[Cronica] Ricardo Háchito: del tablero al fondo de la tierra

Por: Katiuska Háchito Rincón

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Cerca de la Serranía del Perijá, en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, se encuentra la Ciudad de los Santos Reyes, a la margen del Río Guatapurí.  Es Valledupar, en el departamento del Cesar, también conocida como la cuna mundial del Vallenato, género autóctono de la Región del Magdalena Grande y declarado patrimonio cultural inmaterial de la humanidad por la UNESCO en 2015.

Hablar de Valledupar es representar una cultura completa. Pero si bien esta ciudad tiene más que razones para ser reconocida como la Pilonera Mayor en la glorieta sobre la Avenida Simón Bolívar, el Río Guatapurí con sus aguas heladas y cristalinas, el Pedazo de Acordeón en la Carrera Novena de la ciudad, entre otras insignias culturales, hay otras características y pasiones que la hacen particular: sueños que quedaron en el pasado pero que muestran el deseo que una vez fue tan fuerte como el amor por la propia tierra.

Entre las calles irregulares de tierra y cemento que cubren la ciudad de arquitectura colonial y moderno tropical, creció Ricardo Alfonso Háchito Rincón, un joven pelayero, Cesarense de nacimiento y, en sus propias palabras, vallenato de corazón. Llegó con su familia: madre, padre y dos hermanos mayores huyendo de la violencia que azotaba a los municipios del departamento a principios de los 2000. Ricardo tenía apenas cuatro años cuando llegó a la ciudad y, como la mayoría de los niños nacidos en los noventa, atravesó un constante roce con los noticieros que mostraban la realidad hostil del país.

Ricardo nació el 16 de marzo de 1996 en Pelaya, Cesar. Cuando llegó a la ciudad que vio crecer a Compai Chipuco, sanjuanero inmortalizado por José María “Chema Gómez Daza, se interesó por las artes del vallenato: guacharaca, caja y acordeón. Pero fue a la edad de diez años cuando nació una nueva pasión, algo que dejaría atrás las aspiraciones de ser un artista en la música: un deporte que lo caracterizaría desde joven y que sería el sueño frustrado de su vida: el baloncesto.

Ricardo es un hombre afrodescendiente, de padre chocoano negro y madre san bernardera, mujer mestiza. Las raíces maternas de Háchito, como lo llaman afectuosamente las personas que lo conocen,provienen de un pequeño pueblo del Cesar, San Bernardo, de esos que casi nadie conoce. Mide dos metros de altura y tiene facciones prominentes de su herencia paterna: labios gruesos, tez negra, cejas pobladas, pómulos altos; uno de los únicos rasgos que comparte con su mamá es su pelo liso.

De las características que más resalta en Ricardo, según comenta, Es su capacidad de terminar las cosas una vez las empieza, característica que, asegura, heredó de su madre. Comenta que aplicó esta capacidad todo el tiempo que duró jugando como basquetbolista.

El niño de ayer

Antes de ser ingeniero de minas, antes de Bogotá, antes de los turnos de trabajo y de los planos, de las reuniones por Meet y de los sábados sin dormir, Ricardo fue un niño que se raspaba las rodillas jugando a la lleva, que se trepaba a los palos de mango y que jugaba boliche en la tierra, que manejaba un trompo y montaba cicla. Una de las actividades por las que no salía de casa era ver televisión. Aquí es cuando, según sus palabras, empezó todo: fue viendo un partido entre Los Angeles Lakers y los Boston Celtics en la cadena ESPN a los 10 años, donde por fin vio el deporte que le iba a marcar la vida.

“No recuerdo el marcador, tampoco quién ganó”. Lo que recuerda es otra cosa: la velocidad del juego, el ritmo, la sensación de que algo importante estaba pasando ahí, aunque no supiera exactamente qué. Recuerda el sonido de las botas que usaban los jugadores, los colores de las camisas, amarillo y verde, y las cintas en las cabezas. Ricardo, sin querer, también notó algo particular: el color de la piel y la altura de los jugadores. Dice que se sintió identificado, como el niño afrodescendiente que sobrepasaba la altura promedio a su edad, y se maravilló con ver tanta representación en un escenario tan importante.

El joven de logros

En Valledupar, el calor nunca cesa. La temperatura promedio oscila entre los 30 y 40 grados. El polvo se pega a la piel como una segunda capa, la ropa se suda a las 3 horas de ponerse, el fogaje es constante. Ahí creció Ricardo. Estudió en uno de los colegios públicos más reconocidos de la ciudad, el Instituto Técnico Industrial Pedro Castro Monsalvo (Instpecam). Cuando le pregunto por su materia favorita, por sus actividades predilectas en el colegio, me responde que no recuerda, pero hay algo que tiene claro: “El baloncesto lo era todo”, dice.

Empezó jugando para su colegio. Allí entendió que no se trataba sólo de encestar, sino de representar: “La trayectoria del Colegio era grande, había historia ahí”, recuerda, y esa palabra pesa: historia.

Como si cada partido no fuera sólo un juego, sino una continuación de algo que ya venía pasando antes de él, algo de lo que tenía que estar a la altura. Entrenaba con jugadores de buen nivel, según recuerda. No lo dice con falsa modestia, pero tampoco con orgullo exagerado. Lo dice calmado, sentado en un sofá azul familiar, con un buzo marrón, mirando por la ventana de un apartamento arrendado a las afueras de Bogotá.

