Agropal: del cultivo de coca a una economía amazónica que busca abrirse camino

Desde Puerto Colombia, Putumayo, campesinos de la asociación Agropal cuentan cómo han buscado construir alternativas productivas alrededor del cacao, los frutos amazónicos, la transformación de alimentos y la ganadería silvopastoril. El reto, dicen, no termina con sustituir un cultivo: comienza cuando hay que producir, transportar y encontrar quién compre.

En Puerto Colombia, Putumayo, el mapa adquiere otra dimensión. Allí, en una zona fronteriza con Ecuador y de difícil acceso, las distancias, la ausencia de vías y los costos del transporte condicionan buena parte de la actividad económica de las comunidades. Para los campesinos que viven en este territorio, hablar de sustitución de cultivos significa mucho más que cambiar una planta por otra.

Significa encontrar de qué vivir mientras una nueva actividad productiva empieza a dar frutos.

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Esa es una de las principales conclusiones de la conversación con Jesús Antonio Toro y Gerardo García, integrantes de Agropal, una asociación que reúne a 25 comunidades del corredor Puerto Vega-Teteyé y otros corregimientos del Putumayo. Su experiencia fue presentada durante la tercera Jornada de Ecología Integral de la Obra El Minuto de Dios, como parte de un encuentro dedicado a compartir experiencias de conservación, agroecología, producción campesina y ganadería bajo modelos silvopastoriles.

Una organización nacida en medio del conflicto

Jesús Antonio Toro llegó al Putumayo en 1991. Nacido en el Valle del Cauca, tenía 22 años cuando se trasladó a la Amazonía para trabajar en actividades agropecuarias. El cambio de territorio también significó enfrentarse a unas condiciones productivas diferentes a las que conocía.

Las tierras, el clima y los ciclos agrícolas eran distintos. El clima tropical húmedo, las lluvias y las características de la Amazonía obligaban a aprender otras formas de trabajar el campo.

Con los años, Toro fue adquiriendo experiencia en actividades agropecuarias y estableciendo relaciones con instituciones y organizaciones que trabajan en el territorio. Esa trayectoria lo llevó a vincularse con proyectos productivos y con UNIMINUTO, institución con la que, según relató, ha construido una relación de trabajo a través de iniciativas desarrolladas en la región.

La historia de Agropal está ligada a un momento particularmente complejo del Putumayo. Según explicaron sus representantes, la asociación fue creada en 1996, después de un paro cocalero ocurrido en la región.

En ese momento, el cultivo de coca constituía una fuente fundamental de ingresos para numerosas familias. Toro insiste en una distinción que considera necesaria para entender la realidad de las comunidades:

la existencia de los cultivos ilícitos está relacionada con las condiciones económicas del territorio y con la necesidad de las familias de obtener un sustento.

Desde esa realidad surgió la búsqueda de alternativas.

La asociación comenzó con siete personas y posteriormente fue creciendo hasta integrar comunidades y veredas. Una característica particular de Agropal, explican sus integrantes, es que su estructura no está basada únicamente en personas naturales. La asociación está conformada por veredas y comunidades que se vinculan al proceso colectivo.

Esa forma de organización ha permitido mantener una perspectiva comunitaria sobre los proyectos productivos y buscar alternativas para quienes quieren disminuir su dependencia de los cultivos ilícitos.

Sustituir la coca no significa simplemente arrancarla

La experiencia de Gerardo García permite entender una de las dificultades centrales de los procesos de sustitución de cultivos de uso ilícito.

Él mismo participó en un programa de sustitución y relata que tenía tres hectáreas sembradas con coca que fueron erradicadas. La expectativa era que esas tierras fueran posteriormente vinculadas a proyectos productivos de cacao, ganadería y otros cultivos amazónicos.

Sin embargo, después de más de seis meses, según su relato, las tierras permanecían sin una alternativa productiva consolidada.

El problema aparece entonces con toda claridad: la coca tiene un ciclo productivo mucho más rápido que los cultivos que se proponen como sustitutos.

García explica que la hoja de coca puede comenzar a recogerse aproximadamente seis o siete meses después de su establecimiento, mientras que el cacao requiere un proceso mucho más largo. Si el cultivo ilícito desaparece antes de que la alternativa produzca ingresos, las familias quedan expuestas a un periodo de incertidumbre económica.

Por eso, para los integrantes de Agropal, la sustitución debe estar acompañada de un proceso productivo completo. No basta con retirar el cultivo. Hay que garantizar que la nueva actividad pueda sostener a las familias mientras alcanza su etapa productiva.

