La ecología integral fue el punto de encuentro. Durante varias horas, el Teatro El Minuto de Dios se convirtió en un espacio de conversación entre investigadores, docentes, estudiantes, comunidades rurales, organizaciones sociales y representantes de las distintas entidades de la Obra Minuto de Dios.
La tercera Jornada de Ecología Integral, realizada el 2 de octubre de 2026, no estuvo planteada únicamente como un encuentro académico. Su propósito fue mostrar experiencias que ya están ocurriendo en distintos territorios y, al mismo tiempo, preguntarse qué hace falta para conectarlas, fortalecerlas y convertirlas en parte de una agenda común.
La jornada tuvo como hilo conductor la invitación a “unirse a la conversación por la Casa Común”. Una conversación que comenzó con la reflexión sobre Laudato si’ y terminó en experiencias concretas: productores que buscan alternativas a los cultivos ilícitos, estudiantes que aprenden en el campo, investigadores que trabajan con microorganismos, colegios que desarrollan proyectos ambientales, comunidades que producen bioinsumos y personas que transforman ropa descartada en nuevas prendas.
Pasar de los avances a los compromisos compartidos
La apertura estuvo a cargo del padre Camilo Bernal, CJM, vicepresidente de la Corporación Organización El Minuto de Dios, quien planteó que la sostenibilidad no constituye una preocupación reciente dentro de la Obra.
Su intervención partió de una lectura histórica del Minuto de Dios. Recordó la preocupación del padre Rafael García Herreros por la dignidad humana y por la construcción de una comunidad sustentada en la presencia de Dios, el estudio y el trabajo. Desde esa perspectiva, explicó que la preocupación contemporánea por la sostenibilidad puede entenderse como una nueva etapa de un proceso que ha tenido distintas expresiones a lo largo de la historia de la organización.
El padre Bernal identificó una evolución que pasó por el trabajo social, la evangelización, la educación y, en las últimas décadas, una preocupación cada vez más explícita por la sostenibilidad y la ecología integral.
La tercera jornada tuvo precisamente ese propósito: reconocer lo construido, conectar iniciativas que se desarrollan en diferentes entidades y evitar que cada proyecto avance de manera aislada.
El padre Camilo Bernal presentó también los compromisos que El Minuto de Dios asumió alrededor de la COP16 de Biodiversidad realizada en Cali en 2024 y que posteriormente fueron renovados.
Entre ellos se encuentran la espiritualidad ecológica, una educación transformadora, el desarrollo y utilización responsable de tecnologías, la protección de la biodiversidad, la acción frente al cambio climático, la comunicación, la ciencia y la innovación y el desarrollo rural sostenible.
Uno de los datos presentados durante su intervención permitió dimensionar el alcance de ese trabajo: 191 iniciativas de sostenibilidad se encuentran actualmente en marcha dentro de la Obra.
La educación aparece como uno de los campos con mayor desarrollo. El 98 % de los colegios del Minuto de Dios cuenta, según la información presentada durante la jornada, con escenarios ambientales. Allí se desarrollan actividades de germinación, siembra, reciclaje, ciencia, ambiente y proyectos relacionados con la sostenibilidad.
La intervención también mostró iniciativas relacionadas con energía solar, transición energética, manejo del agua, agricultura familiar y regenerativa, mercados agroecológicos, biotecnología, desarrollo rural y comunicación.
Sin embargo, el padre Bernal hizo una advertencia: lo realizado todavía resulta insuficiente frente a la magnitud de los desafíos ambientales y sociales.
Por eso, la tarea no consiste únicamente en sumar proyectos, sino en conectarlos.
Los siete caminos de Laudato si’
Después de la apertura, Alirio Raigozo llevó la discusión hacia el marco conceptual de la ecología integral a partir de Laudato si’.
Su exposición permitió entender que la propuesta del papa Francisco no puede reducirse a una defensa de la naturaleza. La encíclica plantea una relación entre la crisis ambiental y la crisis social.
Raigozo explicó los siete objetivos que sirven como ruta para llevar esa propuesta a la práctica.
El primero es responder al clamor de la Tierra. Esto supone reconocer la dimensión de la crisis ambiental y actuar frente al cambio climático, la degradación de los ecosistemas y la pérdida de biodiversidad.
El segundo es responder al clamor de los pobres. La justicia ambiental está relacionada con la justicia social porque las poblaciones más vulnerables suelen enfrentar de manera más directa las consecuencias de la degradación ambiental.
