Por: Mayra Alejandra Morantes
Óscar Alejandro Cardona Sáenz nació en Bogotá. Su historia no es para nada común. Desde pequeño había algo en él que hacía que cada vez se acercara más al escenario. Mientras otros niños jugaban y actuaban como niños, a él le encantaban las excusas que lo acercaran a la actuación, como juegos que le permitieran disfrazarse y crear. Cuando entró al colegio de inmediato buscó algo que lo ligara a su pasión, y por esa razón creó un grupo de teatro, y además participaba en izadas de bandera actuando y bailando: hacía que todo estuviera a su favor para estar en escena, y sin saberlo, estaba construyendo su camino y la pasión que lo ha traído hasta el día de hoy.
Encontrarnos en el teatro fue sentir que él me compartió una parte de su vida sin siquiera decírmelo. A nuestro alrededor había personas con instrumentos, con hojas en la mano, algunos conversaban y, aun así, en medio del ruido, todos podíamos respirar la pasión que el arte puede ofrecer. Y en el centro de ese movimiento estaba él. Su sonrisa podía hacer sentir en confianza a cualquier persona que quisiera acercársele para hablarle. Su tez es trigueña, de estatura media, barba abundante y cabello negro rizado, con unos ojos cafés que trasmiten calma desde el primer momento.
Desde el comienzo fue auténtico, tal vez porque no intentaba demostrar nada más que lo que hacía. En el mundo hay muchas personas que hablan de su profesión con gusto y algunas otras con orgullo, pero son pocas las que lo sienten desde adentro, que a través de su profesión logran ligar su vida personal a lo que hacen, y Oscar Cardona es una de ellas. El lugar era ruidoso, pero bastó con una pregunta para que el ambiente cambiara, para que ambos pudiéramos sentirnos cómodos uno con el otro. Gracias a esto puedo contar su historia, una historia que no solo habla de la improvisación, del humor o de la actuación, sino desde la pasión, el miedo, la disciplina y, sobre todo, del amor por lo que hace.
Cuando salió del colegio tenía claro que quería dedicar su vida al arte. Su formación profesional comenzó en la Universidad Distrital, donde estudió Artes Escénicas con énfasis en actuación. Pero más que una carrera, fue un descubrimiento para él: “Ahí fue donde me encontré con este maravilloso mundo”, dice.
Antes de la universidad, una prima le sugirió tomar un curso de teatro. Lo que no sabía era que esa decisión, ese comentario iba a cambiarlo todo. La vida se encargó de llevarlo por el camino que deseaba y ahí fue donde entendió que no se trataba de un mero gusto, sino que había encontrado su vocación. Después, ya en la universidad, tuvo que, como él mismo dice, lanzarse al vacío y reconocer que no era fácil.
Algo que marca la historia de Oscar no son sus inicios en el teatro, sino su comienzo en el mundo de la improvisación, que llegó de pura casualidad, gracias a un grupo de compañeros inquietos, como les dice, que usaban este formato para divertirse en sus ratos libres después de clase. No acostumbraban a usar estructuras, ni libretos, simplemente lo hacían con lo que podían. Ahí, como recuerda, encontró la libertad para poder expresarse.
La improvisación, y más en el humor, no es solo hablar rápido, sino también encontrar la forma de escuchar, confiar, fallar y volver a intentarlo una y otra vez. Aceptar que se equivocó mil veces nunca fue un problema para él, sino un regalo para aprender de lo que estaba haciendo. Pero no todo fue tan fácil de aceptar en el proceso.
En sus inicios, enfrentó miedos que muchas veces lo hicieron dudar y pudieron haberlo detenido: profesores que cuestionaban su talento y que muchas veces le dijeron que no había nacido para eso, castings donde los directores se encargaban de hacerle saber que le faltaba experiencia para enfrentarse a algo tan grande como eso. Recuerda una ocasión en especial cuando en Caracol Televisión, siendo muy joven, por los días cuando ni siquiera había terminado la universidad, que no logró memorizar un libreto por los nervios: “Salí de ahí sintiendo que no servía para esto”, recuerda.
Sin embargo, el tiempo, la práctica y la experiencia le enseñaron algo: no siempre se trata de ser el mejor sino de saber que a pesar de las dificultades, lo mejor que se puede hacer es seguir intentándolo, preparándose y entendiendo que cada persona tiene un proceso y un camino diferentes.
