[Crítica] Tierra de mi padre (Fatherland): Pawlikowski regresa con una obra que convierte la posguerra en un espejo de identidad y pérdida

Las ruinas son los vestigios, escombros o partes que quedan de un monumento o construcción destruida por el tiempo o las guerras, precisamente el tema del que se ocupa Tierra de mi padre (Fatherland), la más reciente película del director polaco Paweł Pawlikowski, que regresa luego de 8 años sin presentar obra, tras el reconocimiento por la maravillosa Cold War (Guerra Fría). El cineasta se embarca en una narrativa rigurosa y formal, desde una destacada elegancia estética que se compenetra con una emotividad intelectual que no resulta arrogante, sino necesaria para el eje narrativo de la historia.

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Tierra de mi padre se centra en la relación entre el escritor ganador del Premio Nobel, Thomas Mann (Hanns Zischler), y su hija Erika (Sandra Hüller), escritora y piloto de carreras. En el verano de 1949 padre e hija se embarcan en un viaje por carretera a bordo de un Buick negro que los conducirá a través de una Alemania en ruinas, desde la Fráncfort dominada por los estadounidenses hasta la Weimar controlada por los soviéticos.

Pawlikowski vuelve a preguntarse por la identidad y explora desde esa duda el exilio y la memoria europea de la posguerra, en el marco del regreso de Thomas Mann, de los escritores alemanes más importantes de su generación por el profundo análisis crítico que desarrolló en torno al alma europea y a una Alemania devastada, presentada aquí con gran altura técnica narrativa.

Con un apartado visual a partir de los hermosos recuadros y la belleza desde la dirección de fotografía del también polaco Łukasz Żal, que lo ha acompañado en otros grandes títulos como Ida (2013) y la magnífica Cold War (2018), la historia se impulsa sobre grandes composiciones que se suman cuadro a cuadro, sin dejar ninguna al azar, con una atmósfera adecuada para lo que representa la historia, con espacios llenos de melancólico vacío, progresiones pausadas, donde la acción entra al cuadro y la cámara se posa inmóvil en la mayoría de secuencias para que el espacio se quede como memoria y la acción se convierta en la determinante del ritmo.

Vale la pena resaltar que los planos secuencia de la película dictan el movimiento de los personajes no solo en sus espacios, sino en su avance dentro de su momento histórico, que siempre se movilizan entre ruinas, para mí, el concepto principal de la historia para Thomas Mann y para Erika Mann. Esto es evidente al inicio con ese bellísimo trayecto en el vehículo en plano secuencia que le muestra al espectador el mundo de los personajes, para evocar nuevamente lo que está devastado.

Pawlikowski propone nuevamente que se mire con atención el entorno porque dice muchas cosas, porque el mundo está en constante transformación, con dolores añejos, despedidas que llegan sin preguntar y eternos retornos simbolizados entre los grandes compositores del romanticismo como Beethoven, Schubert, Brahms y Wagner, que también fuera exiliado de la Alemania de 1849.

Tierra de mi padre vuelve a demostrar la potencia con la que Pawlikowski dirige, por su dedicación a la belleza de la imagen y al impacto que deja, no a la sorpresa inmediata ni al sobresalto de una imagen frenética, sino a lo que le deja a quien vea esta obra gracias a sus películas tienen la facultad de continuar reflejándose en me memoria del espectador, germinando la idea de fondo que plantea.

Esto lo hizo ganador del Premio a la Mejor Dirección (ex aequo) en el Festival de Cannes 2026, compartido con los directores “Los Javis” por la película La bola negra (2026).

Elegante, formal y elaborada, su narrativa es rica en matices y belleza, impulsada con actuaciones bien ejecutadas, que discurre entre la solemnidad y rigidez académica de la actuación del actor alemán Hanns Zischler, hasta la fortaleza, la entereza y la fragilidad expuesta por una maravillosa Sandra Hüller con su calidad y compromiso.

Una cinta que propone regresar a un hogar tras dieciséis años de exilio en Estados Unidos. Thomas Mann y los suyos no solo tendrán que enfrentarse a una patria dividida, sino a una profunda fractura en el seno de su propia familia, donde la memoria y la pérdida no tienen más remedio que convertirse en un recuerdo en el que los lugares conocidos no son los mismos, el mundo no es el mismo y las personas que habitan en él tampoco. Y como un mensaje pasajero, pero potente queda el arte, el único capaz de sostener aún un mundo conflictivo, pero con esperanza de ser mejor. ¡Salud!

| Nota del editor *

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