Por: Reichell Ávila
El emblemático teatro al aire libre de La Media Torta vibró ayer en una nueva edición del Tortazo Afrocolombianidad, un evento que transformó las graderías en una marea de baile, resistencia y orgullo étnico. Con un cartel poderoso que entrelazó las raíces profundas del Pacífico y el Caribe con las rimas de cambio, cientos de bogotanos se dieron cita para conmemorar el legado de las comunidades negras, demostrando que la memoria de los territorios se mantiene viva y con fuerza en el corazón de la capital.
La Tunda del Telembí, está propuesta musical de Katerine Maribel Quiñones, escritora, cantante y profesora, originaria de Nariño busca transmitir de manera oral y musical la tradicional de los pueblos afroamericanos y cimarrones de Colombia sobre la memoria, el territorio y la invisibilizarían de estas comunidades.
Dentro de su presentación se evidencia la fuerte tradición oral de los relatos de sus pueblos y ritmos del pacifico como la rumba de la marimba, el quimbamba, acompañados de danzas que provienen de los pueblos del Nariño y que no son reconocidas en lugares como la capital.
Después con Calzón al revés la cantautora nos cuenta una creencia sobre el enamoramiento por el perfume del pájaro macua, y como el calzón al revés puede repeler este aroma. Esta artista nos comparte un poco de los ritmos de Nariño, como la música ha sido una herramienta que atraviesa su experiencia en el mundo y que le ha permitido transmitir muchas de las tradiciones, la oralidad, la historia y la cultura de su pueblo. Hacia el final nos cuenta como muchos artistas del pacifico que traen a la capital los ritmos de su tierra mueren en el olvido y han dejado su tierra por la violencia, que afecta principalmente a comunidades marginadas. Y pese a esto si no fuera por los africanos que llegaron a las américas no tendríamos el arroz que fue traído escondido entre los turbantes de las mujeres y habla no solo de un acto revolucionario, sino también de la relación con la tierra y los alimentos.

Bullenrap, es un colectivo musical Proveniente de Montes de Maria, en el caribe colombiano. En donde los ritmos africanos, el rap y el bullerengue. En donde además de la música, las letras destacan como protagonistas, al relatar situaciones de la vida real que se viven en territorios como este, en donde la violencia y el desplazamiento forzado son parte de una realidad dolorosa pero cotidiana. Estas letras transmiten el dolor y la impotencia que genera en estos pueblos la guerra, y la violencia que deja detrás.
Dando como resultado una añoranza por permanecer y retornar al territorio, por la relación social que hay con la tierra, así como la búsqueda de La Paz y la significación de los pueblos, que aún hoy en día son oprimidos. La jornada fue un viaje sonoro sin filtros que demostró la inmensa diversidad de la música afro. El respeto por la tradición y la memoria oral se sintió en el alma con las presentaciones de La Tunda del Telembí, quienes, con la fuerza de los tambores, los cantos de río y el eco ancestral del Pacífico recordaron que la música es, ante todo, un territorio de resistencia y espiritualidad.
Antombo: Una experiencia sonora que nos invita a mover el cuerpo con los ritmos del dancehall, reggae y afrobeats. Mezclando estos géneros musicales como reflejo también de la mixtura de la cantante que proviene desde África central y del cesar en Colombia, también con Bisou refleja esta mixtura de cultural al ser una canción en francés. Su conexión con el público fue encantadora y definitivamente un cierre movido y alegre, después de artistas que nos invitaron a la reflexión social y cultura, cerrando esta edición de la afrocolombianidad en la media torta con profundas reflexiones sobre las regiones olvidadas, una Colombia racista, un Estado que mantiene comunidades en el abandono, pero principalmente una muestra de la música como resistencia.
Más allá de la música, el Tortazo se consolidó como un espacio político y cultural necesario. Entre canción y canción, los artistas alzaron sus voces para enviar mensajes de unidad, exigiendo el reconocimiento de los derechos de los pueblos afrodescendientes y celebrando la diversidad que enriquece a Bogotá. Los turbantes, las sonrisas y el baile colectivo dejaron claro que el mes de la afrocolombianidad no es solo una fecha en el calendario, sino una fiesta viva que se lleva en la piel.








