La cuenta regresiva para los tres conciertos de Bad Bunny en el estadio Atanasio Girardot, programados para el 23, 24 y 25 de enero de 2026, dejó al descubierto una cara menos festiva del turismo en Medellín. Mientras miles de fanáticos llegan a la capital antioqueña, los elevados costos del hospedaje y las cancelaciones de reservas encendieron una discusión nacional sobre los límites del mercado turístico.
La conversación digital se trasladó incluso al aeropuerto José María Córdova, donde viajeros registraron aglomeraciones y largas filas. Los videos, acompañados de audios humorísticos, reforzaron la percepción de un evento que desbordó la capacidad de respuesta de la ciudad, no solo en logística sino en acceso a servicios básicos como el alojamiento.
Más allá del tono jocoso, las críticas también apuntaron a prácticas como la cancelación de reservas hechas con meses de anticipación. Varios usuarios aseguraron que, tras anularse sus alojamientos, las mismas propiedades reaparecieron en línea con precios significativamente más altos. Casos como el de la creadora de contenido Kathrin Abdala, quien expuso tarifas cercanas a los 100 millones de pesos por pocos días de estadía, avivaron la polémica.
Desde el sector turístico, gremios reconocen que el fenómeno responde a la alta demanda generada por eventos masivos, pero advierten sobre la falta de regulación frente a cancelaciones y sobrecostos. Aunque la ley colombiana permite la libre fijación de tarifas, expertos coinciden en la necesidad de fortalecer los mecanismos de protección al consumidor.
Mientras Medellín se llena de música, visitantes y expectativas económicas, el debate deja una pregunta abierta: ¿hasta qué punto el auge de los grandes eventos justifica un mercado sin límites? Entre conciertos, memes y reclamos, la ciudad vuelve a enfrentar una discusión que se repite cada vez que un espectáculo internacional convoca multitudes.








