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[Opinión] Multiversos en tensión: lo que hoy investigan los comunicadores

La pregunta del sentido de la dirección que toman los comunicadores sociales tiene una respuesta clara: la investigación va hacia la vida cotidiana. Porque es ahí donde se hace visible la grandeza de los procesos globales.

Por María José Marín Cardona

Es probable que si alguien se preguntara qué estudian en la actualidad los estudiantes de Comunicación Social esperaría respuestas vinculadas a la línea más clásica: medios de comunicación, noticias o redes sociales. Sin embargo, la realidad es mucho más heterogénea. Ahora las problemáticas de investigación surgen en los lugares menos esperados: en la calle, en aplicaciones de citas, en plataformas, en los silencios de la ciencia e incluso en los diálogos con inteligencias artificiales como ChatGPT.

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Los proyectos que se llevan a cabo en los días presentes devuelven que la comunicación ya no refiere solamente a mensajería o medios, sino a la comprensión de cómo los significados se producen en una sociedad atravesada por la tecnología, el poder y las identidades. Desde la caótica circulación del tráfico, en oriente de Cali, hasta las relaciones afectivas que nos ofrece Tinder, de la invisibilidad histórica de las mujeres científicas —también conocida como el efecto Matilda— hasta la autopublicación, los proyectos discurren en esos términos y comparten un elemento en común: la necesidad de dilucidar cómo se transforma la experiencia humana en la vida cotidiana.

Estos fenómenos nunca son unidades discretas de estudio, sino que conforman un tipo de“multiverso” social. Cada investigación da cuenta de un trozo de la realidad, pero juntas hacen un mapa de los conflictos contemporáneos. En ese mundo donde la tecnología redefine nuestras relaciones en una identidad negociada en el espacio de la red y el poder simbólico continúa en juego, la comunicación puede aparecer como una forma de interpretar aquello que nos está sucediendo como sociedad.

Desde esta perspectiva, la pregunta del sentido de la dirección que toman los comunicadores sociales tiene una respuesta clara: la investigación va hacia la vida cotidiana. Porque es ahí donde se hace visible la grandeza de los procesos globales. En una conversación con la inteligencia artificial, en un perfil de una aplicación de citas, en la conducta de un conductor de coche que ignora un semáforo aparecen dinámicas culturales, económicas o tecnológicas que dan forma a la forma como vivimos.

Teniendo en cuenta esta mirada hay un cambio de considerable en la forma de investigar. La comunicación había estado históricamente ligada al estudio de los medios tradicionales. Hoy en día el campo se ha ampliado para abordar escenarios muy difusos: la calle como sistema simbólico, las redes sociales como espacio de construcción de identidad, la IA como compañero conversador o las plataformas digitales como mercados de relaciones y de reconocimiento.

En vez de asociar la comunicación a la transmisión de la información, también se van vinculando las prácticas con el proceso de producción de realidad, en el sentido de que comunicarse no solamente puede ser entendido como un recurso para narrar el mundo, sino que también puede ser entendido como uno de los modos que tiene la intervención humana para construir realidad.

Por esta razón no debe sorprender que muchas investigaciones actuales atiendan a acercamientos interpretativos y críticos que buscan, más allá de medir fenómenos con números, entender el significado de estos fenómenos. Por ejemplo, el estudio del comportamiento del tráfico en un sector de la ciudad puede comportar un estudio de la práctica cultural y de las relaciones de poder en el espacio público. O bien, estudiar las interacciones entre jóvenes y ChatGPT puede visibilizar nuevas formas de diálogo y de relación con la técnica. La investigación sobre el efecto Matilda permite cuestionar las estructuras que han invisibilizado históricamente a las mujeres en la ciencia.

No está exenta de tensiones esta apuesta por la interpretación. La academia, el lugar donde lo que se pueda cuantificar se considera más riguroso; muchos investigadores sienten la presión de recurrir al número, a las estadísticas para validar los resultados de su investigación; no obstante, que las personas den sentidos a sus experiencias es sin duda también una forma de conocimiento profundo. Al tiempo que las investigaciones que aquí se muestran, nos muestran también que los fenómenos digitales no se pueden analizar sólo desde las interacciones individuales; detrás de cada red social, aplicación o plataforma, hay estructuras económicas que también forman parte del funcionamiento de estas.

Las economías de plataforma y el capitalismo de datos son ejemplos de cómo determinan, en gran medida, cómo circula la información, cómo se construyen las identidades en el ciberespacio o cómo se vehiculan las relaciones de las personas en el ciberespacio.

También hay otro asunto presente en la mayoría de estos estudios, que es el de la identidad.En los diferentes lugares de estudio —la calle, la ciencia, la escritura, las redes sociales—los sujetos buscan reconocimiento y legitimidad. Así, el conductor que desafía el bien público de controlar conductas en la ciudad pone de manifiesto una forma de pertenencia territorial; la mujer que se autoidentifica como científica que hace visible su invisibilidad busca un lugar en la historia; alguien que realiza autoedición defiende su voz al discurso de la industria editorial; alguien que discute con una inteligencia artificial redefine lo que significa hablar con el “otro”.

Las preguntas no llegan a surgir de forma abstracta. Surgen de las experiencias concretas, próximas, de las vivencias de quienes investigan. A lo mejor aquí está su mayor valor, esto es, que investigar no es aprender teorías remotas, sino interpretar críticamente el mundo que ocupamos.

Pero claro que todavía queda una tarea posible. Muchas de estas reflexiones podrían fortalecerse en la medida en que dialogaran más con autores y enfoques atinoamericanos que puedan dar forma a estos debates en nuestras realidades sociales, culturales y económicas. Esto significa que para entender la comunicación de América Latina necesariamente hay que entender que nuestras experiencias, nuestras ciudades y nuestras desigualdades también producen conocimiento.

Lo que evidencia concretamente el resultado de estas investigaciones es algo más que un esfuerzo académico, pues representan el hecho de que, hoy, estamos transitando un momento histórico marcado por determinadas tensiones con las que se van enlazando tecnología, identidad y poder de formas cada vez más complejas. Y quizás por eso estudiar la comunicación en la actualidad significa otra cosa, pues no se trata simplemente de tratar mensajes o medios sino de irrumpir en los mundos que vamos construyendo y creando mientras nos vamos comunicando. Y en este proceso se genera una pregunta inevitable: si es que la comunicación puede dar cuenta de la realidad a la vez que disputarla y transformarla, ¿qué responsabilidad debe asumir aquellas personas que la investigan y la cuentan?

| Nota del editor *

Si usted tiene algo para decir sobre esta publicación, escriba un correo a: jorge.perez@uniminuto.edu

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