Por: Victoria Niño Vega
Pasé más de 12 años en una institución educativa, casi bajo las mismas condiciones que mis padres. Y después de tanto tiempo, descubrí algo que nadie me advirtió: crecí, pero no me construí; me siento insuficiente en muchas áreas, no tengo claridad de mis gustos, no sé reconocer ni manejar mis emociones, y cada año siento menos la creatividad que antes explotaba dentro de mí.
Muchas personas afirman que la educación en Colombia es precaria y desarticulada. Y claro, cómo no reconocer que el gobierno lucha por mejorar el sistema educativo. Debe ser un esfuerzo tan sutil y lento que en las aulas todo se siente igual que hace décadas.
¿Conocen ustedes la famosa carrera de la rata? Si no, les invito a buscarla para que den un recorrido por su propia vida. Volvamos atrás: nuestros padres y abuelos se sentaban en un pupitre, frente a un tablero para escuchar a un maestro durante horas. Y sí, ya sé lo que muchos dirán: Pero antes era peor, no había recursos, las pizarras eran borrosas, los salones incómodos o peligrosos.
Esto es cierto. Pero cambiar las condiciones no significa cambiar el modelo. Es como ver La Bella y la Bestia en cine o en un celular: la pantalla cambia, pero el mensaje sigue siendo el mismo. Con la educación pasa igual: tenemos más herramientas y nuevos discursos, pero la esencia sigue intacta, y como parece funcionar, preferimos no cuestionarla.
Antes el tiempo no era suficiente para enfocarse en los gustos; se necesitaba trabajar y algunos estudiaban como requisito para obtener un empleo digno, nada más. Pero las cosas son diferentes ahora. Siempre hemos estado rodeados de talentos que quedan en el olvido por pretender encajar en el sistema. Algunos lo logran, pero ¿qué pasa con esos niños que tenían habilidades únicas y no consiguieron acoplarse al espacio que les estaba destinado, el mismo que es para todos? Pues terminan el colegio sin saber qué estudiar, qué camino tomar, por dónde empezar, y toman la decisión más apresurada, pero no siempre la mejor, solo para no sentirse atrasados frente a sus compañeros.

En otros casos encontramos estudiantes que son más persistentes y que, si su colegio no les ofrece maneras de explotar sus habilidades, buscan esos recursos fuera de allí como grupos artísticos, culturales o deportivos donde los modelos de aprendizaje son diferentes y enfocados en el desarrollo y correcta estimulación de esas cualidades, que les da la ventaja que una vez graduados reconocen más que otros sus afinidades.
Lo que realmente está mal en el sistema educativo es que sigue la tradición de moldear estudiantes: a todos se les imparten las mismas materias, mismos trabajos y modelos de aprendizaje; todos siguen un régimen establecido. Los estudiantes son la misma masa que se ha criticado desde el colegio, y todo empieza allí.
Pero basta de señalar el problema sin hablar de solución. Para cambiar esta situación los colegios públicos, en conjunto con el Ministerio de Educación, están en la responsabilidad de cambiar las reglas de juego: la niñez debe ser prioridad. Sí, es el mismo discurso de siempre. Pensémoslo desde la necesidad de identificar talentos a temprana edad y complementar sus estudios en pro del desarrollo de ese talento; sería importante impulsar más el deporte, el arte y la cultura para que a medida del desarrollo identifiquen sus gustos y empiecen a enfocarse, aunque esto no es una camisa de fuerza, porque quienes gustan de lo académico también deben ser estimulados hacia esos objetivos; del mismo modo es indispensable reforzar las habilidades sociales, el trabajo en equipo e incentivar la creatividad.
No debemos temerle al cambio, padres lectores; el colegio no es un lugar para que les cuiden sus hijos. Aunque esa haya sido la principal razón por la cual fueron creadas las escuelas, Aquí un poco de contextualización: durante la Revolución Industrial las escuelas fueron principalmente creadas para formar una sociedad disciplinada, que no criticara, obediente y eficiente, que satisficiera las necesidades de fábricas en plena producción. Mientras los padres trabajaban se necesitaban lugares para guardar a los niños; en principio, el modelo se estableció para formar obreros obedientes, no porque importara que fueran cultos y estudiosos, sino porque necesitaban que pudieran leer y seguir instrucciones. ¿Les parece familiar?

Conocemos la historia, y hasta cierto punto este enfoque sirvió, aunque era degradante, clasista y elitista. Ese mundo ya no existe; ahora hay otras necesidades. Sin embargo, el modelo que seguimos es el mismo desde hace más de 200 años; esto no puede seguir. Abrámosles el camino a nuevas oportunidades, formas de pensar, crear y ser. Porque mientras tú piensas que el colegio solo ‘cuida’ a tu hijo, el colegio está moldeando su autoestima, su forma de pensar y su percepción del mundo.
No hay lugar para la culpa o crítica. Funcionarios de la educación pública, padres de familia y estudiantes tienen el poder real para exigir una forma diferente de educación, solo deben salir de la comodidad en la que están y cuestionar lo que pasa dentro de las instituciones: ya no necesitamos un sistema que vigile niños, sino un sistema que forme personas con identidad propia.
Al fin y al cabo, la educación debería ser una herramienta para crecer, no una estrategia para controlar.