El tercer camino corresponde a una economía ecológica, que obliga a revisar las formas de producir, consumir e invertir. En esta dimensión aparecen la economía circular, la producción sostenible y el consumo responsable.
El cuarto objetivo propone construir estilos de vida sostenibles. La transformación también pasa por las decisiones cotidianas: qué consumimos, cómo nos movilizamos, qué comemos y qué hacemos con los residuos.
El quinto camino es la educación ecológica, entendida como una transformación de la manera de enseñar y aprender.
El sexto es la espiritualidad ecológica, que plantea una relación diferente con la creación y reconoce también el valor de los conocimientos ancestrales.
El séptimo corresponde a la resiliencia y el empoderamiento de las comunidades, mediante la participación, la organización y el trabajo colectivo.
El planteamiento central de Raigozo fue que estos objetivos necesitan convertirse en decisiones.
No basta con conocer la crisis ambiental. Es necesario identificar qué puede hacer cada persona, cada institución y cada comunidad desde el lugar que ocupa.
La naturaleza también se escucha
El profesor Luis Alfredo Londoño Vélez, de la Universidad del Cauca, trasladó la conversación desde los conceptos hacia la relación cotidiana con los territorios.
Su intervención se concentró en la ecología integral, la agroecología, los ciclos de la naturaleza y los conocimientos ancestrales.
Uno de sus principales planteamientos fue la necesidad de superar la separación entre conocimiento científico y conocimiento territorial.
La ciencia tiene herramientas para analizar los ecosistemas, pero las comunidades que habitan un territorio también poseen conocimientos construidos a partir de la experiencia.
En esa relación aparece una pregunta fundamental: ¿qué puede aprender la academia de los territorios?
Londoño insistió en que la agroecología no puede reducirse a cambiar un producto químico por uno orgánico.
La transformación es mucho más profunda.
Implica comprender los ciclos del suelo, del agua, de los cultivos y de los ecosistemas, pero también las relaciones sociales, económicas y culturales que determinan la forma en que se produce.
Por eso habló de la importancia de aprender a leer y escuchar los ciclos de la naturaleza.
Los pueblos indígenas y otras comunidades ancestrales han desarrollado formas de interpretar esos ciclos y de relacionarse con el territorio que pueden aportar elementos fundamentales a las discusiones contemporáneas sobre sostenibilidad.
La pregunta para las universidades, entonces, no es únicamente cómo llevar conocimiento al campo, sino cómo establecer un diálogo en el que el campo también transforme el conocimiento universitario.
Agricultura regenerativa: recuperar el suelo para recuperar la vida
La participación de Milena Salgado, gerente de Fundases permitió trasladar la discusión sobre sostenibilidad a la agricultura regenerativa y la biotecnología.
La organización presentó una trayectoria que se remonta a varias décadas de trabajo con tecnologías biológicas para la agricultura.
La idea central es que la productividad no debe analizarse separada de la salud del suelo.
Un suelo degradado puede perder capacidad para producir, retener agua y sostener procesos biológicos. Por eso, la agricultura regenerativa propone recuperar las condiciones naturales que permiten que el sistema productivo mantenga su capacidad a largo plazo.
Durante la jornada también se presentó la experiencia de “Minuto de Dios sin Basuras”, orientada al aprovechamiento de residuos orgánicos.
La propuesta parte de una pregunta sencilla: ¿qué ocurre cuando aquello que consideramos basura deja de ser visto como un desecho y se convierte nuevamente en un recurso?
El tratamiento de residuos orgánicos puede producir materiales aprovechables para la agricultura y reducir la cantidad de residuos que llegan a los sistemas de disposición final.
La discusión volvió así sobre uno de los principios de la economía circular: mantener los materiales en uso durante el mayor tiempo posible.
Justicia socioambiental: el desarrollo rural más allá de la sustitución
El panel dedicado a justicia socioambiental y comunidades permitió escuchar experiencias de diferentes regiones del país.
Santiago Vélez, gerente de Desarrollo Rural Sostenible de UNIMINUTO, presentó el trabajo desarrollado en territorios como Putumayo y Catatumbo.
Uno de los casos fue el de Puerto Vega, en Puerto Asís, donde familias campesinas han trabajado en procesos de producción limpia de arroz.
La experiencia mostró que la transición hacia sistemas productivos sostenibles puede generar mejoras importantes en la productividad, pero también requiere asistencia técnica y acompañamiento.