La experiencia que describen también pone sobre la mesa una tensión entre los tiempos administrativos de los programas y los tiempos del campo.

Una hectárea puede desaparecer de las estadísticas de cultivos ilícitos en un momento determinado, pero eso no significa que esa misma hectárea ya esté generando alimentos, ingresos o empleo para la familia que la trabajaba.

Según García, en el proceso al que se refiere fueron arrancadas miles de hectáreas, pero muchas quedaron sin producción posterior. La cifra, por sí sola, no permite saber qué ocurrió después con los campesinos que dependían de esas tierras.

El territorio donde llegar también es parte del desafío

Puerto Colombia representa otra dificultad.

Toro describe la zona como uno de los lugares más apartados del país. Para llegar desde Bogotá, explica, el desplazamiento puede hacerse en avión hasta la región y luego continuar por carretera, río o lancha dependiendo del punto de destino. Desde Puerto Asís, los trayectos hacia las comunidades implican desplazamientos adicionales.

En esas condiciones, transportar insumos agrícolas, alimentos, maquinaria o productos terminados representa un costo considerable.

La dificultad no está únicamente en sacar la producción. También está en llevar hasta las comunidades aquello que necesitan para producir.

Por eso Agropal plantea una idea sencilla, pero decisiva: cuanto más se pueda producir localmente, menor será la dependencia de los productos que deben transportarse desde otras regiones.

Ese principio se aplica tanto a la alimentación de las familias como a la producción pecuaria y agrícola. Toro explica que uno de los esfuerzos de la organización consiste en avanzar hacia sistemas en los que las comunidades puedan producir buena parte de los insumos que necesitan y aprovechar procesos orgánicos desarrollados en el propio territorio.

Del cacao a los frutos amazónicos

La sustitución productiva que plantea Agropal no se limita al cacao.

El cacao ocupa un lugar central, especialmente por las posibilidades de transformación que ofrece. La organización ha trabajado en productos como chocolate de mesa y confitería, además de aprovechar diferentes frutos amazónicos.

Durante la Jornada de Ecología Integral, los representantes llevaron muestras de productos elaborados a partir de materias primas de la región, entre ellas harina de plátano y derivados del cacao.

También hablaron de frutos amazónicos como el arazá, copoazú, cacao maraco, sacha inchi, açaí y otros productos propios de la región.

La apuesta consiste en avanzar desde la producción primaria hacia la transformación.

Esto cambia la lógica económica. Una comunidad que vende únicamente una materia prima queda expuesta a los precios y condiciones que establezca el mercado. Cuando logra transformar parte de su producción, puede agregar valor y construir nuevos productos alrededor de ella.

Toro insiste, además, en una característica que considera fundamental: la elaboración de productos con ingredientes naturales y con procesos que buscan conservar las características de las materias primas amazónicas. En el caso del chocolate que llevaron a la jornada, explicó que se trata de un producto elaborado con cacao y sin los ingredientes con los que suelen mezclarse otros productos comerciales para aumentar su rendimiento.

La conversación permitió poner en circulación productos que todavía son poco conocidos para buena parte de los consumidores urbanos.

El desafío consiste ahora en que esa diversidad amazónica encuentre consumidores fuera del territorio.

La bioeconomía comienza por reconocer lo que ya existe

Para Agropal, hablar de bioeconomía no significa necesariamente introducir una actividad completamente nueva.

En buena medida, significa reconocer el valor económico y alimentario de especies que ya existen en el territorio y construir alrededor de ellas procesos de transformación y comercialización.

La Amazonía cuenta con una diversidad de frutos y productos que forman parte de la alimentación y de las prácticas tradicionales de las comunidades. El problema es que buena parte de ellos no tiene todavía una cadena comercial consolidada hacia las ciudades del interior.

Toro plantea que muchos de esos productos son desconocidos para los consumidores urbanos. Por eso considera que la divulgación y el contacto directo con nuevos públicos son fundamentales.

La experiencia también pone en discusión la manera en que se conciben los mercados. En las ciudades, los consumidores están acostumbrados a encontrar frutas y alimentos durante buena parte del año. En la Amazonía, en cambio, muchos frutos tienen ciclos de producción específicos.

El arazá, el copoazú y otros productos amazónicos no están disponibles de manera permanente. Su oferta depende de los ciclos naturales de floración, producción y cosecha.

Ese aspecto introduce una variable que para Agropal resulta fundamental: la comercialización debe aprender a respetar los ciclos de la naturaleza.

