La crisis ambiental también puede ser una crisis de la manera como los seres humanos entienden la naturaleza. Esa es una de las ideas que atravesó la conversación con Luis Alfredo Londoño, profesor de la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad del Cauca, durante la tercera Jornada de Ecología Integral del Minuto de Dios.
Desde su experiencia de casi tres décadas recorriendo y trabajando en el suroccidente colombiano, Londoño propuso mirar la naturaleza desde una perspectiva distinta a la que durante buena parte de la modernidad ha orientado la agricultura, la economía y la relación con los recursos naturales.
Su reflexión estuvo vinculada con Laudato si’, la encíclica publicada por el papa Francisco en 2015, cuyo llamado al cuidado de la casa común se convirtió en uno de los referentes de la Jornada de Ecología Integral. Para el profesor, el documento recoge preocupaciones y formas de comprender el territorio que durante generaciones han estado presentes en comunidades indígenas, campesinas y afrodescendientes.
La conversación permitió conectar la reflexión planteada por la encíclica con una pregunta más amplia: ¿qué ocurre cuando una sociedad deja de escuchar los ritmos de la naturaleza y pretende imponerle sus propios tiempos?
El suroccidente colombiano como territorio de aprendizaje
Para Londoño, cualquier conversación sobre ecología debe comenzar por reconocer la diversidad de los territorios. Su experiencia como docente e investigador en el Cauca lo ha llevado a encontrarse con una región en la que convergen diferentes ecosistemas y comunidades.
El profesor describió el suroccidente colombiano como un territorio marcado por la diversidad ambiental, cultural y social. Allí confluyen el océano Pacífico, las cordilleras, el Macizo Colombiano, zonas de conexión con la Amazonia y diferentes cuencas hidrográficas. Desde este territorio nacen o atraviesan ríos como el Cauca, el Magdalena, el Caquetá, el Putumayo y el Patía.
Pero esa diversidad natural tiene un equivalente humano.
Londoño habló de los diferentes pueblos indígenas, comunidades negras, organizaciones campesinas y sectores urbanos que habitan la región. En su relato aparecen también las distintas formas de producción, las músicas, los conocimientos y las maneras de interpretar el territorio.
Ese escenario constituye, para él, una fuente de conocimiento.
“Esos son los territorios que lo inspiran a uno”, al referirse a los aprendizajes acumulados durante décadas de trabajo en el suroccidente colombiano.
Su planteamiento cuestiona la idea de que el conocimiento sobre la naturaleza pertenece exclusivamente a la ciencia académica. Por el contrario, propone reconocer que existen saberes construidos durante generaciones a partir de la observación cotidiana de los ciclos del agua, del suelo, de las plantas, de los animales, del clima y de los astros.
Laudato si’ y la idea de la casa común
La encíclica Laudato si’, publicada por el papa Francisco en 2015, ocupa un lugar central en la Jornada de Ecología Integral del Minuto de Dios. En la entrevista, Londoño relacionó algunos de sus planteamientos con formas de comprender la naturaleza presentes en pueblos del sur global.
El profesor destacó que el papa Francisco recuperó expresiones como la Madre Tierra, la Pachamama y la relación con el sol, estableciendo una mirada que se distancia de la concepción de la naturaleza como un objeto separado de la sociedad.
Para Londoño, esta perspectiva tiene una conexión con los conocimientos que encontró en comunidades del suroccidente colombiano. Según explicó, muchas de ellas han desarrollado históricamente una concepción integrada de la vida, en la que agricultura, territorio, espiritualidad, comunidad y naturaleza no aparecen como ámbitos independientes.
La diferencia es relevante.
Una parte de la tradición moderna tendió a separar sociedad y naturaleza, mientras que los saberes tradicionales estudiados por el profesor parten de una relación más estrecha entre ambos.
En esa separación encuentra uno de los problemas de la relación contemporánea con el ambiente.
De explotar a cuidar
Uno de los puntos centrales de la conversación fue el lenguaje utilizado para hablar de la agricultura y de los recursos naturales.
Londoño recordó que durante su formación académica recibió conceptos asociados con la llamada Revolución Verde y con una agricultura orientada a incrementar la producción y la productividad. En ese modelo aparecen términos como “explotar”, “extraer”, “controlar” o “exterminar”.
El profesor contrapuso esas palabras con las utilizadas por comunidades indígenas y campesinas cuando hablan de su relación con la tierra.
En lugar de hablar exclusivamente de extracción o explotación, aparecen conceptos como crianza, cultivo, cuidado, protección, permiso, ofrenda, reciprocidad y armonización.
No se trata únicamente de un cambio de vocabulario. Para Londoño, las palabras expresan una manera diferente de relacionarse con el territorio.
