Por: Daniel Felipe Vega Bonilla, Tomás Alexander Camargo Martínez y Éduar Javier Medina Pacasuca
Editado por: Rizoma
El segundo tramo del río Fucha quedó al borde de reprobar los exámenes de salud ambiental. Según el Índice de Calidad del Agua (WQI, por sus siglas en inglés), un “termómetro” científico que mide de 0 a 100 qué tan sano está un cuerpo hídrico, este sector registró una calidad “marginal”
La escala va de “pobre” (por debajo de 45) a “marginal” (45 a 64), “aceptable” (desde 65) y “buena” (80-94). El cauce entonces no está muerto, pero se encuentra al límite de sus fuerzas, según encontró el Observatorio Ambiental de Bogotá, que midió allí 64 puntos en 2022 y 59 puntos en 2020.
La Secretaría Distrital de Ambiente reportó una mejora reciente en la Red de Calidad Hídrica de Bogotá 2023-2024. Por primera vez, ninguno de los cuatro ríos principales de la ciudad se ubicó en la categoría “pobre”.
Medio siglo de vertimientos
El deterioro del Fucha se aceleró a mediados del siglo XX, a la par con el vertiginoso crecimiento urbano e industrial de Bogotá. Durante las décadas de 1950 y 1960, el cauce comenzó a usarse como un colector gigante para aguas residuales, basuras domésticas y desechos fabriles.
Con el tiempo, la presión sobre el afluente aumentó y transformó varios tramos en canales contaminados. Un estudio de la Universidad Nacional Abierta y a Distancia (UNAD) de 2020 identificó 28 puntos de vertimiento en los tramos 1 y 2. La investigación midió oxígeno disuelto, demanda química de oxígeno y coliformes, entre otros parámetros.
Otro estudio, publicado en 2023 en la revista Tecnología y Ciencias del Agua, halló niveles críticos de oxígeno disuelto en el tramo 3 del Fucha, la concentración cayó a 0,17 miligramos por litro en sectores cercanos. Para entender la gravedad, es como si a una persona le redujeran el aire disponible al mínimo vital. Con tan poco oxígeno, los peces no pueden sobrevivir, la flora acuática se asfixia y el río pierde su capacidad de limpiarse.
La Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR) administra buena parte de la cuenca del río Bogotá. Sus informes señalan que la cuenca media concentra la mayor carga contaminante del sistema. El Fucha, como afluente de esa cuenca, contribuye a esa problemática regional. Hoy, uno de los puntos más críticos del río está en el segundo tramo.
Ese punto refleja el peso acumulado de décadas de contaminación y de respuestas institucionales insuficientes. El Fucha funciona, además, como un sistema hídrico conectado. Por eso, los problemas de un sector afectan la calidad del agua en otros tramos del recorrido.

Vivir junto a un río “normalizado”
En el sector de Ciudad Jardín, cerca del segundo tramo, un habitante de la zona describe el deterioro del río como parte de la rutina. Para muchos vecinos, la contaminación dejó de ser una novedad hace años. Jhon, líder del laboratorio de memoria y arte Flores de Balerío, camina esa zona desde hace 35 años. El líder nos cuenta que hoy existen tres vertederos de residuos sobre el río y que solo uno tiene, hasta ahora, un proceso para su retiro.
Ese dato, dice Jhon, muestra el poco interés institucional de los últimos años. Las jornadas de limpieza generan cambios momentáneos, pero el problema regresa pocos días después. La acumulación de basura y la falta de control sobre los vertimientos generan resignación en parte de la comunidad. Muchos habitantes ya no ven el río como un ecosistema vivo, sino como un elemento urbano ligado solo a la contaminación.

