[Crítica] Donde comienza el río: Película que plantea una pregunta universal: ¿qué significa pertenecer?

Los estudios antropológicos de etnias en países con una inmensa riqueza pluriétnica como Colombia analizan la resistencia histórica, la territorialidad, los derechos colectivos y la diversidad cultural de las comunidades indígenas, afrodescendientes, raizales y palenqueras. Muchos documentales y largometrajes se han desarrollado a partir de investigaciones serias en un territorio tan cargado de multiculturalidad como el colombiano.

Por este interés en el territorio, en las juventudes desplazadas y en las identidades fracturadas, el director Juan Andrés Arango se embarca en un viaje donde la realidad social, la realidad política y la memoria, acompañadas de denuncias, se entrelazan en un cruce entre la ficción y la etnografía en la cinta Donde comienza el río, un relato dinámico y de gran calidad, que sorprende por su ritmo y por el acertado desarrollo de sus personajes.

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Tras cuatro años de investigación con comunidades Emberá en Bogotá, el director presenta un relato que visibiliza una realidad poco representada en el cine colombiano, que interroga al espectador sobre su propia mirada. La ciudad, lejos de un espacio neutro, absorbe a sus visitantes en sus problemáticas y se convierte en un paisaje sectorizado, donde cada plano funciona como representación de la fractura social a través del recorrido de sus personajes.

El guion se edifica desde lo no evidente, pero igualmente contundente: el desarraigo como herida abierta. La película se centra en Yajaira (Girleza Duave Cerezo), una joven Emberá que sobrevive en la capital vendiendo artesanías mientras cría a su hija (Ana Michell Nama Dumaza).

La ciudad se muestra como un lugar hostil, donde la protagonista articula dos mundos a través del personaje interpretado por Tomás González. Allí, la identidad indígena se diluye entre el ruido y la precariedad. El contraste entre el verde de la selva y el gris del concreto se convierte en eje visual y simbólico del filme: nostalgia frente a violencia, espiritualidad frente al tránsito y las problemáticas sociales.

Arango evita el exotismo y el folclorismo. Su cámara observa con sobriedad, sin subrayados melodramáticos, los gestos cotidianos de la supervivencia. El viaje de regreso al Río Andágueda se convierte en un acto de resistencia cultural, en la búsqueda de un lugar que es geográfico Y espiritual a la vez.

Uno de los mayores aciertos del filme es mostrar la diversidad interna de los Emberá como la Katío, Chamí y Dóbida, así como sus variantes lingüísticas y costumbres, enfrentadas a la homogeneización que la ciudad impone con sus grises violentos. Las imágenes invitan constantemente al espectador a cuestionar sus propios prejuicios frente a las comunidades que habitan las grandes urbes.

La espiritualidad ligada a la selva, los rituales acompañados de música y danza, y la educación de los niños en contacto con el territorio aparecen como recuerdos persistentes en la memoria de Yajaira. A medida que avanza la cinta, estos elementos se convierten en el recorrido visual de la espiritualidad de la protagonista. En Bogotá, esas prácticas se transforman y se adaptan, pero nunca desaparecen del todo, como lo evidencia Donde comienza el río.

La estética de Arango se caracteriza por la contención y la observación pacientes. Sin embargo, esto no hace a la cinta pasivamente contemplativa: al contrario, el dinamismo que le imprime es admirable. Desde la primera secuencia se evidencia el cuidado y la atención con que se trató la narrativa, con un ritmo que fluye constante, sin caer en lugares comunes ni en planos estáticos que marcaron parte del cine colombiano de años anteriores.

El río, filmado como metáfora de continuidad y memoria, se convierte en protagonista silencioso. La ciudad, en cambio, aparece como espacio de ruptura, donde los códigos de la selva no tienen cabida. Esta tensión entre naturaleza y urbe articula la puesta en escena y refuerza la dimensión política del relato: la migración interna como forma de violencia estructural. La película se nutre de mensajes y belleza gracias a la destacada dirección de fotografía de Nicolás Canicioni, que deja planos memorables en cada toma y eleva la categoría de la obra. Lo que podría ser una historia más sobre la problemática multicultural en Colombia se convierte en una referencia obligada en adelante.

Donde comienza el río trasciende la representación de una comunidad específica para plantear una pregunta universal: ¿qué significa pertenecer a un lugar y qué permanece de nosotros cuando estamos lejos de él? Como lo señala una premisa central de las escuelas de antropología jurídica y de los derechos étnicos en el contexto del Pacífico y la Amazonía colombiana: “Los derechos colectivos de los pueblos étnicos no son un regalo, sino una conquista histórica frente al exterminio físico, cultural y la violencia estructural”.

la historia de Yajaira condensa la experiencia de miles de desplazados que cargan con la memoria de un territorio perdido, y con la esperanza de un retorno. Arango logra que el espectador se reconozca en esa búsqueda, recordándonos que todos tenemos un lugar al que anhelamos volver. Juzguen ustedes.

| Nota del editor *

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