De patito feo a Cosa Fea

Por: Diego Camilo Lizarazo Avellaneda

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Son las siete de la noche en el Parque de los Hippies, en Chapinero. El frío de Bogotá se siente. Más de cincuenta personas están reunidas en un círculo irregular que todos respetan. Dos raperos se miran de frente, el beat suena y justo antes de que empiece la batalla una voz lo cambia todo.

—¡Oiga! ¡Se lo damos!

La gente responde en coro, primero uno, luego diez y finalmente todos al mismo tiempo.

—¡Bendecidos por el rap, por la música underground, por el arte de las calles!

El que grita es Ryuk Trujillo, pero en las plazas de freestyle nadie lo llama así, todos lo conocen como Cosa Fea. La historia del apodo no nació en una plaza ni en una batalla, nació frente a una televisión, mientras miraba una novela.

A Ryuk le gustaba la serie televisiva El cartel de los sapos. En uno de los capítulos, El cabo, uno de los personajes más importantes le dice al Guadaña, su interlocutor, cosa fea de insulto, pero Ryuk no lo tomó como insulto, lo tomó como algo propio. “Yo siempre he sido como el patito feo de la familia”, entonces cuando escuché eso no me chocó, al contrario, sentí que encajaba conmigo”, cuenta con tranquilidad.

“Y lo que uno siente que encaja, lo adopta: empecé a saludar a mis amigos “¿Qué más cosa Fea?”. ¿Cómo está cosa fea?”. Al principio era un chiste del parche. Luego ellos empezaron a decirme así, y ya se volvió mío, me gusta ser original”, explica mientras sonríe. Algo que vino de una novela, de una frase que supuestamente era un insulto, terminó convirtiéndose en una identidad, y esa identidad, con el tiempo terminó llenando plazas.

Si nunca se ha ido a una plaza de freestyle, tal vez no se entienda muy bien qué hace el host. Primero, el freestyle es rap improvisado, un escenario donde dos personas se enfrentan mediante la creación de rimas en tiempo real; muchas veces los contrincantes se atacan entre sí con rapidez, mientras que el público grita, aplaude, corea. Las batallas pueden durar unos minutos o convertirse en históricas. Pero esa puesta en escena necesita de alguien que lleve el ritmo, de alguien que prenda la plaza antes de que empiece, que la mantenga viva mientras pasa y la cierre sin que nadie quiera irse, y esa tarea la desempeña el host.

“El host es el maestro de ceremonia”, explica Ryuk, “el que presenta al freestyler frente al público, el que hace el conteo, el que contagia la energía, no solo la del rapero, también la de la gente, es el que hace que la batalla se prenda de verdad”.

En pocas palabras, sin freestylesr no hay batalla, pero sin host, la batalla no tiene alma, es como un partido de futbol sin estadio, y uno con estadio lleno, el host es el estadio. Y cuando el público está frío, cuando nadie tiene ganas, Cosa fea tiene su método: “Primero les doy odio” dice, y suelta una carcajada. “¿Están dormidos, enconchados? Los pongo a todos a levantar la mano, los hago gritar, genero ese ambiente que merece la plaza, la energía rebota, si botas buena energía, esa va a rebotar, si botas mal, pues esa misma llega”.

Ryuk no llegó al freestyle siendo host, llegó como muchos, parchando, yendo a las plazas. Durante años fue parte de La cabaña freestyle, una de las primeras ligas en Chapinero. Después llegó Horda libre la 60 los jueves en el Parque de los Hippies, que hasta hoy es su casa. Lleva años en esto, más que todo parchando: iba, miraba, aprendía, se quedaba, veía a otros en el centro mientras él estaba alrededor, sin un papel claro, sin saber todavía cuál era el suyo.

Ser host no estaba en el plan, pero un día, en 2019, Arkan, el host titular de Horda se enfermó, y uno de los organizadores lo miró y le dijo: “Hágale, que a usted la gente le copia y le hace caso”. “La verdad lo dudé, no sabía si estaba listo, no sabía si era lo mío, pero igual decidí intentarlo”, confiesa.

Se paró al frente con nervios, sin libreto, sin saber exactamente qué hacer, pero había algo que llevaba adentro desde hacía tiempo, ese coro: “Bendecidos por el rap, por la música underground, por el arte de las calles”. Era su frase de batalla, que llevaba más de 15 años atorada en su garganta.

Cuando la soltó, la gente respondió como si ya lo conociera: “Ahí fue donde le cogí amor a esto”.

