.
Esa misma propuesta se extiende a las ilustraciones que acompañan cada uno de los nueve días. El corazón expuesto, las flores que brotan donde antes estaba la herida, la mano que sutura un órgano, la pluma que comienza a escribir y, finalmente, el cerebro que acompaña el alta médica se entrelaza con los poemas y amplían el recorrido emocional de la protagonista, que no funcionan como un elemento decorativo; porque también narran, en silencio, la evolución de una paciente que aprende poco a poco a mirar su propia historia desde otro lugar.
En ese proceso, la escritura ocupa un lugar esencial. Cuando la paciente afirma: “Comencé a escribir porque ya no sabía dónde poner el dolor”, el verso deja de ser únicamente una confesión para convertirse en una de las ideas que sostiene el poemario. Escribir no elimina la pérdida ni acelera la recuperación. Ofrece, más bien, un lugar donde el dolor puede existir sin permanecer encerrado en el silencio. Antes de aprender a sanar, como sugiere la autora, necesitamos encontrar el lenguaje para aquello que nos rompe.
Sin embargo, reducir Desfibrilador al desamor romántico sería simplificar una propuesta más amplia. A lo largo de sus páginas aparecen también la ausencia de un padre, la culpa, la fragilidad, el miedo a convertirse en una carga para quienes permanecen y el cansancio de tener que mostrarse fuerte, incluso cuando ya no quedan fuerzas. En poemas como Hoy no quiero ser fuerte, Gilraen Eärfalas cuestiona esa exigencia silenciosa como una experiencia profundamente humana. Hay días en los que caer también forma parte del camino. En ese sentido, el libro no propone escapar del dolor, sino atravesarlo, comprenderlo y descubrir que incluso las emociones más difíciles también hacen parte del proceso de reconstrucción.
La evolución de la paciente alcanza uno de sus momentos más significativos en Solicitud para terapia electroconvulsiva. Allí no promete olvidar de inmediato; imagina, simplemente, “el domingo menos pensado”. Antes de llegar a ese punto, la protagonista decide permitirse recodar una última vez, despedirse de aquello que fue importante y confiar en que algún domingo despertará sin que la ausencia determine cada uno de sus pensamientos. Ese domingo termina convirtiéndose en uno de los símbolos más poderosos del poemario: no importa cuando llegue, lo importante es la certeza de que algún día el recuerdo dejará de gobernar la vida. La esperanza que propone Desfibrilador no consiste en borrar la herida, sino en aceptar que el dolor también cambia de forma y que aprender a vivir con él es, quizá, otra manera de sanar.

El único aspecto que, por momentos, interrumpe el ritmo de la lectura es la abundancia de términos médicos altamente especializados. La precisión con la que la autora construye ese universo clínico fortalece la identidad del poemario y dota de autenticidad a sus metáforas; sin embargo, en ciertos pasajes exige detenerse para comprender los conceptos, pero lejos de que este aspecto sea un defecto determinante, esa exigencia termina integrándose a la propuesta de una obra que, apuesta por la fusión entre medicina y poesía, y que obliga al lector a estar atento.
Probablemente, la mayor virtud de Desfibrilador sea comprender que nadie elige el momento exacto en que deja de doler. Hay heridas que necesitan de hablar antes que responder, tiempo antes que soluciones y compañía antes que certezas. Gilraen Eärfalas no ofrece una fórmula mágica para superar una pérdida ni convierte el sufrimiento en un gesto heroico. Su poemario busca acompañar al lector durante ese momento incierto que existe entre la herida y la cicatriz, recordándole que, como escribe la protagonista, “el domingo menos pensado la haré”. Y es precisamente en esa promesa, frágil, incierta, profundamente humana, donde la obra encuentra su mayor fuerza: en recordarnos que sanar no significa olvidar, sino descubrir que el dolor, finalmente, ha dejado de dirigir el rumbo de nuestra vida.








