La directora de cine, guionista y actriz noruega Mona Fastvold, nominada a un Premio Óscar como coguionista de la gran The Brutalist (El brutalista, 2024), conocida por su sensibilidad en la puesta en escena y su colaboración con Brady Corbet, el director, ahora se pone a la cabeza de una cinta que irradia pasión con una puesta en escena y una historia enigmática.

El testimonio de Anne Lee se nutre visualmente del claroscuro, una técnica pictórica, perfeccionada en el Barroco durante el Siglo XVII, que se muestra continuamente en un delicado manejo de la luz, gracias a la dirección de fotografía del estadounidense William Rexer, que renueva esta visión para darle movimiento y belleza a este fervor convertido en una secta religiosa.
Anne Lee, personificada por una Amanda Seyfried de gran nivel, construye un drama histórico, no una recreación religiosa al estilo de un musical, provocando fervor religioso dentro de la represión y la liberación sensorial del Siglo XVIII, donde ni los implicados eran conscientes de su trance por medio de la emocionalidad de sus creencias. Esta película se embarca en mostrar y retratar la creación de la secta Shaker, donde el celibato, la igualdad de género, la adoración a través de bailes y cantos y olvidar cánones establecidos que le daban forma a su fe.

De los aspectos más destacables de la cinta, es el hipnótico movimiento Shaker, gracias a Celia Rowlson-Hall, que esta bailarina y coreógrafa aprovecha al máximo para lograr que los movimientos se confundan con un clímax en donde las manos golpeando el pecho, brazos extendidos hacia el cielo, torsos agitados, pies golpeando el suelo y voces alborotadas entonando bajo la misma luz, resuenen entre gruñidos y lamentos en una catarsis extrema.
El manejo de cámara de Fastvold le permite al espectador estar en cada cántico, en cada rico que quiere pertenecer a una eternidad terrenal, que contrasta con las influencias celestiales del grupo, contraste cautivador y de manera extraña atractivo para la composición de la imagen que también camina bajo este fervor en planos secuencia que lo convierten en algo delirante, que exigen las actuaciones de sus personajes que reflejan que están absolutamente convencidos de sus ideas.

Sin embargo, las imágenes se convierten en códigos simbólicos expuestos por la directora, demostrando que la represión sexual genera suficiente energía como para llevar a un grupo religioso desde Manchester hasta la Nueva York colonial, para contribuir a la nueva Ilustración y al debate sobre la libertad que continuamente se cuestiona, y de allí que la película se inscriba en una tradición de cine que explora la religión desde la performatividad, recordando tanto a Carl Dreyer como a Lars von Trier, sin olvidar la actualidad desde la corporalidad femenina y la comunidad como escenario político.

La bella y arriesgada fotografía de la película transita entre la penumbra ritual y la luminosidad de los cantos colectivos, creando un contraste entre lo íntimo y lo comunitario, combinado con el canto y la danza shaker que se convierten en un lenguaje cinematográfico propio, que vibra entre lo místico y lo terrenal, con una dirección que apuesta por la contemplación y la repetición, lo que puede resultar hipnótico o extenuante según el tipo de espectador.
El testimonio de Anne Lee exige del espectador una disposición ritual para entender que no se enfrenta a una narración religiosa, sino a un relato histórico que no busca convencer a nadie, sino mostrar cómo pasó, y cómo al parecer, la sociedad es reacia a cualquier tipo de cambio.

Mona Fastvold busca que el espectador se sumerja en la experiencia de la fe como performance, entre la frontera de lo divino y lo humano. Es una cinta que incomoda porque no ofrece certezas, justo donde reside su potencia, para que cada quien recuerde las formas de su fe, sus maneras, se pregunte de dónde proviene y si es tan importante la forma que tiene. Juzguen ustedes.








