Lo que hoy es una presencia consolidada de apoyo a las comunidades más vulnerables, comenzó como un anhelo personal del padre Rafael García Herreros, quien desde su infancia soñaba con misionar en la denominada “Motilonia”.
Un sueño de infancia hecho realidad durante sus primeros años como sacerdote, García Herreros manifestó en repetidas ocasiones su deseo de servir en esta zona del nororiente colombiano. Según registros de la organización, el sacerdote escribió múltiples cartas a sus superiores solicitando el permiso formal para adentrarse en ese territorio. Sin embargo, no fue sino hasta 1966 cuando, encontrándose en la ciudad de Cúcuta, logró finalmente viajar hacia Tibú y hacer su entrada oficial en la región de la Motilonia.
Esta primera incursión fue descrita como una experiencia emocionante para el fundador, marcando el inicio de una presencia del Minuto de Dios en el Catatumbo que superó cualquier expectativa inicial.
Compromiso frente a la adversidad A lo largo de los años, el Catatumbo se ha convertido en una prioridad para la organización, especialmente debido a que la región ha sido fuertemente golpeada por la violencia y el conflicto armado. La labor del Minuto de Dios se ha centrado en mantener una vigilancia constante sobre las necesidades de esta parte del país, buscando llevar alivio y proyectos de desarrollo a sus habitantes.
Una oración por el futuro En el contexto de este aniversario, la institución reafirma su misión de paz y acompañamiento. “Estamos pendientes de ese lugar de la patria y le pedimos al Señor lo bendiga“, se enfatiza desde la organización, manteniendo viva la consigna espiritual que ha guiado su labor: “Dios mío, en tus manos colocamos esta cápsula que ya pasó y la cápsula que llega”.
Con este balance de siete décadas, el Minuto de Dios no solo celebra su historia, sino que renueva su promesa de seguir trabajando por los “hermanos del Catatumbo”, transformando el sueño original de su fundador en acciones concretas de reconciliación y bienestar social.