La naturaleza deja de ser simplemente un depósito de recursos y pasa a ser parte de una relación en la que también existen responsabilidades.
De ahí surge una de las ideas más importantes de su intervención: el cuidado ambiental no puede reducirse a una técnica para aumentar o disminuir determinados indicadores productivos. También implica una ética de la relación con la tierra.
Los ciclos de la naturaleza como una forma de conocimiento
El profesor recordó que la agricultura acompaña a la humanidad desde hace aproximadamente 10.000 años. Durante buena parte de ese tiempo, explicó, las sociedades agrícolas tuvieron que aprender a observar la naturaleza para poder producir.
El calendario de las lluvias, los períodos de sequía, los movimientos del sol, los tiempos de siembra y cosecha, los ciclos de reproducción de los animales y la dinámica de los suelos fueron referencias indispensables para organizar la vida.
La agricultura, en ese sentido, requería escuchar.
“Con los ciclos, con los tiempos”, respondió Londoño cuando se le preguntó por esa relación entre producción y naturaleza.
El problema aparece cuando los sistemas productivos comienzan a intentar acelerar esos procesos.
Para el profesor, buena parte de la agricultura moderna se desarrolló bajo la promesa de producir más, más rápido y con mayor productividad. La Revolución Verde representó una expresión de ese modelo, especialmente desde mediados del siglo XX.
La consecuencia fue una mayor dependencia de insumos externos y de fuentes de energía diferentes a las que habían sostenido históricamente los sistemas agrícolas.
Del sol al petróleo
Una de las comparaciones más llamativas de la entrevista fue la que Londoño estableció entre el sol y el petróleo como fuentes energéticas de los sistemas de producción.
Durante miles de años, explicó, la agricultura dependió fundamentalmente de la energía solar. Las plantas capturan esa energía y, mediante procesos biológicos, la convierten en biomasa. El agua también forma parte de ciclos que dependen de la energía solar.
La agricultura tradicional, desde esta perspectiva, se encontraba estrechamente relacionada con los ciclos naturales.
La transformación tecnológica introdujo una dependencia creciente de combustibles fósiles. Londoño resumió el cambio con una expresión contundente: “sustituimos el sol por el petróleo”.
Su argumento no consiste en afirmar que toda tecnología o todo producto químico sea negativo por naturaleza. De hecho, durante la conversación aclaró que los productos de síntesis química no son necesariamente malos en sí mismos y que la discusión también debe considerar el uso que se hace de ellos.
Lo que cuestiona es la dependencia de sistemas productivos que dejan de trabajar con los ciclos naturales y requieren grandes cantidades de energía y recursos externos para mantener sus niveles de producción.
Cuando producir más no significa alimentar mejor
La Revolución Verde estuvo asociada con la promesa de incrementar la producción agrícola y contribuir a resolver el hambre mundial.
Londoño plantea que esa discusión debe revisarse a la luz de la realidad alimentaria actual.
Según su reflexión, el problema del hambre no puede explicarse simplemente por una falta física de alimentos. Al mismo tiempo que se producen grandes cantidades de comida, también existen desperdicios y usos alternativos de productos agrícolas que compiten con la alimentación.
Durante la entrevista mencionó, por ejemplo, el uso del maíz para producir combustibles y cuestionó una lógica productiva que puede llevar a cultivar grandes cantidades de un producto sin analizar todo su ciclo.
La pregunta, entonces, deja de ser únicamente cuánto se produce.
También es necesario preguntarse qué se produce, para qué, con qué energía, durante cuánto tiempo y cuáles son los costos ambientales y sociales de ese proceso.
La exuberancia frente al paradigma de la escasez
Otro de los temas desarrollados en la conversación fue la relación entre ecología y escasez.
Londoño cuestionó la idea de que la naturaleza funciona necesariamente bajo una lógica de competencia permanente por recursos limitados. Para ilustrarlo recurrió nuevamente a los ecosistemas del Pacífico colombiano y de la Amazonia.
Son territorios donde existen suelos que, bajo los criterios convencionales de la agronomía, pueden parecer poco favorables para la producción agrícola. Suelos muy ácidos, con características que podrían llevar a clasificarlos como pobres desde determinados análisis químicos.
Sin embargo, sobre esos suelos existe una enorme diversidad de vida.
La explicación, según el profesor, obliga a ampliar la mirada sobre lo que entendemos por suelo.
En la selva, la vida no depende exclusivamente de lo que ocurre debajo de la superficie. También intervienen los organismos, las plantas, los hongos, las bacterias, los líquenes, los animales y los procesos de descomposición y reciclaje de nutrientes que ocurren en todo el ecosistema.
La naturaleza funciona mediante ciclos.
