Baz Luhrmann regresa al mito de Elvis Presley con EPiC: Elvis Presley in Concert, no desde una luz nueva, ni poniendo en el cuerpo de otra persona sus movimientos y su energía irrepetible, sino desde el género del documental, que más parece un pretexto que un estilo ya que El rey se presenta sin artificios y sin ataduras desde un punto de vista que no sea el de sí mismo, para mostrar la pasión por lo que más le gustaba hacer: cantar.
Dentro de los registros musicales que guardaron su energía en cintas de video, Elvis Aaron Presleydejó constancia de la magia de la música desde su nacimiento, el 8 de enero de 1935, y la leyenda que los años han construido de tantas formas y desde tantos lugares, como el debate histórico sobre la apropiación cultural, señalando que popularizó música creada por artistas negros como Chuck Berry o Little Richard para un público blanco segregado, dejando un legado que solo era una idea prestada, pero esto es más de lo que dicen los registros, mucho más.

EPiC: Elvis Presley in Concert no es otro registro musical, es un testigo visual de la fuerza y del magnetismo de alguien que sentía la música en la sangre y nació para ello, convirtiendo una voz en un estilo y una imagen en un icono que entre brillantes, cuellos grandes en la solapa y gafas de gran tamaño, caminó un cantante que se erige como un ejemplo de cómo la memoria cultural es capaz de existir en las personas y en los ritmos de hace más de 70 años, que todavía hacen contonear a la cadera más rígida y al purista más comprometido.
Esta gran obra que da mucho más de lo que parece presentar, se construye a partir de abundante material de archivo con fotografías en diferentes momentos con atractivos collages, que muestran un personaje ágil e interesante que no necesita presentación, que acerca a la audiencia a su carácter personal, más allá de su música, porque todas estas grabaciones inéditas y fragmentos de conciertos en Las Vegas durante los años 70 son el reflejo de un sentir, para ofrecerle al espectador una experiencia sensorial que oscila entre lo íntimo y lo espectacular.

La puesta en escena no solo se remite al espectáculo, sino a la memoria. Luhrmann, fiel a su estilo barroco y vibrante, no se limita a mostrar a Elvis, sino a El rey en su esplendor y fuerza en escena, su coherencia musical y su liderazgo como un director de orquesta y maestro de ceremonias, envolviendo este paquete con un carisma legendario, gracias a que la película articula un discurso sobre la construcción de la superestrella, desde su pasión por la música proyectado desde su voz y el cuerpo de Elvis como espectáculo, mostrando y creando el mito y la vulnerabilidad como contrapunto. Luhrmann no solo presenta un homenaje, también propone uno de los interrogantes más visibles dentro de la vida de Elvis Presley como el peso de la fama y la fragilidad de quien la encarna.
EPiC dialoga con la contemporaneidad y vuelve a traer al personaje a la actualidad, para dar cuenta de que nunca se ha ido, ya que la inmortalidad está en la pantalla y Elvis es el sonido tiempo que renace cada vez que resuena en los oídos de alguien, planteando que el mito persiste porque encarna tensiones universales, como el deseo de trascendencia, y por debajo de la superficie, la soledad del artista y la comunión con un público que lo convierte en esa leyenda.

EPiC es un espejo de nuestra relación con la música, con la memoria audiovisual y con la emocionalidad que los sonidos convierten en historias que vienen de cientos de películas donde aparecen sus canciones, recordando que los ídolos no mueren, sino que se reinventan en quienes los escuchan. ¡Salud!