Cuando la comercialización se convierte en el principal cuello de botella

Los campesinos pueden producir. Pueden transformar. Pueden contar con maquinaria.

Pero todavía necesitan compradores.

Ese es, según Toro, uno de los principales problemas que enfrenta Agropal.

La asociación cuenta con equipos y ha desarrollado procesos de transformación, pero la llegada de los productos a los mercados urbanos enfrenta dificultades relacionadas con los requisitos sanitarios, la infraestructura, las cadenas de frío y las condiciones exigidas por las grandes superficies.

El problema no es necesariamente la ausencia de una capacidad productiva.

Es la distancia entre esa capacidad y el mercado.

Toro explica que existen experiencias en las que las organizaciones han obtenido registros y han avanzado en procesos de formalización, pero posteriormente encuentran dificultades porque las instalaciones no cumplen con todas las condiciones necesarias para comercializar en determinados canales.

La situación crea una paradoja: se les pide a los campesinos formalizar sus productos y competir en mercados más grandes, pero las inversiones necesarias para cumplir con todos los requisitos pueden superar las posibilidades económicas de las organizaciones rurales.

Por eso, para Agropal, la infraestructura de transformación y comercialización debe formar parte de cualquier estrategia de sustitución.

No basta con entregar semillas.

No basta con capacitar.

No basta con financiar una máquina.

La cadena debe llegar hasta el consumidor.

UNIMINUTO como aliado para visibilizar el territorio

En la experiencia narrada por los representantes de Agropal, UNIMINUTO aparece como uno de los aliados que ha acompañado iniciativas productivas y procesos de visibilización.

Toro recuerda visitas del equipo universitario a la región y menciona particularmente el trabajo desarrollado junto con el profesor Santiago Vélez. También destaca el acompañamiento de la Organización El Minuto de Dios en actividades y proyectos desarrollados con las comunidades.

La relación no se limita a la investigación o a la visita institucional. Para Agropal, la universidad puede desempeñar un papel adicional: ayudar a conectar las experiencias campesinas con consumidores, estudiantes, investigadores, empresas y otros posibles aliados.

La tercera Jornada de Ecología Integral se convirtió precisamente en uno de esos espacios.

Los productos amazónicos salieron temporalmente de su territorio y llegaron a una feria en Bogotá. Allí pudieron ser vistos, probados y conocidos por personas que, en muchos casos, nunca han tenido contacto directo con las comunidades que los producen.

Ese intercambio adquiere una dimensión económica, pero también educativa.

Una persona que conoce el origen de un alimento puede comprender mejor cuánto trabajo existe detrás de él, cuáles son sus ciclos de producción y qué condiciones necesita la comunidad que lo produce.

Una economía campesina que necesita juventud

Para los representantes de Agropal, el futuro del campo también pasa por las nuevas generaciones.

La preocupación por el abandono rural aparece de manera recurrente en la conversación.

García considera que una de las dificultades está relacionada con las oportunidades que encuentran los jóvenes fuera del campo. La ausencia de conectividad, tecnología y alternativas económicas puede hacer que las nuevas generaciones no encuentren razones suficientes para permanecer en sus territorios.

La solución, desde su perspectiva, no consiste en enfrentar campo y tecnología.

Por el contrario, plantea que el acceso a nuevas tecnologías puede ayudar a que los jóvenes encuentren nuevas posibilidades en las zonas rurales.

También considera necesario que conozcan los productos, los procesos productivos y las posibilidades económicas que ofrece la Amazonía.

La comercialización digital podría ser una herramienta para acercar a productores y consumidores, aunque el propio Toro reconoce que la tecnología sigue siendo uno de sus desafíos personales.

Su experiencia muestra una contradicción frecuente en las economías campesinas: existe una producción que podría encontrar nuevos mercados, pero no siempre existen las herramientas, conocimientos o condiciones de conectividad para llegar directamente a esos consumidores.

Ganadería y producción bajo una lógica silvopastoril

La experiencia de Agropal tampoco se limita a la agricultura.

En el territorio también se han impulsado iniciativas relacionadas con la ganadería y el mejoramiento genético.

Toro cuenta que trabaja en actividades agropecuarias y que ha adquirido conocimientos de inseminación artificial y mejoramiento genético a partir de su experiencia práctica.

Su trayectoria ilustra otra dimensión de los procesos campesinos: buena parte del conocimiento productivo no necesariamente proviene de una formación profesional formal.

Él mismo explica que cuenta con estudios básicos, pero que ha construido su conocimiento a partir del trabajo cotidiano y de la experiencia acumulada durante décadas en el territorio.

