Por: Shalom Liccette Salamanca Flórez
El mar puede convertirse en un lugar para esconderse, pero también en uno para mirar de frente aquello de lo que hemos intentado escapar. En El horizonte de mi existencia, Diógenes Labrado llega a una playa y, entre olas, arena, viento y gaviotas, comienza a recorrer su propia vida. Desde allí, María José de Bustos construye su primera novela, publicada este 2026 por Seix Barral, sello del Grupo Planeta, alrededor de una pregunta más cercana de lo que parece: ¿qué hacemos con la vida que hemos construido cuando dejamos de sentirnos cómodos con ella?
Diógenes es un arquitecto uruguayo, reconocido y económicamente solvente. Tiene profesión, familia, viajes, experiencias y todo aquello que desde afuera daría para pensar que tiene una vida resuelta. Sin embargo, sentado frente al mar, empieza a revisar las decisiones que lo llevaron hasta ese punto. La novela permanece en esa playa mientras su memoria se mueve por distintos momentos de su vida: colegio, trabajo, relaciones, matrimonio, hijos. Una gaviota, una ráfaga de viento, la arena o el movimiento del agua pueden abrirle la puerta a un recuerdo.
Esa estructura hace que el pasado nunca desaparezca del todo. Diógenes está en el presente, pero parece necesitar volver una y otra vez sobre lo vivido para entenderlo, y desde las primeras páginas queda claro que está cansado: “Necesita soledad, libertad muy absoluta”, dice. Quiere dejar de sentirse atrapado por las obligaciones y recuperar la posibilidad de elegir aquello que desea. No busca simplemente escapar de un lugar: está intentando comprender qué hacer con la vida que ha construido.
Ahí comienza una de las reflexiones más impactantes de la novela. Diógenes tiene muchas de las cosas que solemos asociar con una vida exitosa, pero ninguna responde por él a la pregunta de si es feliz. Su conflicto puede parecer particular, pero las preguntas que lo acompañan son reconocibles: ¿estoy satisfecho con las decisiones que tomé?, ¿cómo llegué hasta aquí?, ¿cuánto de lo que vivo elegí realmente y cuánto terminé aceptando?

La vida familiar es uno de los espacios donde esas preguntas adquieren mayor peso. Diógenes mira sus relaciones con la distancia que le permite el paso del tiempo y reconoce silencios, desencuentros, costumbres, y decisiones que fueron tomando forma hasta convertirse en parte de su cotidianidad. En esa revisión también aparece la culpa: la conciencia de que nuestras decisiones no solo nos transforman, sino que pueden afectar a las personas cercanas.
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La enfermedad mental dentro de la familia lleva a esa reflexión a un lugar más doloroso. Ante circunstancias que ninguno de los personajes parece estar preparado para enfrentar, cada uno responde de una manera distinta. La novela se detiene en esas reacciones y permite observar cómo el miedo, la incomprensión, el amor, y la necesidad de protegerse pueden convivir frente a una misma situación. Diógenes intenta comprender lo que ocurre y acompañar a quien lo necesita, mientras se enfrenta a sus propias preguntas como padre.
Es ahí donde el personaje adquiere una dimensión especialmente humana. Diógenes no aparece como alguien completamente bueno o equivocado, y la novela tampoco parece interesada en juzgarlo. Mientras él intenta entender su propia historia, quien lee termina haciendo el mismo ejercicio. Identificarse con el personaje no depende de haber vivido lo mismo, sino de reconocer esas preguntas que pueden aparecer en cualquier momento de nuestras vidas.
En medio de ese recorrido aparece Víctor, músico español que introduce otra manera de mirar la existencia. Su presencia abre nuevas posibilidades para Diógenes y amplía el horizonte de aquello que hasta entonces parecía establecido. A través de él, la novela vuelve sobre una idea que atraviesa la historia: la vida no queda completamente definida por las decisiones que ya tomamos. Mientras sigamos avanzando, todavía pueden aparecer otros caminos.
La música, además, tiene un lugar particular dentro de la novela. La formación de Bustos como pianista se percibe en la manera en que construye el ritmo de la narración y en la importancia que adquieren sonidos, silencios y movimientos. No resulta extraño que uno de los personajes más significativos sea justo un músico. La novela tiene una relación interesante entre esa sensibilidad musical y la forma en que Diógenes reconstruye su vida, como si recuerdos, emociones y distintas etapas de su existencia fueran encontrando su propio ritmo.
Algo parecido ocurre con la voz de Diógenes. Su manera de expresarse es elaborada y, en algunos momentos exige detenerse, releer o buscar el significado de una palabra, dificultad que también termina construyendo al personaje. Diógenes piensa demasiado, analiza lo que dice y se preocupa por la imagen que proyecta. Su lenguaje no está separado de su personalidad; es otra forma de mostrar cómo se relaciona consigo mismo y con los demás.
Pasar tanto tiempo dentro de su cabeza puede resultar exigente, pero también permite que la novela se sienta como una verdadera introspección. Diógenes vuelve sobre sus recuerdos, cambia de perspectiva, cuestiona sus decisiones y trata de encontrar explicaciones para aquello que quizá nunca pueda explicar completamente. El mar funciona entonces como escenario, pero también como una especie de espejo frente al cual el protagonista puede detenerse y observar lo que ha sido.
Por eso, aunque El horizonte de mi existencia tiene una marcada dimensión existencial, reducirla a eso sería quedarse corto. Es, ante todo, una novela sobre la vida, sobre las decisiones que tomamos, sobre las circunstancias que no podemos controlar, la manera en que respondemos cuando algo nos obliga a detenernos y la posibilidad de preguntarnos si queremos seguir siendo quienes hemos sido.

Ahí el título cobra especial sentido: un horizonte que siempre parece estar delante de nosotros, pero que nunca podemos alcanzar del todo, porque cada paso modifica lo que vemos. Algo parecido ocurre con la existencia de los personajes: cada decisión abre una posibilidad y modifica las que vendrán después, e incluso aquello que parece definitivo puede adquirir otro significado cuando miramos nuestra vida desde una distancia diferente.
El horizonte de mi existencia puede comenzar como la historia de un hombre que se sienta frente al mar para revisar su vida, pero poco a poco convierte esa revisión en un ejercicio compartido. La novela no ofrece respuestas sencillas ni presenta la existencia como un camino perfectamente trazado. Se queda, más bien, en ese espacio incómodo donde conviven el arrepentimiento, el afecto, la culpa, la libertad y la posibilidad de cambiar.
Nuestra existencia no está hecha únicamente de las decisiones que tomamos, también de las personas, circunstancias y vínculos que van ampliando o modificando aquello que creemos posible. El horizonte no representa un lugar al que estamos destinados a llegar, es aquello que todavía podemos mirar, imaginar y construir mientras seguimos avanzando.








