Transitar la vía Mosquera-La Mesa durante cualquier fin de semana es entender que el asfalto dejó de ser un corredor comercial para convertirse en una ruleta rusa. Los letreros de tránsito advierten sobre curvas peligrosas, pero el verdadero riesgo lo imponen el rugido de los motores y el exceso de velocidad. A la vista de todos, ver plásticos rotos y ambulancias atendiendo siniestros se volvió parte del paisaje habitual de este tramo vial.
Las cifras nacionales confirman lo que en este corredor ya es una verdad cotidiana, la Agencia Nacional de Seguridad Vial indica que la cifra de motociclistas que mueren en accidentes en vías Colombia ha aumentado respecto al año anterior un 26,8%. Tramos como Mondoñedo, El Curubital, Puerto Araujo y La Gran Vía, demuestran que los accidentes de moto no son hechos aislados. Responden a una constante de imprudencias que deja heridos graves y pérdidas humanas casi cada fin de semana.

El problema de fondo empeora cuando cae la noche o cuando se organizan las rodadas de fin de semana. Los piques ilegales y las maniobras arriesgadas transforman la carretera pública en un autódromo informal donde el límite de velocidad no existe. Quienes buscan la adrenalina en motos de bajo, mediano y alto cilindraje invaden carriles contrarios y toman las curvas cerradas rozando las rodillas contra el pavimento hasta el punto de incluso rozar también la tragedia.
El punto de encuentro predilecto para estas jornadas son los paradores ubicados en sectores como La Cabra, donde se concentran decenas de jóvenes cuyas edades están entre los 20 y 30 años. Allí, lo que inicia como una reunión de amigos para hablar de motores termina transformándose en consumo de licor. Con los reflejos alterados por el alcohol y la presión del grupo, muchos deciden encender nuevamente sus vehículos para salir a la vía a competir, convirtiendo la mezcla de licor y adrenalina en una combinación letal sobre dos ruedas.

En medio de esta dinámica peligrosa quedan los actores más vulnerables del camino: los ciclistas y las familias viajeras. Para quienes suben pedaleando en busca de deporte, el aire que desplaza una moto a más de cien kilómetros por hora es una amenaza constante de caída. De igual forma, los automovilistas avanzan con el temor permanente de que en cualquier curva a ciegas aparezca una motocicleta adelantando en doble línea continua.
La comunidad local ha llegado al punto del agotamiento, llegando a registrarse bloqueos y enfrentamientos de vecinos desesperados por frenar las carreras nocturnas ante la insuficiente presencia policial. La vía Mosquera-La Mesa no necesita más cruces de madera ni flores a orilla de carretera como recordatorio de los que no regresaron a sus casa. Lo que se exige con urgencia es autoridad, control a la velocidad y la conciencia de que el asfalto es un espacio compartido, no una pista de carreras.
Al final del día, la vía recupera un silencio tenso mientras el asfalto guarda las marcas frescas de frenadas y plásticos esparcidos. La solución no vendrá de más señales de tránsito que nadie respeta, sino de entender que la carretera no es un circuito privado y que se comparte con más actores viales. Mientras la juventud se siga consumiendo entre la velocidad y la imprudencia, la ruta a La Mesa continuará cobrando vidas de los motociclistas e incluso de quienes salieron a pedalear o están de viaje con sus familias .








