En el marco del BIFF 12 llega la ganadora de la Palma de Oro en Cannes, la cual se construye como una metáfora visual y conceptual compleja que parte del significado literal del fiordo: esa hendidura profunda en la tierra, producto de la acción glaciar y la inundación marina, para exponer mensajes sobre las fracturas sociales, culturales y políticas de la actualidad. El fiordo, como geografía, es un espacio de encuentro entre lo sólido y lo líquido, entre lo que permanece y lo que fluye, y en este caso la película se convierte en símbolo de las tensiones sin resolver de la humanidad, de la imposibilidad de concilio que atraviesa la historia y su constante falta de conciliación, que parece provenir desde la misma naturaleza del ser humano.

La metáfora de la fractura social desde el paisaje noruego no es solo escenario, sino alegoría: un valle abierto por fuerzas naturales que recuerda cómo las sociedades han sido talladas por conflictos, migraciones y disputas ideológicas. Por eso se convierte en un punto de fuga el conflicto de que un gobierno como el noruego le quite la potestad de sus hijos por un supuesto maltrato desde el seno de una familia tradicional cristiana, nutriendo todos estos estereotipos sociales y poniendo sobre la mesa el debate que construye, intensifica y propone la cinta, en profundos cuestionamientos al espectador.
Tal vez sea por eso por lo que un país como Noruega es el marco perfecto, con toda su reputación y calidad de vida avalada por diferentes organismos alrededor del mundo, creando una contrariedad clave en el desarrollo de los mensajes de la cinta. La película, hablada en noruego, rumano e inglés, introduce una multiplicidad de lenguas como reflejo de la migración contemporánea y de la dificultad de construir un espacio común. El fiordo es, entonces, un lugar de tránsito y de frontera, donde las voces se cruzan, pero rara vez se escuchan, enriqueciendo la película en su concepto sin ser obvia. Da un tratamiento a este mensaje desde el tiempo, cuestionando al espectador si es posible que algún tipo de choque social simplemente se convierta en paisaje. Pero Fjord no solo se queda allí.

La migración y el debate político-cultural se presentan en distintas condiciones del migrante como figura central en el debate político actual. Fjord expone cómo las sociedades europeas y globales enfrentan la llegada del otro, no desde la empatía, sino desde la sospecha y la exclusión. La película muestra que la compasión se ha convertido en un ejercicio político restringido y se ofrece solo a quienes piensan igual, haciendo que todo dependa del partido que elija; mientras que las diferencias sistemáticamente se atacan mediante instituciones que protegen ideologías dominantes o lo que se cree dominio desde el pensamiento colectivo de cada uno. Por eso es tan complejo delinear una sola línea de pensamiento de la película, porque el procesamiento es de lo que tanto habla: no de tomar bando, sino de conciliar algo que parece ya sentado. Gracias a esto se construye un guion sólido de parte de Cristian Mungiu, el cual no deja nada al azar y cuyos personajes lo potencian.
La religión también aparece como otro de los campos de cultivo que alimenta el debate, ya que Mungiu no la aborda como fe, sino como estructura que legitima la exclusión. La película expone cómo, desde los púlpitos y las bancas, se señala al otro y se le convierte en objeto de juicio moral y político, mostrando de nuevo a la religión como un posible catalizador de la violencia simbólica, con un mecanismo que perpetúa la división en lugar de fomentar la reconciliación.

El eje de la cinta siempre es el constante debate, ya que, desde el lenguaje visual, ni los enfoques ni los tipos de plano toman partido por ninguno: la cámara es guía de la tensión, pero nunca muestra deliberadamente un bando o empatía por alguno. La cámara siempre se posiciona en el centro del plano o detrás de los personajes, como si el espectador solo fuera otra persona en esos espacios, sin pronunciar palabra, sin ser actor activo de lo que pasa, pero sí un constante observador.
Una cinta ganadora de la Palme d’Or invita a ser parte de la coyuntura contemporánea, donde preguntas como: ¿alguna vez hemos escuchado al otro? O, como señala Gaston Bachelard en La poética del espacio: “El espacio habitado trasciende la geometría y se convierte en lugar de la memoria y la imaginación”. En Fjord, ese espacio parece convertirse en una ruta violenta/pasiva, muy cerca al señalamiento que se puede ver en una oficina, en un aula de clase o cuando un grupo de personas señala a quien no piensa igual. Hace parte de la cotidianidad, pero no por ello está bien: solo se convirtió en paisaje, y la película invita a mirar con más detenimiento ese tipo de cosas para poder convertirnos en una mejor sociedad, más consciente y con un mejor pensamiento crítico.

También recuerda que la empatía y el buen trato hacia el otro no deben convertirse en gestos políticos, y que la conciliación social, política y moral sigue siendo una deuda histórica que cada uno debemos saldar a diario, sin cometer el constante error de seguir señalando al otro como algo cotidiano. Por eso es tan elaborado el apartado visual y, junto al director de fotografía, el rumano Tudor Vladimir Panduru, se cuida que ninguno de sus personajes tome demasiado protagonismo en sus 2 horas y 26 minutos, mostrando un panorama abierto de la situación, donde continuamente se vuelve importante que no hay héroes ni villanos. Se cuestiona al espectador, acostumbrado a juzgar y mirar al mejor postor desde su ideología particular. Mungiu logra no señalar ninguna con gran talento, y eso perturba constantemente a quien la está viendo.
La película dialoga constantemente con las tradiciones culturales occidentales, creando reflexiones donde las relaciones humanas parecen volverse frágiles y desechables. También evoca la crítica cinematográfica de autores como Lars von Trier, que han explorado la violencia latente en las comunidades cerradas, y el cine de Radu Jude, que cuestiona las narrativas nacionales y religiosas en Europa del Este, pero las pone en un panorama universal gracias a las contundentes actuaciones.

Por eso destaca Sebastian Stan interpretando a Mihai Gheorghiu, de expresión corporal rígida, estática, casi inquisidora, nutriendo los mensajes de la película; al igual que la impresionante Renate Reinsve, interpretando a Lisbet Gheorghiu, una mujer conservadora, limitada, contenida y de controladas expresiones, que logra encaminar a los personajes a proyectar el mensaje final y hacer aún más sólido el guion de Mungiu.
Fjord es una película que impacta porque convierte la geografía en metáfora política y cultural, y muestra a una sociedad valiosa por su buena acción como la noruega, llena de resultados y buenas estadísticas. No es perfecta, pero esto no se refiere a ese sector del mundo, sino a la humanidad misma, que, bajo una bandera, un “ideal” político o una religión, se cree con más méritos que otro. La cinta muestra cómo la humanidad tiene una grieta profunda desde siempre, creando un recordatorio de que la conciliación nunca ha sido alcanzada plenamente.

La película del rumano Cristian Mungiu, que tiene joyas como R.M.N. (2022) o Más allá de las colinas (2012), logra deconstruir la sociedad en un campo de batalla conceptual que no tendría por qué serlo, pero que, gracias a todas estas fronteras político-estructuradas por siglos, solo han funcionado para darle continuidad a los conflictos. No son abolidos, solo cambian de nombre para seguir causando las mismas consecuencias en una sociedad actualmente hiperconectada, pero más ciega y sorda que nunca. Puede que, de parte del arte y en este caso del cine, se promueva un cuestionamiento necesario para una sociedad fracturada, pero con un pensamiento crítico capaz de salir a flote en un mar de pensamientos impuestos. Juzguen ustedes.