Cosa fea compara esta situación con su niñez cuando quería jugar futbol; le gustaba este deporte, pero al lado de sus amigos no era el mejor, entonces se metió de arquero para destacar, para figurar desde otro lugar. En el freestyle le pasó igual: no fue el mejor rapero en las batallas, pero encontró el lugar en el que podía brillar de otra forma, porque ser host no es solo pararse a gritar o animar, es algo más personal, algo que no se nota desde afuera. “Para mí esto es una catarsis”, confiesa Cosa fea, “es mi desahogo, mi forma de ser gritón, de ser payaso, de bailar, de gritar, de sentir el beat, ahí puedo ser yo, ser host es lo más chimba que hay”.

“Nada de eso pasó de un día para otro: hubo proceso, tiempo y constancia; en el freestyle es necesario estar ahí, insistir, ir a aprender, fallar, volver, es no irse cuando las cosas no salen como uno quiere”.

Cosa fea habla de los momentos difíciles; por ejemplo de las veces cuando llega la policía cuando están terminando una batalla, de los problemas en la olla, y recuerda un día cuando miembros del Tren de Aragua le pegaron a uno de sus parceros, y él no se quedó quieto, se paró firme y a los ocho días llegó el líder de la banda: “Me dijeron, venga mono hablamos usted y yo, y luego dijeron que ya no habría problemas. Que nos iban a cuidar”.

Recuerda que otro día llegaron treinta policías mientras había alrededor de sesenta personas cantando el coro de Cosa fea a todo pulmón, contando hacia atrás del diez al uno, sin querer irse antes de que el arte terminara: “Para mí eso es muy bonito porque el rap es revolución artística popular, es resistencia. No estamos delinquiendo, estamos haciendo arte” dice.

Entre las anécdotas más chistosas, una que no olvida, tiene que ver con que un día estaba hosteando en el Parque de la 60; había más de cien inscritos, era el 420 y el lugar estaba a reventar, cuando un árbol se desplomó: “Cayó hacia atrás, gracias a Dios” y hace una pausa y se ríe: “si hubiera caído hacia adelante, la situación habría sido más chistosa y peligrosa al tiempo”.

Cosa fea no habla de su vida personal con mucho detalle, pero hay una frase que dice con calma, una calma que pesa mucho: “El freestyle me volvió a dar vida después de que casi me muero; estuve a punto de perder mi vida dos veces, y en esos momentos el fresstyle me dijo que estaba hecho para otras cosas”. Por eso el coro que ha cantado durante más de quince años no es solo una frase de hype trasnochado, para él es una verdad, su verdad.

“Somos bendecidos por el rap, por la música ounderground, por el arte de las calles, porque eso nos cambió la vida a muchos, nos sacó de lugares donde no merecíamos estar: a mí me dio el amor y el apoyo que muchas veces no sentí en otro lado”.

Hoy, Cosa fea ya no hostea solo en la 60. Es el host de la Liga de Boxeo de Bogotá. Ha pasado por eventos con más de 20.000 personas en Corferias, ha representado el freestyle en ferias como el Motor Car Movement Show (MCM Show), en eventos distritales y escenarios donde mucha gente creía que el rap no tenía lugar. “Todo a pulso, todo a mérito, sin estar en la rosca, porque el honor y el trabajo arduo llevan lejos, eso es fijo, sí o sí”, dice con orgullo y sin arrogancia.

Su meta es clara, Red Bull, FMS, una liga internacional, lo dice como quien sabe que ya dio el primer paso y que lo que viene después solo depende de seguir caminando. “Cualquier artista que se para frente a ustedes en un escenario grande o pequeño, merece respeto, honor y admiración, muchas veces ni siquiera es dinero, sino el aplauso y reconocimiento que merecemos. No dejen de luchar por sus sueños. El mérito propio los lleva lejos”.

Y al final, todo vuelve a ese lugar, al lugar donde ese patito feo que alguna vez sintió que no encajaba, el que no estaba en el centro, el que veía todo desde afuera, el que todavía no sabía cuál era su lugar, porque esa historia no se borró, Se transformó. El patito feo no desapareció, aprendió a quedarse, aprendió a hacerse escuchar, aprendió a convertir lo que antes era un apodo en un nombre conocido en toda Bogotá.

Y ahora cada vez que alguien grita Cosa fea, ya no suena a insulto. Suena a respeto, suena a proceso, suena a alguien que encontró su lugar en medio del ruido. Porque a veces no se trata de dejar de ser el patito feo, se trata de entender que desde ahí también se puede llegar lejos.

| Nota del editor *

Si usted tiene algo para decir sobre esta publicación, escriba un correo a: jorge.perez@uniminuto.edu

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