El caso de Putumayo permitió además abordar directamente la sustitución de cultivos ilícitos.
Agropal: cuando sustituir un cultivo significa construir otra economía
Jesús Antonio Toro y Gerardo García, representantes de Agropal, compartieron la experiencia de comunidades de Puerto Colombia, Putumayo, que han buscado alternativas productivas frente a los cultivos ilícitos.
El cacao ocupa un lugar importante dentro de esas alternativas.
Pero el relato de los productores dejó claro que la sustitución no termina cuando se cambia un cultivo por otro.
El problema más complejo comienza después: ¿cómo garantizar que el nuevo producto genere ingresos suficientes para que las familias puedan sostenerse?
La producción necesita compradores, vías, asistencia técnica, transformación y comercialización.
De ahí que el proceso de sustitución tenga que entenderse como una estrategia integral de desarrollo rural.
Las comunidades no necesitan únicamente que les digan qué sembrar. Necesitan condiciones para que aquello que producen pueda convertirse en una fuente estable de ingresos.
La experiencia de Agropal puso sobre la mesa esa dimensión económica de la paz y de la sostenibilidad.
Catatumbo: alternativas productivas en territorios marcados por el conflicto
El panel también presentó experiencias desarrolladas en la región del Catatumbo.
Allí se han impulsado alternativas productivas relacionadas con café, ganadería, porcicultura, reforestación y otros procesos que buscan ofrecer opciones diferentes a las economías ilícitas.
El caso resulta particularmente complejo porque el territorio acumula décadas de conflicto, desigualdad y débil presencia institucional.
La experiencia mostró que los proyectos rurales necesitan continuidad.
Una intervención puntual puede generar resultados iniciales, pero si el acompañamiento desaparece, las comunidades vuelven a quedar expuestas a las mismas dificultades económicas.
La sostenibilidad, en estos territorios, también significa permanencia.
Jóvenes en el campo: aprender de quienes conocen el territorio
El panel “Jóvenes en el campo. Aprendizajes para una vida sostenible” puso a los estudiantes en el centro.
Participaron jóvenes de la Fundación Formemos y de procesos de Inmersiones Sociales de UNIMINUTO.
Las experiencias desarrolladas en Tena, Cundinamarca, mostraron cómo el campo puede convertirse en un espacio de formación para estudiantes universitarios.
Los jóvenes conocieron procesos relacionados con suelo, biodiversidad, café, producción pecuaria, residuos y biodigestores.
Pero el aprendizaje más importante no estuvo necesariamente en una técnica específica.
Estuvo en descubrir que las comunidades rurales tienen conocimientos que no siempre aparecen en los contenidos académicos.
La experiencia produjo un intercambio.
Los universitarios llevaron conocimientos desde la academia y, al mismo tiempo, recibieron aprendizajes construidos desde la práctica cotidiana.
En ese sentido, el campo también se convirtió en profesor.
La escuela como territorio de transformación
La jornada presentó posteriormente experiencias de estudiantes de los colegios Ateneo Juan Eudes, Minuto de Dios Ciudad Verde y Soacha para Vivir Mejor.
Los proyectos abordaron problemas relacionados con agua, residuos, biodiversidad, restauración, huertas y tecnología.
La importancia de estas iniciativas está en que los estudiantes no aparecen únicamente como receptores de información.
Se convierten en investigadores de sus propios problemas.
El proyecto ambiental escolar puede comenzar con una pregunta aparentemente sencilla: qué ocurre con los residuos que genera el colegio, de dónde viene el agua que consume la institución o qué especies viven alrededor de sus instalaciones.
A partir de esas preguntas se construyen procesos de investigación y aprendizaje.
La educación ambiental adquiere así una dimensión práctica.
Bioeconomía: Colombia tiene biodiversidad, pero necesita convertir conocimiento en desarrollo
El panel “Retos de la bioeconomía en Colombia” reunió a investigadoras de UNIMINUTO, la Universidad Nacional de Colombia y la Universidad de La Salle.
La primera discusión giró alrededor de la propia definición de bioeconomía.
No existe una única manera de entenderla porque sus posibilidades dependen de los territorios, sus recursos, sus capacidades científicas y tecnológicas y las necesidades de las comunidades.
La pregunta, entonces, no debería ser únicamente cuánto vale la biodiversidad.
También debe preguntarse cómo utilizarla sin destruirla y cómo convertir el conocimiento sobre ella en oportunidades de desarrollo territorial.
