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[Crítica] La Grazia: La belleza de la duda. Una película sobria, elegante y seductora.

Desde la ensoñación y el ejercicio continuo de recordar momentos de la vida que marcan la existencia para siempre, trazando esa dicotomía dentro de las condiciones humanas que se muestran como alarmas constantes del pasado que interceden en el presente, convirtiendo el futuro en algo difuso, encuentran a la melancolía como el mejor compañero para ese andar, pero la existencia en ocasiones en un ejercicio silencioso donde sólo las ideas gritan en el interior.

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El director napolitano Paolo Sorrentino muestra los últimos meses de un presidente moderado de la República Italiana, llamado Mariano de Santis atrapado entre la responsabilidad institucional y el deseo de recuperar una vida ordinaria dentro de sus temores de ya no ser nada en el mundo, bajo la interpretación elegantemente y contenida del gran actor italiano Toni Servillo que gracias a sus matices que se van destruyendo una a una, propone un retrato sobrio, pero profundamente íntimo.

La Grazia confirma Sorrentino como un cineasta capaz de transformar cosas como la política, en un espejo metafórico desde el poder y como las condiciones humanas cambian según su posición, tomando lo melancólico como vehículo del cuestionamiento desde las costumbres, los secretos y los conflictos internos que afloran en el momento más inesperado gracias a lo que pasa a su alrededor, pero desde su posición de poder y tener las herramientas sociales para poder cuestionarse sin alguna otra preocupación, solo dedicado al ser y la nada.

Servillo enfrenta una de sus interpretaciones más delicadas, donde encarna la fragilidad del poder y como el conocimiento se convierte en algo contemporáneo donde las dinámicas sociales pueden cambiar hasta las instituciones, reflejando está idea a través de su hija Dorotea de Santis (Anna Ferzetti).

La propuesta estética de Sorrentino es una protagonista constante en sus narrativas visuales que van desde lo barroco en La grande belleza (2013) o la para mí, maravillosa, Parthenope, pero el director italiano opta por una moderación visual y narrativa más contemporánea, sin renunciar a momentos de lirismo y extrañeza y con la una categórica continuidad donde cada plano respira el anterior y sus personajes como las imágenes, se compenetran con delicadeza y elegancia.

El napolitano desplaza el foco del espectáculo del poder hacia su dimensión ética y humana, mostrando por momentos al presidente Mariano como algo impenetrable, pero no es un titán ni un villano, sino un hombre que duda, que se reconoce limitado y ahora el tiempo le muestra otras lecciones que proponen todo desde la idea del amor, que se convierte en el verdadero protagonista, un gesto de resistencia frente a la certeza autoritaria y frente a la normativa de las instituciones y su poder en el común.

La película se construye sobre la tensión entre el deber y lo que se desea, entre apreciar la vida que sobrevive y la que se extingue frente a lo cotidiano, sacando a relucir constantemente la nostalgia, que abruma, pero también enseña no solo siendo una pared de fusilamiento, sino una forma de reivindicar la humanidad de un actor político, recordando que detrás de la investidura hay un individuo que añora lo común.

La belleza de Sorrentino radica en lo sobrio, en la belleza de lo común y como la falta de apreciación de los cercano, aleja todo lo demás con la bellísima fotografía de Daria D’Antonio y la edición de Cristiano Travaglioli, refuerzan un ritmo contemplativo donde la cámara se detiene en gestos mínimos, en silencios que evocan reflexiones en la fragilidad del cuerpo envejecido con una dirección menos exuberante, pero igualmente seductora.

A diferencia de relatos anteriores, aquí el poder no es grotesco ni excesivo, sino un espacio de soledad y vulnerabilidad que el tiempo destapó y dejo ver una grieta, haciendo que la película funcione como una meditación sobre la eutanasia política: el final de un mandato como metáfora de la despedida de la vida.

La Grazia es una obra que renuncia al exceso y permite una mayor profundidad emocional. Sorrentino ofrece un cine político que no se limita a denunciar, sino que humaniza la figura del gobernante, recordándonos que la verdadera gracia está en aceptar la duda, acoger el perdón y sobrellevar las circunstancias de la experiencia de la vida, mostrando en Toni Servillo interpretando la fragilidad como un acto de resistencia.

Una cinta que propone cuestionamiento sobre la humanidad del poder y de quienes los ejercen, de cómo el amor se convierte en una catarsis personal que parece durar toda la vida y como cada plano asegura que el espectador lleve la idea flotando en su pensamiento y eso que no es la mejor película de su director, pero si tiene el carácter y la forma suficiente para cuando salga de la sala de cine, pueda llevarse algo a casa. ¡Salud!  

| Nota del editor *

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