Hubo momentos en el escenario en los que sintió miedo, como la vez que tuvo la oportunidad de estar en una competencia de improvisación en Barranquilla, donde se quedó en blanco. Recuerda sentirse pequeño frente a improvisadores más rápidos y experimentados, así que su mente le jugó en contra y se bloqueó: no supo que decir. Hoy lo recuerda con tranquilidad e incluso con humor, pero en ese momento llegó a cuestionarse. Sin embargo, con el tiempo entendió que todo hace parte del proceso y que incluso los mejores han pasado por ahí.
También ha pasado por momentos que le recuerdan por qué eligió ese camino, como cuando en una de sus presentaciones vio a lo lejos una bandera de Colombia en un teatro en España, o cuando representó a Colombia en un torneo de improvisación en Perú y ganó con su grupo, o la vez que tuvo la oportunidad de llevar el teatro a un pueblo al que nunca había llegado.
Uno de los momentos más significativos tiene que ver con la muerte de su padre. Poco tiempo después de que falleciera, tuvo que interpretar a un personaje que también enfrentaba una pérdida, en este papel tuvo que hacer un monólogo con un caballito de madera, que casualmente, como le dijo su madre días después, se parecía mucho a uno que su padre le había regalado cuando era bebé: “Fue como un regalo de él, porque me estaba demostrando que aún estaba conmigo”, dice.

Su largo recorrido lo ha llevado a grandes y diferentes lugares del mundo: desde pueblos en Colombia donde el teatro no existe, hasta países como España, Perú, Cuba y Estados Unidos. Pero más allá de los viajes y las experiencias que ha tenido, lo que realmente lo ha marcado son las emociones que se viven en cada función. Para él, no se trata de solo salir y actuar. Todo empieza incluso desde que se levanta el día de una presentación. Tiene un ritual en el que intenta mantenerse en calma todo el día, siendo consciente de que cada pequeña acción puede reflejarse en la presentación. Desayuna tranquilo, intenta ponerse ropa que le guste, para él, todo cuenta. “Todo se transmite”, dice.
Habla del público como si fuera parte de su vida: “Sin público no hay nada”, afirma. Para él, cada presentación es un regalo y la forma en la que entrega una parte de sí mismo. No le gusta correr ni sentir afán, y aprendió con las malas experiencias que la impuntualidad puede costar oportunidades importantes, así que llega temprano. Cuando está en el teatro, en su camerino, cuida su cuerpo, su voz, su respiración y en su vida en general, intenta evitar hábitos que puedan afectar su instrumento de trabajo que es su mismo ser.
Antes de salir, hay un momento en el que, a solas, agradece, respira y hace una pequeña oración. Siempre agradece estar a punto de salir a la tarima, que, para él, es un privilegio que no muchos tienen. Luego sale y todo su ser se transforma, y aunque no se reconozca a sí mismo como extrovertido, sino más bien como tímido y reservado, en escena se vuelve libre, como si su mente y cuerpo reaccionaran sin miedo y las palabras simplemente fluyeran. Con el tiempo esto se ha vuelto más fácil; ha aprendido a escucharse y a confiar en él mismo y en su talento.
Salir al escenario no es solo hablar sin pensar, es estar presente, escuchar a sus compañeros y confiar que lo que sea que salga, incluso si es un error, tiene valor. Para él, los errores son regalos, son oportunidades para hacer de sus shows experiencias más reales: “Si entro en estado de juego, no me bloqueo”, dice.
Además de dedicarse al teatro y a la improvisación, Oscar decidió compartir su conocimiento y experiencia, por lo que decidió enseñar. Para él, esta ha sido quizás una de las mejores cosas que le ha podido regalar este mundo, una de las huellas más importantes que ha dejado que consiste en tener la oportunidad de ayudar y cambiar a sus estudiantes.
Habla de ellos con cariño y recuerda a aquellos que, al principio, llegan a sus clases con miedo y con el tiempo se abren completamente. Recuerda en especial a una estudiante que después de ser muy introvertida, al finalizar sus estudios se le acercó llorando y le agradeció por haberle salvado la vida. Para él, es eso lo que lo llena y lo hace ser más feliz con su profesión
Óscar Cardona se describe en tres palabras: real, honesto y liberador. Porque al final, su historia no es solo la de un actor o humorista, sino la de alguien que encontró en el escenario un lugar para ser libre, un espacio en donde se puede encontrar con sus emociones y con él mismo.








