Hace 71 años, en 1955, la televisión colombiana fue testigo del nacimiento de un formato breve, austero y profundamente humano que terminaría por marcar la historia del país.
En apenas sesenta segundos, el padre García Herreros rompió los moldes de la televisión naciente. Sin escenografías complejas ni artificios, su mensaje directo invitaba a la reflexión, a la solidaridad y al compromiso con los más vulnerables. Lo que parecía un espacio religioso terminó consolidándose como una plataforma de conciencia social, capaz de interpelar a creyentes y no creyentes por igual.
Un minuto que se volvió acción colectiva
Con el paso de los años, el Minuto de Dios dejó de ser solo un programa televisivo para convertirse en un movimiento social y educativo. Desde sus mensajes cotidianos surgieron iniciativas concretas que respondían a las necesidades del país: vivienda digna, educación, comunicación comunitaria, cultura y desarrollo humano integral.
Ese espíritu se materializó en proyectos emblemáticos como el barrio Minuto de Dios, en Bogotá, y más adelante en la consolidación de la Organización Minuto de Dios, un entramado institucional que hoy integra universidades, colegios, medios de comunicación, obras sociales y procesos comunitarios a lo largo del territorio nacional.
A lo largo de más de siete décadas, el programa ha mantenido una premisa clara: la comunicación debe servir para transformar realidades. En tiempos de polarización, desinformación y consumo acelerado de contenidos, el Minuto de Dios ha persistido como un recordatorio de que la palabra —cuando es honesta y coherente con la acción— puede movilizar voluntades y construir tejido social.
Este legado también se refleja en los medios que nacieron bajo su inspiración, como la radio universitaria y comunitaria, que entienden la comunicación no como espectáculo, sino como servicio público, educativo y cultural.
Celebrar los 71 años de la primera emisión de El Minuto de Dios no es un ejercicio de nostalgia. Es reconocer la vigencia de una idea sencilla pero poderosa: cada palabra cuenta cuando está al servicio del otro. Aquel minuto de 1955 sigue resonando hoy en aulas, emisoras, barrios y comunidades, recordándole a Colombia que la fe, la ética y la comunicación pueden —y deben— traducirse en acciones concretas.
Setenta y un años después, el Minuto de Dios continúa siendo más que un programa: es una memoria viva y un compromiso permanente con la dignidad humana.