En la Tercera Jornada de Ecología Integral, esta experiencia se conecta con la búsqueda de modelos productivos que permitan combinar producción y cuidado ambiental.

La ganadería silvopastoril aparece allí como una de las alternativas que pueden integrarse a una visión más amplia del territorio, en la que la producción agropecuaria no se conciba separada de las condiciones ecológicas de la Amazonía.

El campo también necesita que sus productos sean conocidos

La conversación entre los representantes de Agropal y los participantes de la Jornada de Ecología Integral deja una pregunta abierta para consumidores, universidades, empresas y entidades públicas: ¿qué ocurre después de que una comunidad logra producir una alternativa a los cultivos ilícitos?

La respuesta de Agropal apunta directamente al mercado.

Si el cacao, los frutos amazónicos, la harina de plátano, el chocolate, la confitería y otros productos encuentran compradores estables, la sustitución puede adquirir una base económica más sólida.

Si no encuentran mercado, el productor vuelve a quedar expuesto a la necesidad de obtener ingresos rápidamente.

En ese punto, el tiempo vuelve a ser determinante.

La naturaleza tiene sus propios ciclos. El cacao necesita tiempo. Los frutos amazónicos tienen temporadas específicas. Los árboles y los sistemas productivos requieren cuidado antes de generar ingresos.

Los mercados, en cambio, suelen exigir disponibilidad permanente.

Acercar esas dos temporalidades es uno de los retos que enfrenta una propuesta de bioeconomía amazónica.

La sustitución como proceso y no como cifra

La experiencia de Agropal plantea una lectura concreta sobre la sustitución de cultivos.

Una hectárea erradicada puede convertirse en una hectárea productiva si existen acompañamiento, infraestructura, asistencia técnica, transporte, transformación y cadenas de comercialización.

Sin esos elementos, la sustitución puede quedar incompleta.

Para Jesús Antonio Toro y Gerardo García, el campesino no necesita únicamente que le digan qué debe sembrar. Necesita condiciones para que esa nueva producción se convierta en sustento familiar.

En Puerto Colombia, la distancia hace que cada etapa sea más compleja. Llevar insumos cuesta más. Sacar productos cuesta más. Construir infraestructura cuesta más. Acceder a mercados cuesta más.

Por eso la propuesta de Agropal parte de lo que ya existe en el territorio: comunidades organizadas, conocimiento campesino, frutos amazónicos, cacao, ganadería, procesos de transformación y una voluntad de buscar alternativas.

El desafío consiste en conectar esos elementos con políticas públicas sostenidas, aliados institucionales y mercados capaces de reconocer el valor de una producción que tiene detrás una historia territorial.

Una alianza entre territorio, universidad y mercado

La experiencia presentada en Bogotá deja también un llamado a las universidades.

Para Agropal, instituciones como UNIMINUTO pueden convertirse en puentes entre las comunidades rurales y los consumidores urbanos. Pueden ayudar a investigar, comunicar, formar, conectar actores y abrir espacios para que los productos campesinos tengan mayor visibilidad.

Pero la responsabilidad no puede recaer exclusivamente en las universidades.

Los representantes de Agropal reclaman presencia estatal, mejores condiciones de acceso, acompañamiento a los procesos productivos y mecanismos que permitan superar las barreras de comercialización.

También hacen un llamado a empresas y potenciales compradores.

La pregunta ya no es solamente cómo sustituir la coca.

La pregunta es qué economía se construye después de la sustitución.

En Putumayo, Agropal está intentando responderla desde el territorio: cacao en lugar de coca, transformación en lugar de venta exclusiva de materias primas, frutos amazónicos en nuevos mercados, ganadería con prácticas sostenibles y organización comunitaria como base de los proyectos.

El proceso todavía enfrenta dificultades. Sus propios protagonistas las enumeran: vías, conectividad, infraestructura, acompañamiento estatal, tecnología y comercialización.

Pero también hay una experiencia acumulada durante décadas.

Y hay algo que sus representantes consideran fundamental: el territorio tiene productos, conocimiento y comunidades dispuestas a trabajar.

Lo que falta es conseguir que esa producción pueda recorrer el camino que separa una vereda amazónica de la mesa de un consumidor en el interior del país o fuera de este.

Ese camino, en el caso de Agropal, es también el camino de la sustitución.

| Nota del editor *

Si usted tiene algo para decir sobre esta publicación, escriba un correo a: jorge.perez@uniminuto.edu

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