La mirada de la ciencia
El biólogo Jorge Rocha, del Jardín Botánico de Bogotá, advierte sobre el estado preocupante del río. Según explica, el deterioro del agua afecta tanto al ecosistema acuático como a la fauna y la flora de la ciudad. Esto se evidencia, en especial, en las aves que dependen de estos cuerpos de agua.
Un estudio publicado en la revista Biota Colombiana, del Instituto Humboldt, documentó 67 especies de aves en cuatro puntos del río Fucha. Diez son migratorias boreales vuelan miles de kilómetros desde Norteamérica y usan la vegetación del río como estación de descanso y cinco son casi endémicas.
Ese hallazgo respalda la advertencia de Rocha sobre la dependencia de las aves frente a estos cuerpos de agua. Los picos de contaminación comprometen el equilibrio ecológico de las zonas cercanas al segundo tramo. Sin embargo, Rocha destaca una salida: medidas estrictas de restauración ambiental y control de vertimientos abrirían un camino de recuperación ecológica para el río.
Iniciativas comunitarias sin respaldo institucional
La persistencia de la contaminación no depende solo de los vertimientos. También responde a la falta de articulación entre las entidades responsables y las iniciativas comunitarias. En 2016, el colegio San Cristóbal impulsó jornadas de limpieza y recuperación del afluente, según registró la Alcaldía Mayor de Bogotá en su página oficial. Sin embargo, estos esfuerzos no dieron fruto en el tiempo por la falta de un respaldo institucional claro y continuo.
La ausencia de coordinación entre las autoridades ambientales y la comunidad limita el alcance de estas acciones. Muchas de ellas dependen del voluntariado y de recursos reducidos. Esto evidencia una brecha entre las iniciativas locales y la capacidad de respuesta del Estado. Habitantes y colectivos también reportan botaderos informales en distintos puntos de la ronda del río. Esa observación, por ahora, no cuenta con un estudio académico específico que la respalde.
Para las iniciativas comunitarias y escolares, la recuperación del río exige participación ciudadana y apropiación del territorio. También requiere un respaldo real del Estado, más allá de limpiezas temporales.
La Secretaría Distrital de Ambiente señaló haber realizado controles a vertimientos en el canal San Francisco y el río Fucha, además de adelantar más de 1.500 monitores en la cuenca media del río Bogotá. Estas acciones institucionales contrastan con la percepción de abandono que describen los habitantes del sector.
El proyecto escolar “Río Fucha te quiero… más humano”, de la Escuela Normal Superior Distrital Montessori, busca ese mismo camino. Según la iniciativa, “la gestión ambiental debe construirse desde la experiencia colectiva y el reconocimiento del territorio”.

Un tramo que conecta toda la ciudad
El segundo tramo ocupa un punto estratégico en el recorrido del Fucha pues conecta sectores urbanos densamente poblados y concentra parte de los impactos ambientales acumulados en el sistema. El tramo funciona, además, como un corredor hídrico dentro de la ciudad. Para los habitantes cercanos, también representa un espacio de tránsito cotidiano marcado por el deterioro ambiental.
La cercanía del río con zonas residenciales y vías principales amplía el impacto de la contaminación. Ese impacto no solo afecta al ecosistema acuático: también influye en la percepción del entorno y en la relación de la comunidad con el territorio.
El reto pendiente
La crisis ambiental del Fucha no responde solo a factores ecológicos. También refleja dinámicas sociales, institucionales y culturales consolidadas durante décadas.
Los vertimientos constantes, la acumulación de residuos y la baja efectividad de las intervenciones muestran un problema que supera las acciones aisladas. La recuperación del río exige una estrategia sostenida, con seguimiento ambiental, educación ciudadana y compromiso institucional real.
Las iniciativas de la comunidad y de colegios como la ENS y San Cristóbal confirman un interés genuino por la ciudad y el río. Su meta es transformar esa relación. Sin embargo, estos procesos enfrentan límites claros sin respaldo técnico, recursos suficientes y continuidad administrativa.
El futuro del tramo depende de convertir esa preocupación ciudadana en políticas ambientales permanentes y verificables. El caso del Fucha deja una pregunta abierta. Si una ciudad no protege los ecosistemas que atraviesan su territorio, ¿hasta qué punto existe allí un desarrollo urbano sostenible?
Tal vez el reto real no sea solo limpiar el río. Tal vez el reto real sea que Bogotá abandone la costumbre de verlo morir sin escuchar lo que el río dice.
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