Uno de los principales desafíos identificados fue el paso de la investigación básica a la investigación aplicada.
Colombia tiene científicos, universidades y centros de investigación, pero todavía enfrenta dificultades para llevar los resultados de la investigación hacia procesos de demostración, escalamiento, producción y mercado.
La bioeconomía necesita precisamente ese puente.
Del laboratorio al mercado
Johana Regino presentó la perspectiva de política pública y explicó algunos de los campos que aparecen como prioritarios para el desarrollo de la bioeconomía en Colombia.
Entre ellos están los bioinsumos para la agricultura, los ingredientes y bioproductos, la restauración productiva, el aprovechamiento de biomasa, los productos forestales no maderables, los viveros y el aprovechamiento de residuos.
También señaló oportunidades relacionadas con el turismo de naturaleza, la generación de medios de vida y el desarrollo de sistemas de biodatos y trazabilidad.
Su intervención dejó una conclusión central: la bioeconomía necesita pasar del potencial a la materialización.
Para eso se requiere investigación, pero también financiación, infraestructura, articulación institucional, capacidad empresarial y acceso a mercados.
El conocimiento científico no produce por sí solo transformación económica.
Necesita un ecosistema que permita convertir una investigación en una solución aplicable.
Bioeconomía desde la agroecología
Nubia Carolina Higuera llevó el debate a las experiencias desarrolladas desde UNIMINUTO y, particularmente, desde la ingeniería agroecológica.
Su punto de partida fue entender la crisis ambiental como una crisis socioambiental.
Cambio climático, pérdida de biodiversidad, inseguridad alimentaria y deterioro de los ecosistemas no son problemas independientes.
Están conectados y producen nuevas formas de desigualdad y vulnerabilidad.
Desde la agroecología, explicó, la bioeconomía puede desarrollarse de manera integral.
La respuesta al clamor de la Tierra puede expresarse en restauración de suelos, conservación de biodiversidad y acumulación de carbono.
El clamor de los pobres puede abordarse mediante bioinsumos accesibles que reduzcan costos y dependencia de los pequeños productores.
La economía ecológica aparece en la valorización de residuos y en la economía circular.
Los estilos de vida sostenibles se relacionan con los mercados agroecológicos, el comercio justo y el consumo responsable.
La educación ecológica se desarrolla mediante escuelas de campo y formación de jóvenes investigadores.
La espiritualidad ecológica también puede encontrarse en el reconocimiento de la vida microscópica que existe en el suelo.
Y la resiliencia comunitaria se construye mediante experiencias como las biofábricas comunitarias.
La intervención mostró así que los siete objetivos de Laudato si’ pueden traducirse en líneas concretas de investigación y trabajo territorial.
Microorganismos, cacao y residuos: la biodiversidad como conocimiento
Higuera presentó además diferentes experiencias de investigación.
Entre ellas se encuentra el trabajo con la colección entomológica de UNIMINUTO, reconocida por el Instituto Humboldt, y las investigaciones relacionadas con microorganismos y bioinsumos.
Uno de los proyectos busca desarrollar un bioinoculante a partir de microorganismos asociados con sistemas agroforestales de cacao.
Otro explora el uso del lactosuero, un residuo de la producción de leche, como matriz para microorganismos con potencial para promover el crecimiento vegetal.
La lógica es transformar un residuo en un recurso.
También se presentaron experiencias de biofábricas comunitarias en Meta y Huila para producir bioinsumos localmente.
En este punto se cruzan varias de las discusiones de la jornada: biodiversidad, ciencia, educación ambiental, economía circular, agroecología, conocimiento comunitario y autonomía productiva.
Los Reporteritos: aprender a comunicar la sostenibilidad
La comunicación tuvo un espacio propio al final de la jornada con la participación de estudiantes del proyecto Los Reporteritos.
Juan Pablo Salabarrieta, estudiante de grado 11 del Liceo Mayor de Soacha, explicó que cerca de diez jóvenes participaron en el cubrimiento del encuentro.
Los estudiantes entrevistaron participantes, acompañaron paneles, registraron actividades y llevaron parte de la experiencia a la radio.
El proyecto forma parte de una estrategia de educomunicación presente en instituciones educativas de El Minuto de Dios.
Su importancia no está únicamente en producir contenidos.
También está en lo que ocurre durante el proceso.
Los jóvenes aprenden a formular preguntas, escuchar respuestas, trabajar en equipo, enfrentarse al micrófono y comunicar sus ideas.
