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8,9 horas de “secuestro” digital: el dilema de los celulares en los colegios colombianos

Mientras el discurso público insiste en formar ciudadanos críticos, la vida cotidiana de los estudiantes transcurre bajo una hiperconectividad que supera incluso una jornada laboral.

En Colombia, la niñez y la adolescencia viven una paradoja silenciosa. Según cifras de la Comisión de Regulación de Comunicaciones (CRC), niños y adolescentes pasan 8,9 horas diarias frente a pantallas durante la semana, un promedio que rebasa el promedio global de 6 horas y 36 minutos de conexión.

Este dato no es una simple estadística, es un llamado urgente a repensar el aula. La pregunta es tan incómoda como necesaria: ¿estamos educando para la autonomía o entrenando la dependencia a los algoritmos?

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Alerta roja: un cerebro en construcción bajo el asedio de la dopamina

La discusión dejó de ser anecdótica. La evidencia científica y social coincide en que el impacto del uso excesivo del celular en edades tempranas no es marginal. Se asocia con ansiedad, depresión, dificultades de socialización y rezagos en el aprendizaje. Investigadores y líderes educativos advierten que las llamadas “sustancias digitales” activan bucles de dopamina diseñados para capturar la atención, de manera similar a otras adicciones.

El punto crítico es neurológico: el lóbulo frontal, responsable de la autorregulación, la toma de decisiones y el control de impulsos, el “CEO” del cerebro, no culmina su desarrollo hasta la adultez. Por esa razón, la sociedad establece límites claros para votar, conducir o consumir alcohol. Sin embargo, entregamos a niños y adolescentes dispositivos pensados para la estimulación constante, sin un marco pedagógico o cultural que los proteja.

El experimento de la desconexión: cuando los resultados hablan

Frente a la evidencia, algunas instituciones han optado por el principio de precaución: si existe riesgo de daño y la restricción no afecta negativamente el aprendizaje, regular es una decisión responsable. En Colombia, redes educativas como Uncoli han implementado restricciones al uso de celulares en el aula con resultados que califican como “extraordinarios”.

Los datos internos reportan mejoras en la satisfacción estudiantil, ambientes más tranquilos y una convivencia más sana. Tras los primeros días, marcados por ansiedad y resistencia, el craving o “hambre” por el dispositivo disminuye, y los estudiantes recuperan algo esencial: la capacidad de asombro y la conversación cara a cara.

Esta tendencia no es aislada. Países como Brasil y Chile ya aprobaron leyes para restringir smartphones en primaria y secundaria, alineándose con experiencias internacionales que priorizan la atención, la convivencia y el aprendizaje profundo.

¿Artesanos de la confianza o ingenieros del caos?

El debate no puede reducirse a una norma escolar. La coherencia del mundo adulto está en juego. Padres y cuidadores, muchas veces también atrapados por la pantalla, usan el celular como un “cordón umbilical” frente al miedo a emergencias. Pero cuando los adultos cenas y conversaciones transcurren mirando el teléfono, cualquier regla pierde legitimidad.

El impacto, además, trasciende el aula. Vivimos en un ecosistema digital donde los algoritmos premian el conflicto, el extremo y la polarización porque monetizan la atención. Algunos analistas hablan de “ingenieros del caos”: arquitectos de plataformas que maximizan el enfrentamiento. Ante ese panorama, la educación enfrenta un reto mayor: formar “artesanos de la confianza”, jóvenes capaces de dialogar, disentir y resolver conflictos sin intermediación permanente de una pantalla.

Más allá de la prohibición: el sentido pedagógico de regular

La tecnología no es el enemigo. Tiene un valor inmenso cuando se usa para crear, simular, investigar o producir. El problema surge cuando se reduce a consumo pasivo, redes sociales, entretenimiento infinito o contenidos inapropiados, en horario escolar. Regular no significa retroceder, sino devolverle propósito al aprendizaje y proteger la atención como un bien común.

Diseñar entornos inteligentes ,por ejemplo, lockers para celulares, horarios claros y usos pedagógicos definido, facilita la buena decisión. Confiar exclusivamente en la “fuerza de voluntad” de un adolescente frente a tecnologías adictivas es pedirle a un cerebro en formación lo que aún no puede dar.

Preguntas para nuestra audiencia

Desde UNIMINUTO Radio, dejamos abiertas algunas reflexiones necesarias:

  • ¿Cuándo fue la última vez que estuvo 48 horas desconectado y qué descubrió sobre su propia mente en ese silencio?
  • Si sabemos que el entorno condiciona el comportamiento, ¿por qué no diseñar aulas donde concentrarse sea la opción más fácil?
  • ¿Preferimos niños “tranquilos” frente a una pantalla o jóvenes que, incluso aburridos, aprendan a crear y a pensar?
  • ¿Estamos dispuestos a sacrificar la hiperconectividad inmediata para recuperar conversaciones humanas de calidad?

| Nota del editor *

Si usted tiene algo para decir sobre esta publicación, escriba un correo a: jorge.perez@uniminuto.edu

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