Por: Julieth Cicua
Retratar historias de mujeres no es fácil en ningún contexto, menos cuando se corre el riesgo de caer en el male gaze, o en la incomprensión de sentimientos profundos y primarios difíciles de transcribir si no se han sentido en carne propia.
En este contexto llega a salas Lactar (2026) de Harold Trompetero, que sigue la historia de Victoria (María Helena Döering), mujer de 62 años atrapada en una rutina, sin gozo, con un matrimonio asfixiante y madre de ocho hijos adultos, que enfrenta la indiferencia de su esposo (Diego Trujillo) en la monotonía de una vida acomodada.

Este desasosiego la lleva a buscar el sentido de su existencia en una pequeña vida paralela: limpia apartamentos, cuida niños y vende minutos en un parque. Pero esta burbuja se rompe cuando es descubierta por su chofer Camilo (Julián Díaz), que le muestra una opción de felicidad: vivir el momento con lo que brinda la pobreza.
Su vida cambia cuando queda embarazada producto de un fugaz encuentro, luego de lo cual es echada de su casa, rechazada por sus hijos y obligada a vivir en un barrio popular. La premisa es audaz: una mujer de edad avanzada, expulsada de un entorno adinerado tras su embarazo, debe enfrentarse a la supervivencia en circunstancias adversas.
A partir de ese momento parecía que la trama iba a explorar los desafíos de un embarazo de alto riesgo en la madurez, la definición de plenitud, las motivaciones propias y las reacciones del círculo íntimo, posibilidades que apenas quedan esbozadas porque no son desarrolladas en profundidad.

La narración se mantiene en una especie de pausa perpetua. El argumento, en lugar de avanzar hacia un desenlace inesperado, se sostiene sobre la expectativa del nacimiento del bebé. No hay subtramas reales que enriquezcan la experiencia, ni matices que permitan comprender mejor las motivaciones de los personajes.
En la práctica, Lactar recurre a un collage de imágenes breves, muchas de las cuales apenas delinean los vínculos entre los personajes. El montaje es comparable con las clásicas secuencias de entrenamiento de los 80, donde estas escenas se muestran con rapidez y música frenética, que les da a los fragmentos un tono de flashbacks, aunque la historia avance de manera lineal. Esta decisión que parecía innovadora en los primeros minutos del metraje hace que los momentos de intimidad entre los personajes no tengan fuerza ni le importen a la audiencia.
Uno de los principales déficits de Lactar es la desconexión emocional entre los personajes y el espectador. Las escenas que deberían generar empatía carecen de fuerza, con un guion que opta por mostrar retazos de vida en lugar de momentos de auténtica conexión.

La protagonista, que debería ser el ancla de la historia, no logra transmitir por completo su angustia, su soledad ni su deseo de cambio. La evolución del personaje es mínima: desde el inicio hasta el acto final, la mujer sobrevive sin grandes transformaciones, más allá de la presencia del embarazo. Lactar no explora de manera consciente las consecuencias físicas, emocionales y sociales de su situación, ni profundiza en las relaciones con los hijos, que apenas figuran como nombres en la trama.
Igual sucede con las demás figuras, entes que apenas existen para servirle a la trama. Seguramente esta falta de conexión se debe a la distancia entre los actores y sus roles. Las interpretaciones oscilan entre lo mecánico y lo inexpresivo; los diálogos se sienten desprovistos de intención y los personajes raramente se miran o interactúan de manera creíble, pues ni la proximidad física disimula la ausencia de química.
Sumado a esto, la música, lejos de funcionar como un recurso de apoyo emocional, satura la experiencia. Las composiciones, aunque bellas por sí solas, no logran integrarse a la narrativa visual, que se percibe como un intento forzado de conmover, pero el vacío en la construcción de los personajes y la falta de cohesión argumental, no son compensados por la banda sonora.

La tan esperada escena del parto termina por quebrar el relato; allí Lactar abandona el drama para adentrarse, involuntariamente, en el terreno de la comedia surrealista. El ambiente, lejos de reflejar la dignidad o el realismo que el tema exige, recurre a elementos que rozan la caricatura: una taza usada como almohada, una partera equipada con una linterna en la frente (cual minero enfrentando al peligro), y un cuchillo de carnicero como apoyo obstétrico.
Estos detalles desvirtúan la escena, y refuerzan estereotipos machistas porque ridiculizan la labor vital y ancestral de las parteras. La reacción del público en la sala traducida en risas ante el clímax dramático, dan cuenta del fracaso en la construcción del tono. Y ni hablar de su desenlace, carente de lógica con la poca construcción del personaje, un macho herido y abusivo que cambió sin justificación: ¿por qué el villano se convierte en héroe?

Es una lástima que este intento del director Trompetero por abordar temas sensibles y otros géneros, termine en este despropósito. Y es que tratando de equilibrar la balanza con otras producciones recientes del cine colombiano como Un poeta, La piel en primavera, La estrategia del mero y Matrioshka, que han conmovido a públicos diversos con historias locales de gran alcance emocional, Lactar se percibe como un gran tropiezo.
La producción parece haber priorizado la rapidez de la creación del producto por encima del desarrollo narrativo. El resultado es una cinta que deja al público insatisfecho y desconcertado. La falta de rigor en la investigación, la escasa atención a los detalles médicos y sociales conspiran contra la credibilidad de la historia, que deja una masa amorfa entre el melodrama y la comedia absurda.