Néstor Ballesteros Puerto, director de UNIMINUTO Radio, destacó precisamente esa dimensión pedagógica.
La experiencia permite desarrollar liderazgo y trabajo colaborativo, pero también superar el miedo a hablar y fortalecer una capacidad que resulta fundamental para la vida académica y profesional: saber comunicar.
La sostenibilidad necesita comunicación porque una experiencia que no se comparte difícilmente puede inspirar o ser replicada.
La comunicación también hace parte del cuidado
En el cierre de la jornada, el padre Camilo Bernal, CJM, retomó uno de los elementos que atravesó todo el encuentro: la comunicación.
Recordó que El Minuto de Dios nació vinculado a los medios y que, a lo largo de su historia, ha utilizado diferentes formas de comunicación: publicaciones, teatro, cuentos, radio, televisión, internet y redes sociales.
En ese sentido, la comunicación no es únicamente una herramienta para divulgar lo que hace la organización.
También es un espacio para construir conversación.
Los jóvenes que participaron como reporteros representaron, para el padre Bernal, una muestra de cómo las nuevas generaciones pueden apropiarse de estos espacios para hablar de sostenibilidad, inteligencia artificial, espiritualidad, emprendimiento y otros temas de interés colectivo.
La ecología integral necesita esa conversación porque requiere participación.
La moda circular: cerrar la jornada llevando la sostenibilidad a la calle
La jornada académica terminó con una experiencia que llevó la economía circular del escenario de las conferencias a la plaza del Minuto de Dios.
Una pasarela presentó 40 diseños elaborados con prendas no donables recuperadas por el Banco de Ropas y Roperos Minuto de Dios.
La colección tomó como inspiración el Metro de Bogotá y relacionó la movilidad urbana con la sostenibilidad, la inclusión y el aprovechamiento de residuos textiles.
El proceso involucró a diseñadores del SENA, firmantes del acuerdo de paz y personas privadas de la libertad.
La pasarela funcionó como una demostración concreta de uno de los principios discutidos durante la jornada: aquello que se considera residuo puede convertirse nuevamente en materia prima.
La economía circular aparece entonces no solo como una estrategia ambiental, sino también como una oportunidad productiva y social.
Una jornada que conectó experiencias que normalmente están separadas
La tercera Jornada de Ecología Integral dejó una imagen amplia de lo que significa hablar de sostenibilidad desde El Minuto de Dios.
No hubo una única respuesta.
Hubo productores rurales, investigadores, estudiantes, docentes, diseñadores, comunicadores y organizaciones sociales mostrando diferentes maneras de enfrentar problemas que están conectados.
Desde el Putumayo llegó la experiencia de comunidades que buscan construir alternativas a los cultivos ilícitos.
Desde el Catatumbo aparecieron procesos de desarrollo rural en territorios afectados por el conflicto.
Desde las universidades llegaron investigaciones sobre biodiversidad, microorganismos y bioeconomía.
Desde los colegios llegaron proyectos de educación ambiental.
Desde las comunidades rurales llegó conocimiento sobre producción y territorio.
Desde la comunicación llegaron los jóvenes que documentaron la jornada.
Y desde la economía circular apareció una pasarela construida con prendas que habían perdido su posibilidad de ser donadas.
El desafío que queda es articular esas experiencias.
La ecología integral no consiste solamente en sumar proyectos ambientales. Consiste en comprender que el suelo, el agua, la biodiversidad, la economía, la educación, la cultura, la justicia y la dignidad humana hacen parte de una misma conversación.
La tercera jornada mostró que esa conversación ya existe.
Está ocurriendo en los campos, en las aulas, en los laboratorios, en las organizaciones comunitarias y en los medios de comunicación.
El siguiente paso es hacer que esas experiencias se conozcan entre sí, encuentren puntos de conexión y puedan convertirse en procesos sostenidos de transformación.
Porque cuidar la Casa Común no empieza únicamente con grandes declaraciones.
También empieza con una decisión concreta: recuperar un suelo, cambiar una práctica productiva, reducir un residuo, escuchar a una comunidad, investigar una alternativa, enseñar a un estudiante, abrir un micrófono o darle una segunda oportunidad a aquello que parecía haber llegado al final de su vida útil.
Ahí, en esas decisiones, la ecología integral deja de ser un concepto y comienza a convertirse en una práctica.








