Es interesante mirar de lejos cómo se delinea la imagen de alguien, y cómo entre las personas construyen ese yo, para crear una idea que puede ser verdad, que existe desde el eco de una narrativa que nadie corrobora, pero la mentira llega a ser creíble, porque mientras muchos lo creen, hacen que exista. Es más interesante mirar de cerca lo que nunca se ha visto para terminar de completar el rito de creación de algo que no está.
Morozov es un falso documental con pasos firmes de largometraje, que recrea la ilusión y deja líneas muy delgadas entre la realidad y la ficción. Dirigida por Daniel Buitrago y Felipe Cáceres, conocedores de la intencionalidad de la imagen, presentan a un director desaparecido cuya figura va construyéndose desde relatos desaparecidos bajo las mismas conclusiones del espectador, que va creando una figura de la nada en un ejercicio de cine experimental que cala en una memoria que no existe, que se queda por un momento bajo el artificio de la duda.

La película colombiana disfrazada de documental reflexiona sobre la existencia por medio del ejercicio creador maldito, que en ocasiones proviene del arte, recreando su capacidad para crear una sombra desde lo terrenal, para darle una forma colectiva que transita en la memoria y en lo que se cree ver, para constantemente proporcionar sensaciones incómodas que toman matices de la duda, el placer, el miedo, la repulsión, la muerte y la violencia.
Desde un hábil lenguaje audiovisual, este experimento con las realidades inventadas a diario es una prueba de cómo son capaces de deformarse bajo el relato correcto, o de una narrativa lo suficientemente llamativa como para perdurar como pensamiento, que, de allí en adelante, solo tiene que mutar hasta volverse realidad real.
Morozov también funciona como una carta de presentación para sus directores y sus metamorfosis visuales, con un destacado ritmo y buenos movimientos de cámara que proporcionan los cambios de percepción entre lo que se propone como real y memoria, ya que la ficción queda a un lado desde la etiqueta de documental y gracias a la propuesta de adentrarse en el subconsciente del personaje por medio de sus cortometrajes, funciona para seguir perfilando una especie de alter ego que pone a prueba a quien mira y le pregunta al mismo tiempo: ¿Qué quiere creer? ¿Qué lo hace sentirse más cómodo? cuestionando a ese espectador desde una híbrida metaficción ya que los directores parecen mirarse a sí mismos desde la existencia de Morozov.

Desde el punto de vista técnico y visual, es una cinta trabajada con paciencia y esmero donde la aparente influencia de grandes directores asiáticos y norteamericanos aparece en los planos y los colores utilizados para caracterizar los géneros cinematográficos que transitan, creando una tensión destacada bajo la también buena dirección de actores, que le dan categoría a la recreación de emociones que necesita la historia hasta su conclusión, algo que agradezco la oportunidad de ver, que se enriquece de las variadas interpretaciones de su audiencia, ya que entre más ojos tengan la oportunidad de ver, mejor la conversación. Juzguen ustedes.