Por eso, un suelo que puede parecer poco fértil desde una mirada agrícola convencional puede sostener una enorme cantidad de biomasa cuando se considera el ecosistema completo.
Cooperación y mutualismo
Esta observación llevó al profesor a cuestionar otra idea instalada en determinadas interpretaciones de la naturaleza: la competencia como principio dominante.
Londoño planteó que, aunque las teorías científicas han prestado mucha atención a la competencia y a la supervivencia del más adaptado, en numerosos ecosistemas también existen relaciones de cooperación, intercambio y mutualismo.
En la selva, explicó, diferentes especies establecen relaciones que les permiten intercambiar recursos y sostener procesos de vida.
Desde esa perspectiva, el ecosistema no puede entenderse únicamente como una suma de individuos compitiendo.
También es una red de relaciones.
La energía solar se convierte en biomasa; esa biomasa circula; los organismos interactúan; los residuos de unos procesos se convierten en recursos para otros; los nutrientes regresan al sistema.
La naturaleza trabaja mediante ciclos, cooperación y mutualismo.
Londoño resumió esa idea al explicar que la exuberancia de los ecosistemas puede comprenderse a partir de la cooperación, el mutualismo, los ciclos y la capacidad de captar energía solar y transformarla en biomasa que posteriormente circula dentro del sistema.
Los saberes ancestrales y la dimensión espiritual
La conversación también llevó la ecología integral hacia una dimensión que supera lo estrictamente productivo.
Londoño explicó que en diferentes comunidades persiste una relación espiritual con la naturaleza. Antes de tomar una planta, por ejemplo, puede existir un acto de permiso, una forma de preparación o una disposición determinada frente al uso de ese conocimiento.
El profesor relató incluso una conversación con un sabedor afrodescendiente que le explicó que las propiedades de una planta no pueden entenderse únicamente desde la sustancia biológica que contiene.
También importa el contexto en el que se utiliza, la manera como se toma, el momento y la actitud de quien la utiliza.
En este punto, la ecología integral adquiere una dimensión cultural y espiritual.
No significa abandonar el conocimiento científico, sino reconocer que existen otras formas de conocimiento que han sido construidas a partir de la experiencia acumulada de las comunidades.
Armonizar en lugar de solamente corregir
Una palabra aparece de manera recurrente en el relato de Londoño: armonización.
Desde la perspectiva que recoge de comunidades indígenas, campesinas y afrodescendientes, un problema ambiental puede interpretarse como una desarmonización de los ciclos.
Cuando se altera un proceso natural, la respuesta no consiste solamente en corregir el síntoma. También es necesario comprender qué relación se rompió.
El profesor habló de una desarmonización con la tierra, con el sol, con las estrellas y con otros elementos del entorno. Esa manera de interpretar el territorio incorpora una dimensión física, social y espiritual.
La idea guarda relación con el planteamiento general de la ecología integral: los problemas ambientales no aparecen aislados de las formas de organización social, de la economía, de la cultura y de las decisiones humanas.
Aprender a escuchar
Al final de la entrevista, una de las jóvenes que participaba en la conversación, Natalia, de 14 años, resumió el efecto que le produjo la intervención del profesor: entender que aprender sobre la naturaleza también implica aprender a cuidarla.
Ese intercambio dejó una conclusión sencilla.
Londoño no presentó sus ideas como una receta cerrada. Explicó que buena parte de lo que comparte proviene de lo aprendido durante casi 30 años de recorrido por el Cauca y el suroccidente colombiano.
Su experiencia plantea una invitación a observar antes de intervenir.
A mirar los ciclos del agua y del suelo. A entender los tiempos de las plantas. A reconocer las relaciones entre especies. A escuchar a quienes han vivido durante generaciones en los territorios. A recuperar conocimientos que la academia en ocasiones dejó de lado. Y a preguntarse qué ocurre cuando una sociedad intenta imponer sus propios ritmos sobre procesos naturales que necesitan otros tiempos.
La ecología integral, desde esta mirada, no es solamente una discusión sobre conservación ambiental.
También es una discusión sobre cómo producimos, cómo consumimos, cómo nombramos la naturaleza y qué tipo de relación establecemos con ella.
La invitación que deja la conversación con el profesor Luis Alfredo Londoño es, en buena medida, volver a aprender a escuchar. Escuchar los ciclos, los territorios y los conocimientos de quienes han desarrollado otras maneras de convivir con la naturaleza.
Porque antes de preguntarnos cómo hacer que la naturaleza produzca más, quizá sea necesario volver a preguntarnos cómo funciona aquello que queremos transformar y qué podemos aprender de los sistemas que han sostenido la vida durante miles de años.








