[Crítica] El juego de la vida: cálido documental sobre las condiciones estructurales de desigualdad.

Según la academia, el nacimiento del pensamiento crítico en el ser humano, entendido como la capacidad formal de cuestionar creencias establecidas, analizar razonamientos y evaluar evidencias, se sitúa tradicionalmente en la Antigua Grecia. Desde entonces, las construcciones sociales y políticas están en constante cambio, pero no se tiene idea de cuándo el ser humano fue capaz de soñar.

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La idea de ser algo en los sueños de infancia, se disipa en ocasiones, dramáticamente, mientras la persona se convierte en un ciudadano activo, precisamente lo que el documental El juego de la vida (2024) y su director Mario Andrés Ruiz Zuluaga muestran de manera cronológica, con más de 14 años de grabaciones al mejor estilo de Boyhood (2014) del gran director estadounidense Richard Linklater desde la ficción.

Desde los sesenta, el cine social latinoamericano busca interpelar al espectador sobre las condiciones estructurales de desigualdad. Obras como La hora de los hornos (1968) de Fernando Solanas y Octavio Getino, o Memorias del subdesarrollo (1968) de Tomás Gutiérrez Alea, trazaron un camino en el que la cámara es una herramienta de denuncia y reflexión, testigo silencioso de momentos que se convierten en cartas al pasado y cuestionamientos al futuro, delineando idiosincrasias y estructuras sociales en ciertos ámbitos.  

Zuluaga retoma una investigación real que utiliza como punto de partida material recopilatorio para encontrar una narrativa pertinente que adapta a un contexto contemporáneo, donde la academia y la intimidad cotidiana se entrelazan para construir un relato sobre la movilidad social en Colombia, sus pormenores y sus posibles patrones en una persona atropellada por la violencia, el machismo y tradiciones que pasan silenciosamente entre generaciones.

El tiempo y ese incesante paso por la vida de sus personajes es un dispositivo de encuentro con sus propios yoes de hace 5, 10 y 14 años, en un seguimiento a cinco familias que se convierte en un recurso narrativo y social que expone muchos factores de la pobreza sistemática y de tradiciones culturales.

El juego de la vida revela la persistencia de la pobreza y la reproducción de desigualdades, y cuestiona la idea de que el paso del tiempo trae consigo el progreso, que depende de varios factores capaces de romper esa temporalidad, que, a su vez, se convierten en pretexto para mostrar que la desigualdad no es un accidente, sino una estructura que se perpetúa.

El director promueve el diálogo entre las personalidades de sus protagonistas y sus entornos sociales, que encuentra una tensión entre lo objetivo y subjetivo desde las vivencias personales de Zuluaga. Si bien el documental inició como proyecto académico que estudia la movilidad social, por momentos es un relato autobiográfico cuando introduce su propia historia de ascenso social y describe cómo romper ese cinturón de pobreza genera un contrapunto entre la experiencia personal y la colectiva.

Sin señalarlo necesariamente como un punto negativo en la narrativa, este documental se formula una pregunta con respecto a otras historias, pues si bien unas siguen el círculo vicioso de su tradición, esta no, porque se pregunta: ¿hasta qué punto la intervención del director fortalece la historia o compromete la objetividad de lo narrado?

Al tiempo, el documental muestra ladesigualdad como fenómeno estructural, con factores como la maternidad temprana, la alimentación, el desplazamiento forzado y la precariedad laboral, trampas que limitan las posibilidades de progreso.

Aquí se conecta con la tradición del cine social latinoamericano, que ha denunciado las condiciones de marginalidad y exclusión. Sin embargo, el director evita el tono político y apuesta por el factor emocional desde una propuesta visual sobria, sin artificios técnicos excesivos, tomando la cámara como elemento que recopila los gestos y las características de cada uno.

El juego de la vida se instala entre la tradición del cine social y un proyecto personal íntimo del director que entrelaza con su objeto de estudio, para que el público comprenda la desigualdad desde una perspectiva crítica y emocional. Un documental que atrapa gracias a momentos de profunda emotividad, que muestra historias de vida con esperanza, en un país desigual como Colombia. Juzguen ustedes.

| Nota del editor *

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