Ricardo tiene una manía, es tan marcada que en el tiempo de una hora es muy notoria: se muerde las uñas cuando se concentra en algo, mira fijamente un objeto y se pierde en su mente. Le pregunto si alguna vez conoció a un jugador cercano que considerara un modelo a seguir. Menciona a Inielsen Guevara, uno de los tantos jugadores profesionales que en 2009 llegaba al colegio donde estudiaba, que se detenía a hablarles, a corregir detalles, a decirles frases motivacionales y a incentivarlos a seguir jugando.

Ricardo considera que no eran sólo charlas, Inielsen les estaba mostrando que ese camino existía. Háchito fue campeón municipal de juegos Intercolegiados, subcampeón nacional de clubes categoría junior, campeón sudamericano de clubes. “El mayor logro fue haber clasificado a mi universidad al torneo regional de Baloncesto de la Asociación Colombiana de Universidades (ASCUN)”, comenta.

Ricardo estudió su carrera universitaria en la Fundación Universitaria del Área Andina, en su única sede en Valledupar. Lo considera su mayor logro porque esta sede nunca había clasificado a esta instancia deportiva, recuerda Ricardo mientras no dejaba de morderse las uñas.

El adulto centrado

Poco después de los logros y la alegría que le producía la cancha, comenzó a aparecer una idea que se repetía, que le daba vueltas, que no se iba, que seguía girando, que rebotaba y finalmente encestaba, pero el baloncesto en Colombia no es estable: “No hay suficientes torneos, no hay garantías, no hay continuidad”, dice.

Y cuando una pasión empieza a convivir con la incertidumbre, deja de ser solo una pasión. Ricardo estaba creciendo, y con la edad también crecen las preocupaciones. Estados Unidos aparece como una oportunidad real, pero llega y se va al instante; simplemente dice que no le pareció factible. No toca el tema, no lo profundiza, lo deja como un cabo suelto sin posibilidad de amarrar: “Me puse a pensar en mi futuro”, explica.

Y en esa frase, aparentemente simple, se condensa todo: economía, estabilidad, familia, proyección. Elegir no siempre es avanzar. En la vida deportiva de Ricardo fue renunciar: “Fue duro”, admite. Pero también agrega que fue necesario. Dice que se sintió frustrado en ese momento por su decisión, pero hoy en día se siente orgulloso de la vida que escogió. No se arrepiente.

El hombre de hoy

La ingeniería de minas no fue una improvisación. Ricardo creció donde esa profesión era parte del paisaje. El Cesar es considerado un corredor minero, en particular por municipios como Agustín Codazzi, La jagua de Ibirico y Becerril. Según la Agencia Nacional de Minería, es uno de los departamentos destacados en la producción del carbón en el país, por cuenta de la presencia de grandes empresas como Drummond Ltda, la elegida por Ricardo, la cual ya conocía. Y cuando la eligió, lo hizo con la misma lógica con la que jugaba: terminar lo que empieza.

Hoy su vida es otra: planificación, extracción de minerales, jornadas laborales que no tienen nada que ver con el sonido de un balón rebotando contra el suelo: “Las dos actividades no tienen relación”, dice: “son lo opuesto”.

En los lugares donde ha trabajado, ha encontrado personas que también aman el baloncesto. No es un detalle menor, ya que es poco común, en un país como Colombia, donde resalta más el fútbol y la pasión por un equipo es más común en este deporte; aún le resulta extraño encontrarse con fanáticos de esta práctica estadounidense. Es como si ese pasado siguiera apareciendo, no para frustrar, sino para recordar: “A veces lo extraño”, dice.

Extraña jugarlo, sentirlo en las piernas cuando corría, en el sudor de la piel que gotea, en los esguinces de un mal rebote, en la sangre de una mala caída, en la euforia de una encestada, en los gritos de un punto por un tiro libre y en el rechinar de las botas de colores talla 13 americana.

Sigue jugando, pero ya no compite. Juega para desestresarse, porque el baloncesto, en su vida, ya no es un proyecto: “Es un recuerdo”, el de ese niño que creía que todo era posible.

Ante la pregunta de si pudiera hablar con ese niño que soñaba con ser basquetbolista profesional qué le diría: no responde de inmediato, piensa, se muerde las uñas. Por fin dice: “Que nunca dejara de luchar por sus sueños, así cambien””. No dice aunque no se cumplan, Dice aunque cambien.

La ingeniería de minas terminó convirtiéndose en un territorio donde Ricardo también supo reconocerse. En su rutina no hay aplausos constantes, las botas ya no son de colores, son de cuero duro, y sigue goteando sudor de la piel, pero en un escenario bajo tierra. Insiste que ahora todo es más preciso, hay mayor responsabilidad y ello supone otra faceta de sí mismo. Todo es calculado y el ritmo es diferente. Ahora excava la tierra sobre la que antes rebotaba su balón.

Prórroga

En Valledupar, donde las historias suelen contarse con caja, guacharaca y acordeón, bajo un cielo azul que se siente cerquita de la tierra, con flores de cañahuate que pintan el paisaje de amarillo pollito, la de Ricardo no tiene música, pero tiene ritmo; no uno que se escuchará algún día en la Plaza Alfonso López en pleno Festival Vallenato, pero sí en las canchas del Parque Garupal, en el noroccidente de la ciudad.

Es la historia de alguien que no llegó, pero también la de alguien que no se quedó esperando al azar el resultado y decidió encestar de tres puntos sus propias decisiones.

| Nota del editor *

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