El cine de cada país tiene la capacidad de revelar parte de su cultura local, de su idiosincrasia y de sus particularidades, que en el caso de Colombia se trata de una franquicia de películas que intentan identificar una colombianidad, donde la sátira y la burla hacia sí mismo atrajo a un gran público que no está acostumbrado a escuchar historias de mayor profundidad y mejor elaboración en todos sus aspectos. Afortunadamente hay directores que no se quedan en fórmulas que las estadísticas avalan.

En los últimos años, directores colombianos vienen acuñando una narrativa propia que refuerza su enfoque hacia las historias que recrean la cultura local, que procuran no caer en estereotipos heredados del cine de los 80 y de los 90, con historias modernas y cercanas a un público más amplio. Un ejemplo es Adiós al amigo (2024), del director Iván Gaona, considerado uno de los hechos más importantes de la historia reciente del cine nacional.

Ahora, este director regresa junto a la productora Mónica Juanita Hernández con una película que, a primera vista parece ofrecer poco, y que al verla entrega muchísimo más: una historia sólida, que no se complica, que narra con talento y que le ofrece al espectador múltiples elementos que llevarse al salir de la sala.
Luis Tercero lleva a Gaona a demostrar que los años no pasan en vano y que su calidad visual aumenta en su proceso como cineasta. Con un guion también escrito por él, emotivo y personal, logra una destacada dirección de actores y una apuesta técnica sobresaliente que resalto, porque resulta refrescante ver cómo mejora la manufactura del cine nacional con los años.

La película cuenta la historia de Luis (Miguel Ángel Díaz), que se jubila tras 40 años como profesor de historia. Al no encontrar su lugar en la rutina diaria ni conectar con los planes de su esposa Amelia (Marina López), ni con los proyectos de su hijo Alejandro (Daniel Rivera), decide unirse a un grupo de pensionados para tocar el acordeón y dar serenatas en casas geriátricas.
Los personajes de Luis Tercero poseen un valor particular, especialmente Luis, cuyo arco emocional se expande a lo largo del metraje y se articula de manera natural con los demás personajes y subtramas. Este aspecto enriquece a Amelia y a sus nuevos amigos de la agrupación. Sin duda, los tres protagonistas, además de ser claves para el desarrollo narrativo, aportan emotividad, humor y cercanía, logrando que la historia se conecte con el espectador de forma personal. Asimismo, la música original de la cinta, compuesta por Edson Velandia, suma calidad a la narrativa y potencia la emotividad, llevándola cada vez más hacia un terreno íntimo y familiar.

Gaona retoma, con visión propia, muchos elementos del cine español y los acopla a su narrativa de manera hábil, haciéndoles, a mi parecer, homenajes constantes a al gran director Pedro Almodóvar. Usa recursos como la metáfora visual para vehiculizar sus narraciones y, que en este caso se materializa en un filtro amarillo que le confiere una atmósfera cálida, como en la ciudad de Bucaramanga, mostrada con belleza y serenidad. A diferencia de Almodóvar, que casi siempre busca generar una atmósfera pasional, Gaona rige el comportamiento de sus protagonistas hacia espacios que significan unión familiar y camaradería, en su mayoría esperanzadores para quien observa.
La película también se nutre de una coherente continuidad, algo que no es nuevo en el cine del director santandereano. Las elipsis, los cortes y la narrativa demuestran un buen montaje, que no opaca a ningún personaje ni relega a los secundarios a simples rellenos, esto sumado al humor local y al ritmo, que resulta humano y universal al final.

Luis Tercero tiene la virtud de hacer recapacitar sobre el valor del tiempo y el reconocimiento que cada persona les entrega a los seres protagonistas de su vida. Recuerda que el arte tiene un valor fundamental en las etapas de la vida, y que nada es para siempre. Luces tan brillantes como nuestros padres y madres son el motor constante de la existencia y pilares fundamentales para muchos de nosotros. Gaona, sin artificios y con sinceridad, quiso retratar un acto de cariño y homenaje a los suyos, que terminó convertido en una especie de abrazo colectivo en la sala de cine y, también en quienes lo quieran ver, o al menos eso espero. ¡Salud!








